Nadie más como respuesta…
Esta vez os invitaré a soñar y a jugar a imaginar. No sé hasta dónde llega vuestra credulidad, pero debéis pensar que existe una luz al final del túnel. Una luz blanca, como describen los cuentos, llena de amor y pureza. Es lo único que os espera al final, luz, y todos y cada uno de los recuerdos y seres queridos que dejasteis por el camino. El vuestro también ha llegado al final, y solos ante la luz, todo queda atrás. Cerrad los ojos y escuchad, estáis con aquellos que quisisteis, e incluso algunos inesperados a los que olvidasteis hace tiempo. Imaginad, en paz, dejaos llevar, tended la mano en confianza y escuchad lo que os dicen.
Soñé una vez que así era mi final, y ante él, entregado sin remedio ni solución, ni tampoco miedo, las voces del pasado que me esperaban preguntaron si había algo que quisiera hacer antes de acompañarlas para siempre, algo que nunca dije, algo que omitiera, algo que me hubiera hecho vivir arrepentido desde entonces. ¿Queda algo pendiente antes de partir? Dijeron, abriendo ante mí, un silencio tenso, ahogado en la solemnidad, lleno de compasión.
Fui de los de vivir siempre de un modo orgulloso, altivo y seguro. Me muestro en ocasiones lleno de miedos e inseguridades, casi rozando un precipicio en el que alma pueda despeñarse por un maldito traspiés. Pero ya lo escribí, así aprendí a vivir, en continua lucha conmigo mismo, capaz de los extremos, de alcanzar la cima y desplomarme en el abismo. Y así soñé, sudando y rozando la pesadilla pensando en que pudiera haber estado equivocado tantos años, y mientras dejaba las riendas de mi noche a la inconsciencia, temía alcanzar el final y mostrarme arrepentido, dejando cuentas pendientes y no pudiendo saldarlas. En su compasión, aquellas voces del pasado, límpidas y familiares, me ofrecían la redención. No había juicio, ni un dios en el sillón. Ellas y yo, su pregunta y mi respuesta, y un silencio sepulcral que temía desgarrar con cualquier petición de escaso valor.
Soñé que pensaba en lo que no dije y lo que no hice. Y también en lo contrario. Me castigué con mis torpezas, y saboreé cada uno de mis aciertos. A una suplicaba perdón por haberla dejado escapar, sin haberle dicho que la quería. Demasiado orgullo para hacerlo, demasiados miedos, poco premio ante correr el riesgo de su desprecio. Al tiempo, lo contrario, era yo quien escapaba, y aquella otra la que suplicaba. Sin decir adiós, ni una lágrima de lamento. Orgulloso también, pero de otro modo, de espaldas y sin mirar atrás, te lo perdiste, y ahí te quedas aunque sientas. Es tu problema, yo aprendí a vivir con mis miserias y alegrías. Las recordé a todas y cada una de ellas, a las que me marcaron y a las que no, a las que cincelaron su nombre en mis adentros, y a las que apenas rozaron con las yemas mis sentimientos. Y ante todas, en el silencio, la misma respuesta, así debió ser, no pasa nada, la vida sigue hasta que termina. Sin más. Realismo y frialdad.
Y así, pasó el tiempo. Daba igual cuanto, ante mí, la luz y la eternidad. No hubo nuevas preguntas, y tan sólo resonó el eco de la primera. ¿Queda algo pendiente antes de partir?. Por un momento, pensé que no, que era así como debía responder. Que mi vida no tendría sentido si otorgaba otra respuesta. Que habría vivido equivocado, que era otro, ni mejor ni peor, quien merecía la opción de aquella pregunta. Que mis cimientos habían sido firmes, y tan sólo el ocaso de mis días los habían debilitado de sus fuerzas de juventud. Si respondía de otro modo, no sería yo, sino un impostor el que usurpaba mi luz y mi momento. Ese silencio esperando respuestas no sería mío. No debía responder de otro modo.
Y lo hice. Sin saber cómo ni porqué, me arrodillé. No había motivos, nadie me juzgaba, tan sólo me daban una oportunidad que quizás otros no tendrían. Quedaba algo pendiente, muchas cosas seguramente, más de las que pudiese enumerar aunque me dejasen. No había una sola verdad, ni mi vida era la única. Podía estar contento con ella, irme en paz, sin duda, pero también podía haberme equivocado. La edad debilitó mis cimientos sin llegar a derrumbarlos, y sin embargo, en mi última hora, mi orgullo y mis fuerzas se quebraron ante una luz, una pregunta, y el silencio que les sucedió.
Jamás le di importancia, y quizás debí habérsela dado. Esa fue mi respuesta, ¿a qué?, fue la última pregunta que hicieron. Y esta vez no hubo silencio, ni miedo irracional. Tranquilo, relaté tal como sigue:
“Pensé que daba igual, que no merecía la pena. Era casualidad que con la única que no fuera yo, fuera con ella. Intentaba ser quien no era, avergonzado ante la posibilidad de no ser nunca lo suficiente. Jamás disfruté un rato a solas con ella. Siempre pensando, siempre nervioso, manteniendo unas distancias para que nunca supiera, para que nunca se fuera. Era mejor así, que una negativa por respuesta. Pero no había miedo a indagar y obtener una respuesta, tan sólo me protegía, prefería que fuera así, a que no fuera de ningún modo. Bastaba con verla de vez en cuando, sacar fuerzas de flaqueza, y aguantar el tipo un rato. Ir a casa y no darle importancia. No soy yo porque te impone. No soy yo porque le impone a cualquiera. Es una mujer donde otras no llegan ni a niñas. Clara y directa, incluso cuando desprecia. Lo dice y no lo oculta, y no le importa además. Y no era yo, era otro, menos hombre y con más miedos el que se sentaba ante ella. Nervioso y guardando distancias, como un animal herido que no sabe por qué lado le llegará el siguiente zarpazo. Recula y se esconde, gruñe a lo más, consciente de que no le queda otra defensa que aguantar tiempos mejores, a sabiendas que ni siquiera la súplica le salvará.
Y dejé pasar los años, y dejé pasar la vida. Mentiría si dijera que la desperdicié. Busqué otros caminos, y afronté otros retos, añadiendo mujeres a una lista donde nunca aparecía su nombre. De vez en cuando la veía, lanzaba bromas como restándole importancia. Bromear con algo tan serio garantizaba salvaguardar mis secretos. Si relativizaba, no afrontaba. Si no afrontaba, tampoco sufriría, y era curioso que ahora, tan tarde y tan a destiempo, me dé cuenta de que aquello no era vida. Con aciertos y fracasos, que más da, para qué ocultar, para qué negar, para qué disfrazar de bromas y en un lenguaje festivo, distante, indiferente. Así no perdía, pero jamás podría ganar. Sí, así era, tal como cuento, tal como digo que de vez en cuando la veía. Al no verla más que de tiempo en tiempo también aseguraba poder irme a mi casa pensando que daba igual, que no merecía la pena, que no había que darle más vueltas. Me bloqueaba y otras no, pero eso no era significativo, quizás casualidad, mejor pensar que con algunas te abres y con las otras te cierras. Sin más. Realismo y frialdad.
¡Y mentira, maldita mentira! Porque le mentí cuando le dije que no me ocurría nada. Le mentí cuando le dije que no me importaba, que eran bromas, que no dolían. Y lo hacían. No hasta el punto de sufrir por supuesto, siempre me tuve en alta estima y siempre fue mi amiga. No había maldad, y sin maldad no podía doler. Pero se le parecía. Despreciaba algo con lo que yo bromeaba tan sólo por miedo a llamar las cosas por su nombre. Una risa, dos cervezas, y a casa, hasta la próxima vez, cuídate, que cuando te encuentre de casualidad seguirás superándome y poniéndome nervioso. Daré la vuelta y pensaré que no tiene importancia. Pero la tiene, porque nadie más la provoca, no así, y cuando digo nadie, nadie es.
Y cuando pasen los años, así seguirá siendo. Y no habrá rencor. Te preguntaré y me contarás. ¡Que bonitos niños! Son como su madre, su inteligencia y claridad me recuerdan a la de la mía. Y no pasará nada, y me daré la vuelta y me iré sin darle importancia, aunque todos los días sean como el primero. Una risa, dos cervezas, y a casa. Sin más. Realismo y frialdad.
Y así os relato. Así os cuento que nada cambiaría, y si pudiera hacerlo, eso sería. Porque me no me juzgáis ahora por una vida, aunque pude vivir otra. Quizás siendo otro, llegando de otro modo, quizás dándole importancia, sin creer que no la tenía, diciéndolo y no ocultándolo, sin temer un zarpazo, que al final, como todos, acabaría sanando. Cicatrizaría, y como tantas otras veces, al final, no dolería. Sin bromear, sin relativizar, siendo yo y no poniéndome nervioso. Sin darme la vuelta, diciendo, ¡eh, espera!, que no sea como siempre, no te vayas esta vez. Quédate y veamos, quédate y quizás…Y así al menos, no estaría ahora arrodillado, dando una respuesta inesperada, habría vivido, o al menos, lo habría intentado. Lo sabría, y yo también. Le habría dado el valor que nunca le di, mientras me iba a casa sin darle importancia. No pasa nada, ni nada tengo ya que decir, salvo que esa es mi respuesta, y aquello cambiaría. Una sola vez, una sola noche. Ahora que preguntáis, yo respondo qué cambiaría, y si volvierais a preguntar, esa respuesta, sí la daría. Esa noche la viviría, al menos esa, y sería con ella. Nadie más. Realismo y frialdad…”

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No me importa…
“¿Y tú qué quieres ser de mayor?”. Es impresionante esa pregunta, me bloquea, me supera. Dejo pasar los segundos, y me parecen una eternidad. Nunca supe la respuesta, y cada año que pasa, se me hace más difícil encontrar una que me permita salir del paso dignamente. Realmente no es una cuestión que se me haga más difícil responder con el paso del tiempo, sencillamente no me preocupa, y si en algo influyen los años, es en el hecho de que cada vez me preocupa menos aún.
Puso su sonrisa, entre inquisidora e interesada. Su generación acaba ahora una etapa, y esa respuesta les motiva. Me gusta suponer que les importa lo que tenga que decir, y que en algo puede resultar de ayuda. Pero no la tengo, y no me importa no tenerla. Por eso los segundos se convierten en eternos, porque no me apetece decir algo trivial, algo decepcionante, no me apetece parecer indiferente. Supongo que me la hacen porque les preocupa, porque a ellos les parece importante, les gusta pensar en salidas laborales, sueldos dignos y futuras estabilidades. A mí no, nunca me importó. Y pienso, y me bloqueo, y me siento superado, respondo que no me importa, y se abre el silencio. Decepcionante supongo, pero sincero al menos.
Así que la conversación se reconduce, ella me cuenta y yo le cuento, procuro prestar atención, pero no puedo. Ha hecho lo que el resto, ha preguntado y no obtuvo respuesta, y no puedo evitar divagar en mi pequeño mundo privado acerca del hecho de que tantos la busquen y a mi no me preocupe. Hubo un tiempo en que lo hizo, no lo dudo, pero lo recuerdo vagamente, y las respuestas que daba entonces no eran mucho mejores que las que obtienen ahora.
Les digo que no me importa para no tener que defender mi postura. Necesitaría protagonismo, tiempo y cervezas, y al fin y al cabo, tampoco encontraría algo mucho mejor que decir. Así que me lo guardo, y le doy vueltas en silencio. Llevo un mes dándoselas desde que ella preguntó. No fue la primera, y tampoco será la última. Así que aquí estoy, intentando encontrárselas por si aún le sirve de algo.
Mi día a día es simple. Me levanto, vivo, y me acuesto. No hay nada más. Me da igual si trabajo más o trabajo menos, si el trabajo está bien pagado o no. No me importa sí tiene visos de futuro o es algo temporal. De la simpleza de mi vida, y de la ausencia de preocupaciones, es de donde nace mi sonrisa. Y esa está, y no necesita respuestas, porque no tiene razones para ocultarse. Procuro alejarme de responsabilidades y obligaciones. Esas atan, encadenan, y evitan que uno pueda elegir. Identificar nuestras vidas con la libertad plena es una falacia. Siempre es difícil elegir sin consecuencias, pero creo que el truco está en mantener la menor de las ataduras posibles para tener una falsa sensación de libertad. A mi ciertas cosas no me importan, y me gusta sentirme intrascendente. A nadie importa si decido una cosa u otra, y por tanto, menos me importa a mi. No tengo deudas, ni compromisos. Lo que yo haga, o deje de hacer, no le importa a nadie, y aquello que puede parecer triste, en realidad es una liberación absoluta. Si no le importa a nadie, menos me importa a mi.
Me levanto, vivo, y me acuesto. Feliz, viviendo a impulsos, sin planes ni estrategia. Esto sí, y aquello no. ¿Por qué? Porque lo elijo. Y sonrío, justo antes de dormir, esta vida la he elegido, pude hacerlo de un modo, y también del otro, como decía Mersault, en el magistral relato de Camus que me descubrió mi última aventura sentimental. En realidad, creo que no le doy importancia porque no la tiene. No se trata de tener un futuro mejor, nunca se trata de eso. No se trata de hacer un máster o unas prácticas pagadas. No se trata de opositar o emprender. ¿Para qué buscas una respuesta en el futuro? ¿No te das cuenta de que se te enfría el café? Charla y vive, cuéntame y déjame que te cuente. No pierdas el tiempo pensando, te estas perdiendo la vida.
No tengas miedo y decide, sin plan ni estrategia. Aquello que elijas tendrá unas ventajas y unos inconvenientes. Y lo que no elegiste también los tenía. Así que asume, apechuga, sonríe, levántate, vive, y luego duerme, tranquila y en paz, sonriendo mientras te refugias bajo la almohada. Un día más, otros no lo tienen, y con eso como respuesta debería bastar. Aplícatelo en el trabajo, y también en las relaciones. No pasa nada porque digan que no, no pasa nada porque lo hagas tú. Todos siguen viviendo, contigo y sin tí, y tú también podrás hacerlo si piensas menos y buscas menos respuestas. No son necesarias, sobran, y realmente, no importan lo más mínimo.
Así vivo, y no entiendo las preguntas porque no tengo respuestas. No sé que quiero ser de mayor, y te responderé que no me importa si me lo preguntas. Si buscas la respuesta a mi sonrisa te diré que ya lloré. Y si preguntas por qué vivo, te diré que más temprano que tarde moriré. Yo vivo a impulsos, y me va bien, a veces da miedo, pero ya temí de niño a que viniera el hombre del saco, y por muchos miedos que puedan aparecer, nada supera a aquel, inocente y sincero, cuando alguien mentaba al oscuro hombre que secuestraba sueños en su saco.
Pasado un mes, tengo una respuesta digna a tu pregunta. ¿Qué quiero ser de mayor? Lo mismo que ahora, alguien a quien no le importa esa respuesta, alguien a quien no le importe nunca, alguien que se levante, viva, sonría, y se vaya a dormir. Así, hasta que lo haga para siempre…

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Un saludo agradecido
Esta vez no será una entrada convencional. Bastará con un simple GRACIAS a mi nueva y única seguidora, al menos de forma oficial. Aunque no te conozca, ni sepa más de tí que el hecho de que estás en mi Twitter , lo cierto es que me ha hecho mucha ilusión. Lo único que puedo ofrecerte a cambio es una pregunta. ¿Sobre qué te gustaría leer un texto? Espero tu respuesta a través del formulario de contacto del blog
El día que te diga te quiero…
Se empeñan y no se enteran, que ciertas cosas no se etiquetan, que sentir no se nombra, ni se puede bautizar. Lo que se siente se pinta, se escribe, se compone y se acompaña de melodías. Lo que se siente se vive, sin nombres ni ataduras, sin explicación ni porqué. No hay plazos ni tiempos, no se piensa en etapas ni en futuros inmediatos. ¿Para qué enjaular un sentimiento entre sustantivos? ¿Para qué quieren que le ponga nombre a algo que vivo sin respuestas? Lo sabes, y sobra. Lo sabes, de sobra. Se expone y se muestra, se vive compartiéndolo, aún sin necesidad de nombrarlo. Se nota, e igual que se pinta, se dibuja en nuestras caras.
Es cuestión de fe, como dijiste aquella noche, y con esa definición debe bastar. No hacía falta ni que lo dijeras, ya me había vuelto el más crédulo de todos, creyente y practicante. Entregado, anonadado, sin secretos, incondicionalmente rendido, suplicando clemencia y comprensión. Avergonzado de mi pasividad, ¿Dónde está mi resistencia, dónde se perdió?.
Y así, sin esconderlo, sin ganas ni fuerzas para hacerlo, sin escondite al que arrojarlo, te vi alejarte al sol de mediodía. Sudaba y abrasaba. Imposible de apagar, sin retiro ni remedio. Ya es tarde, pensé, ya sientes, vuelves a estar vivo, muriendo un poco mientras te ibas. Ahora preguntarían, y no sabría qué contestar.
De ese modo lo hicieron, o quizás fui yo quien lo compartió, quién no pudo ocultarlo, ni se esforzó en intentarlo. Etiquétalo, decían, y no saben, y no se enteran, que sentir no tiene nombre, tan sólo se sabe. Sensaciones, dijo alguien, eso mismo pensé yo. ¿Para qué perder mi tiempo en nombrarte, enjaularte entre sustantivos que otros malgastaron antes que yo? Vive, exponte y no pienses. No pierdas el tiempo, algunos creen en otra vida, y ésta que vivo, es la única de la que tengo certeza. Y en ella, estás tú. Lo estarás siempre, existió.
Y anoche, entre libros, pude hacer por primera vez el amor en una cama llena de libros. Sensaciones, dijo alguien, y esa, la vivimos los dos. Es nuestra, y no será de nadie más. No pienso volver a vivirla con nadie, esa cama es tuya, y lo único que cambiará serán los libros, si te dejas y me los cuentas, si lo permites y los compartes.
Un poco antes preguntaste, con una sonrisa sincera, que si te quería. Quiero quererte, te respondí. Y no lo sabes, y no te enteras, que no hace falta que lo nombre, que no quiero etiquetarlo, que lo sé, que no tengo respuesta, que no pienso perder mi tiempo en buscarla cuando puedo vivir sin más. Que no quiero razones, que no necesito plazos, que no quiero pensarlo dos veces, que no hay nada que pensar. Que ese tiempo es mío, que a tí, te lo entrego, que hagas con él lo que quieras, que es tuyo, que ahora es nuestro. Y te lo expliqué, y lo entendiste, que no creía que pudiera decirte algo más bonito. Que esa era mi respuesta, que no había más por qué. Te la escribí en uno de los libros que poblaban nuestra cama. Es tuya, tú la provocaste, y aquí la comparto, para que no pregunten, para que no busquen respuestas que no puedo dar. Bendita locura, sin plazos ni explicaciones, sensaciones dijo alguien, lo mismo que pensé yo, las que tu me provocaste, las que vivo y no puedo esconder.
No pienso quererte te dije esta mañana. Será una de las muchas que pienso verte partir. Lleno de vida y muriéndome a cada kilómetro que te alejes. Aliviado al pensar que ya queda un poco menos para volver a recogerte, desnudarte y que me cuentes. Y es verdad, no pienso quererte, lo escribí ayer en una hoja en blanco, y ahora lo comparto. Es tuyo, es nuestro, tú lo provocaste, preguntaste por qué, respondí porque lo siento, y no tengo escondite, ni pienso ocultarlo. Aquí está, eres ese párrafo, cada una de sus letras, no preguntes, vívelo…
“El día que te diga te quiero todo habrá terminado. Te querré sin secretos, te habré conocido, habré dejado de querer quererte. El día que te diga te quiero, no serás tú, sino otra, cambiaré magia por costumbre. El día que te diga te quiero, omitiré que te echo de menos…”

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Sueños que caben en una mochila…
Rescaté hace un rato “Peregrino”, de Luis Cernuda, que durante muchos años inspiró mis sueños, juveniles y alocados, de viajes y libertad. Sueños vestidos de mística y soledad, en los que la vida era un camino, y los días se medirían por los kilómetros recorridos. Siempre me gustó imaginarme así en un futuro no tan lejano, anciano y lleno de cicatrices, cada una con su propia historia, con su propio nombre, alejado de ruidos mundanales, de horarios y ataduras. Los años, y quizás los sobresaltos con los que la vida te despierta de tus sueños, se encargaron de ir restándoles las fuerzas propias de la juventud y llevándome por aquellos pasos que consideré lógicos, aunque nunca he llegado a averiguar del todo, si fui yo quien los vistió de lógica, o fueron los demás quienes lo hicieron por mí.
Y aquí estoy, rescatando viejos sueños, que aunque lejanos ya, siempre fueron de inspiración. Leo con especial atención los perfiles de aquellos grandes viajeros que pudieron dejar atrás las normas establecidas, las ataduras sociales y sus compromisos emocionales y se mantuvieron en el camino, llenos de sueños, devorando kilómetros hasta la extenuación, buscando imposibles, y cuyas vidas fueron epopeyas en sí mismas. ¿Cómo lo consiguieron? ¿Cómo dejaron todo atrás, sin importarles nada, ni nadie? ¿Cómo salieron a andar, tan sólo con lo puesto?
Y justo ahí es dónde entran en contradicción los sueños y los sacrificios. Estaría dispuesto a sufrirlos todos y cada uno de ellos menos uno. Creo, sin temor a caer en la prepotencia que podría sacrificar aquellos bienes materiales, aquellos bienestares de la sociedad de consumo, que podría vivir casi con lo puesto, disfrazado de Diógenes, intentando emularlo ante Alejandro Magno, con el único deseo de ver el Sol un día tras otro, con su atardecer como mi única posesión. Pero, uno de ellos se me antoja imposible. ¿Cómo dejar todo atrás sin hacer daño a nadie? No pienso obviamente en las relaciones sociales, sino en el nido. ¿Cómo anteponer el egoísmo de mis sueños al sufrimiento de unos padres al ver como su hijo elige un camino extraño, diferente, alocado y soñador?
Y es entonces cuando mis sueños se desvanecen. Una vez los desvaneció el paso de los años, el fin de la juventud, y ahora chocan contra una roca que es imposible de resquebrajar. Jamás realizaría tal sacrificio. Dejarlo todo sí, pero no me corresponde derecho alguno, ni siquiera en mi egoísmo, para anteponer mis sueños al sufrimiento de aquellos a quienes quiero y debo tanto, o todo.
Hoy al despertar sentí desasosiego. Ese es mi sueño y no puedo cumplirlo. Quizás por eso mismo sea un sueño, quizás por ello sean estos tan efímeros y extraños. Nos evaden de la realidad, idealizamos aquello que no tenemos y que se desvanece al despertar. Esta vez sin embargo, lo compartiré aquí para poder recordarlo siempre cuando despierte. Podré evadirme así en los momentos de necesidad, esperando iniciar un camino sin destino, cuya única norma sea parar siempre a la misma hora, aquella en la que el Sol se esconde, y la realidad, silenciosa y humillada, arrodillada ante el majestuoso espectáculo del ocaso, deja paso a nuestros sueños.
Allí estaré entonces, con una mochila y una estera. Con algo de agua y una hogaza de pan. No habrá morada ni cobijo más allá de los que encuentre en el camino. Ese será al único al que pueda denominar hogar. En la mochila viajarán tan sólo los recuerdos, quizás alguna fotografía que evite que los años y las cicatrices borren de la memoria la imagen de los pocos seres que podemos llamar queridos, sin desmerecer tal adjetivo. Las únicas fronteras serán los abismos en la senda, los acantilados que dan paso al mar. Al llegar allí daré la vuelta y no volveré sobre mis pasos. Zigzaguearé buscando nuevos senderos, sin incertidumbres ni torpezas, con la única pretensión de seguir andando.
Escribiré de vez en cuando, contando a quien espere noticias aquello que vi. Compartiendo en la distancia que hay vida más allá de la establecida. Reflexionando sobre la ausencia de necesidades y el peso de los sacrificios. Describiré en las cartas cada paisaje que vea, cada uno de los atardeceres que contemple, de entonces al último. Veré el mundo como nadie lo ve. Mezclaré culturas en un pequeño cazo de hojalata, y ellas, y el ansia por conocer, serán mi único sustento. Llegaré a donde tan sólo los grandes nombres de la antigüedad llegaron. Mi vida será una epopeya, una Ilíada y una Odisea. Merecerá la pena vivirla y a nadie importará cuando me vaya, pues aunque a veces lo olvidemos, no somos nada más que hombres en el transcurso de los tiempos. No somos nada, ni nada quedará cuando el tiempo implacable borre el recuerdo de los que nos sucedieron.
Al lado de las imágenes conservaré un trozo de papel y algo con lo que anotar en él, indeleble y ajeno al paso del tiempo, los nombres de aquellos con quienes compartí mis pasos. Nada más tendrá cabida en la mochila más que la vida, salvo lo descrito y una nota por nombre, un recuerdo inmortal en mi alma, por cada uno de ellos. Y la primera de ellas, la que buceando en los textos de Cernuda, me invitó a soñar despierto hace un rato…“Después de todo, el tiempo que te queda es poco, y quién sabe si no vale más vivir así, desnudo de toda posesión, dispuesto siempre para la partida”. Así no olvidaré cada mañana que nada necesito más que el camino. Que nada me resulta más necesario que las ganas de emprender la marcha sin destino tras cada amanecer. Así querría vivir, así lo sueño, ajeno a todo, egoísta y persiguiendo atardeceres, así lo haré cuando pueda hacer frente al único sacrificio que me atenaza. Mientras tanto, creo que no vivo, tan sólo espero…

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Gracias por una sonrisa ingenua de vez en cuando…
Ha pasado mucho tiempo desde mi última visita, y aunque varias ideas rondasen mi cabeza, es posible que lo vertiginoso de mis días y la ausencia de un mísero reposo en el transcurrir de sus horas durante los últimos meses, evitasen que me sentara a escribirlas debidamente. Y ha sido precisamente una que no esperaba, la que me trae de nuevo hasta aquí. Así debía ser supongo, porque las historias que os conté, siempre fueron inesperadas, y así espero que sean las que estén por venir. Prometo que aunque espaciadas en el tiempo, seguirán cayendo, aún con cuentagotas, porque sé de buena tinta, que algunos contáis cada una de las letras que intento compartir.
Hoy pretendo presentaros a alguien, a la que muchos conocéis a buen seguro, y que no me apetece que el resto os quedéis sin conocer. Apenas hace un par de años que superó la mayoría de edad, y sigue ahí, cariñosa como siempre. No destaca, y suele mantenerse al margen. La mayoría de las veces mira inquisidora, esperando el saludo, y aunque puede que no se lleve las primeras miradas, el viernes pasado se ganó durante largo tiempo mi atención. Se llama Natalia, y podéis reconocerla sin dificultad. Rara vez la veréis sin la compañía de sus padres, así ha sido desde que nació, aunque volveré sobre ello más adelante. Con su nombre y el dato de su sonrisa, que va siempre de oreja a oreja cuando busca un interlocutor, no tendréis problemas al reconocerla si alguna vez tenéis la fortuna de de llamar su atención.
Natalia nació hace dos décadas, y aunque ya lo hiciera con su sonrisa, también lo hizo con un adjetivo, que debiera ser insignificante. A veces he pensado en imaginar la cara de unos padres cuando escuchan “Síndrome de Down”. Supongo que al menos, el paso del tiempo ha querido enfriar con tecnicismos la sentencia de adjetivos menos agraciados y que se escucharon en el curso de nuestra historia, médica, humana o sencillamente, llena de crueldad. Supongo que fue más fácil escuchar esa expresión que la de “subnormal”, “mongolo”, “idiocia” o “niño inconcluso” con la que muchas personas como Natalia fueron etiquetadas hace apenas cincuenta años. No quiero ni imaginarme en tiempos del medievo, pues posiblemente, aquellos que se otorgaban la palabra de Dios, hablarían de brujas y no dudarían en anular la condición de “semejanza” entre los hijos de Dios, para justificar ante los vecinos, que los maleficios divinos y lo pecaminoso de sus actos, incluso antes de nacer, justificaban aquellos nacimientos de vez en cuando. Aquello, como muchas otras cosas, quedó atrás, y hoy al menos vestimos las cosas de una forma más digna con otras palabras, que no dejan de ser adjetivos, que los demás no traemos al nacer.
Pero Natalia lo trajo, y aquellos padres, debieron escucharlo en algún momento. Supongo que no fue fácil, pero ahí están, siempre disponibles, siempre atentos, en compañía, sacrificados sin queja ante aquellas necesidades que Natalia no puede satisfacer de forma totalmente autónoma. Cuentan también, por supuesto, con la ayuda de los dos hermanos de Natalia, y con muchos a los que ella puede llamar amigos, que siempre la han tratado de igual a igual, sin ningún tipo de contemplaciones. Allí estaban también, como digo, sus padres, sentados el viernes, mientras caían las cervezas y surgían las conversaciones, que camaleónico, con uno de mis ojos y uno de mis oídos seguía con atención. La otra mitad de mis sentidos iba centrando progresivamente su atención en nuestra protagonista.
Jugueteaba con su móvil, sonreía de vez en cuando y mantenía conversaciones en la tranquilidad de su más que posible ignorancia. Sonaban a melodía, o sería que la tranquilidad de la noche invitaba a imaginar. Estaba allí, feliz, en sus mundos sin miseria, sin crisis y sin problemas, ajena a nuestro acelerado mundo, como si no quisiera molestar, como si no pretendiera interrumpir lo más mínimo nuestras sesudas sentencias acerca del estado de este alocado mundo que tenemos la suerte de disfrutar una vez, durante unos cuantos años y hasta que la muerte nos separa de nuestros seres más queridos, y de nuestros más estúpidos y preciados bienes materiales. ¿Para qué iba a interrumpirnos si muchas veces no queremos escuchar?
Y pensé, y dejé de hablar unos instantes en que sólo la miraba. Lleno de envidia y al mismo tiempo, de satisfacción. La vida es justa vine a pensar. Y en sus tremendas injusticias, y en las líneas torcidas con las que Dios escribe sus renglones, de vez en cuando surge algún destello de luz. Natalia es uno de ellos. Lo que la rodea es otro, si cabe, más intenso y luminoso aún.
Natalia pasará por esta vida ingenua y sonriente, respetando aquello que cité una vez “La vida nos enseña que no podemos ser felices sino al precio de cierta ignorancia”. Vivirá muchos años más en la compañía de aquellos que han sabido guiarla desde el comienzo de sus días, de aquellos mismos a los que ella ha enseñado alguna que otra lección que no olvidarán en su vida. Vivirá llena de inocencia, porque aunque algunos lo dudéis, la inocencia sigue existiendo. Los demás la perdemos a base de palos, de ostias y de corazones destrozados, de estupideces, de traiciones, de discusiones, egoísmos, envidias y las más sucias miserias de la existencia humana. Viviremos en la compañía de nuestros egos, engrandecidos por nuestros más sofisticados conocimientos. Discutiremos y pelearemos, olvidando que en el transcurso de miles, de millones de años, no seremos más que polvo que durante un miserable suspiro estuvo lleno de vida. Perderemos el tiempo que se nos ha ofrecido, lo desperdiciaremos más bien, preocupados ante situaciones que ni siquiera merecen nuestra atención.
Y ahí radica el rayo de luz de Natalia. Ella no, ella tendrá la enorme suerte de no vivir así. Vino con un adjetivo y una enorme sonrisa que ni las afiladas cuchillas de las agujas del tiempo han podido cercenar. Esa es su lección, la misma que me enseñó el viernes o yo me empeñé en imaginar. La sonrisa es la expresión de la felicidad, y Natalia no la pierde, al contrario, la ofrece y la comparte, siempre…

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Vientos de tormenta y nada más…
Llevo tiempo queriendo escribirte, pero casi había olvidado cómo hacerlo. Supongo que entenderás mejor que nadie que a veces es demasiado complicado pedir perdón. Suele ser uno de los actos más humanos, y también, al mismo tiempo, uno de los más difíciles. Por eso había preferido olvidarte antes que humillarme en la disculpa. Pero bien sabes, mejor que nadie, que no era por no desearlo sino por su extremada dificultad.
Y aquí estoy, escribiéndote al fin, pidiendo disculpas por haberte olvidado, y por haberlo pospuesto durante tanto tiempo. Dicen que más vale tarde que nunca, y aunque sean míseras justificaciones y suene a vagas promesas, prometo no volver a hacerlo. No volverás a ser segundo plato ni refugio de mis desdichas. No volverás a recibir una carta parecida, no será necesario, no volveré a abandonarte porque lo cierto es que tú, nunca lo hiciste.
Buscando referencias con tu nombre, descubro que la vida quizás no te ha tratado tan bien como debería. Eres sinónimo de egoístas, de necios, de tiranos, y déspotas. Tu nombre resuena en los peores tratados, y en las páginas más oscuras de los más preclaros filósofos. Ellos pasaron a la historia, y allí permanecerán por los siglos de los siglos, a costa de mancillar tu fama y escribir en grandes letras tu nombre en la diana a la que dispararon sus más certeros dardos.
No pretendo subsanar los errores que otros cometieron, aunque al menos, quiero que tengas en cuenta mis disculpas, por si en algo alivian el sufrimiento que te han hecho padecer con las duras palabras que adornan sus citas.
El motivo de mi abandono es el mismo de mis disculpas, tu forma de ser, que castiga y premia por igual, y que Charles Ducios resumió, “El orgullo es el primero de los tiranos, pero también el primero de los consuelos”. Y es que, bien saben los que me conocen, cuántas veces renegué de ti, las mismas que llené mis labios con tu sonido, exhibiéndolo altivo mientras seguía mi camino.
Y así eres, cruel déspota y tirano cuando en su dolor el hombre se atormenta. Y fiel, siempre fiel, en la adversidad y en la buenaventura, acudiendo presto al consuelo, cuando la tormenta pasa y a su rastro queda sólo la tierra quemada por los sentimientos destrozados.
Pero esa fidelidad es la que premio con mis disculpas, reconociendo en mi humillación que aunque fueron incontables las veces que te negué, cual Judas Iscariote, no fueron menos las que te mencioné ni las que lamenté haber olvidado tu nombre. Y aquí estoy, de nuevo, humillado en la disculpa, y celebrando al fin que haya recordado el sonido de tus letras, tendiendo la mano, para que dentro de mucho tiempo, cuando necesite tu consuelo, acudas a mí como siempre hiciste, levantando mi frente, y acompañándome, altivos los dos, a buscar verdes pastos que arrasar en la próxima tempestad.
Las habrá, y de la mano del orgullo, orgulloso de haberlo reencontrado seré yo el viento que arrase, y no el pasto que espere dócil e inmóvil a que lo arrasen. “Soy un viento que arrasa egoísta con todo lo que le preocupa, caiga quien caiga, y arrase a quien arrase”, dije una vez, y engreído y altivo menosprecié y relegué al olvido a quien me acompañaba fiel, justo aquel que lo provocaba, tú, mi orgullo.
Mi orgullo, aquel que como en la guerra deja a su paso víctimas inocentes. Seguro que alguna vez, influenciado por tus cantos de sirena, dejé inocentes por el camino al soplar mis vientos de tormenta. Seguro estoy, que más de una de aquellas inocentes y silenciosas víctimas mereció otro destino y otro final, incluso más seguro estoy de que alguna mereció un nuevo comienzo. Pero ahora, amparado en tu reencuentro, me reafirmo en la tremenda injusticia que provocan las guerras y tu nombre. Son inocentes, víctimas necesarias de la crueldad del despreciable ser que es el humano. Pero su condición de víctimas las convierte en silenciosas, están, y posiblemente merezcan el recuerdo, pero nada más. Fueron daños colaterales de una guerra que no estaba dispuesto a perder, aquella que exponía mis sentimientos a las fauces de la vida. Y antes que caer, preferí que cayesen. Y así, caídas, al menos permanecen calladas, en silencio, en mis recuerdos, y nada más. Y en esa guerra, tú, mi orgullo, fuiste siempre consuelo y aliado, lo suficientemente tirano como para no permitirme la derrota.
Alguien que es más importante que el tal Ducios te ha renombrado, cambiando tu sonido por el del amor propio. Ha sido el detonante para que acuda a tu perdón. Me conoce bien, y posiblemente tenga razón al renombrarte. No cambia nada, sea cual sea tu envoltorio, el resultado será el mismo, cabeza altiva, nuevos senderos, tierra quemada a nuestro paso, víctimas, merecidas o inocentes, pero silenciosas. Caídas y calladas aún en el recuerdo. Vientos de tormenta que arrasan con todo aquello que no demostró su valor o un mínimo de merecimiento. Vientos huracanados que soplan dos nombres, el tuyo, y el mío. Quizás sinónimos. Orgullo, nada más…
Nota: No hay nada entre líneas en este texto. No hay víctimas recientes ni ajustes de cuentas. Tan sólo una intención de pedirle perdón a alguien, mi orgullo, del que renegué mucho tiempo hasta darme cuenta de que es tan necesario que no hace falta castigarse por ello. Deja víctimas, pero siempre está. No lo olviden, no lo exhiban demasiado al mismo tiempo, déjenlo apartado si quieren hasta que sea necesario. Pero tengan por seguro, que así será. Volverán a necesitarlo cuando menos lo esperen

Vientos de tormenta y nada más… by Juan José García Gómez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.


