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A tí, que ahora vuelas…

17 enero, 2011

Podría desgastar una vez más la palabra “camino”. Podría azotarla de nuevo en mis textos, intentando exprimir de ella algo más que aún no haya dicho. Podría derivarla y asociarla, conjugar el verbo y usar el adjetivo. Buscar sinónimos y metáforas. Podría incluso usar tu reciente explicación sobre su presencia en la traducción de la sudadera que te regalaron tus compañeros de una de esas milenarias artes marciales. Podría leerla y releerla, pensar sobre ella, e hiciera lo que hiciera, seguirían resonando las palabras de Machado. Caminante no hay camino, se hace camino al andar.

Dicen los que saben, que suele pasar con todo lo que algunos denominan “arte”. Que ya está todo hecho, todo expresado, todo representado en cualquiera de sus variadas expresiones. Que varían las formas, las épocas, los estilos, los nombres, los sonidos, los colores, pero que todo aquello que hagamos, ya lo hizo alguien una vez, y lo hizo infinitamente mejor que nosotros. No varían los temas tratados, sino la forma de contarlos, de escribirlos, de contarlos, de pintarlos…

Así que por esta vez, omitiré cualquier desgaste innecesario de la palabra a la que inmortalizó Machado. Y sin embargo, al hacerlo, vuelve a resonar. Supongo quizás, que porque es justo decir, que emprendes uno nuevo, uno tuyo, uno de tantos entre los que ya habrás recorrido.

Has sido una parte de mi vida desde el día en que naciste. Es fácil recordarlo ahora que te vas. Es fácil hacerlo escribiendo desde una casa en la que se valora tanto la familia y los recuerdos. Mire donde mire, hay una foto, un recuerdo, un texto o un regalo, de los que están y de los que hace tiempo que se fueron. En ese ambiente me he criado y desde ese prisma te he contemplado a ti, como uno de mis dos hermanos, y a mis padres, que al emprender sus propios caminos, eligieron conocerse, y con ello, darnos a nosotros tres la oportunidad de emprender nuestros propios senderos. Fue un regalo, se lo debo, y a ti, te lo recuerdo.

Ve ahora a escribir tu propia historia. No mires atrás pero avisa de vez en cuando. Enséñale al mundo tu sonrisa, que otros disfruten tu enorme capacidad para hacer reír. Cuéntales a todos qué has hecho y qué has vivido. Comparte lo que aprendiste, fueran quienes fuesen los que te lo han enseñado. Lee, explora, viaja, llega a sitios a los que jamás iré para que puedas describírmelos cuando vuelvas. Vive y comparte exactamente lo mismo que a nosotros nos has regalado desde que naciste. No tengas pena alguna, absolutamente por nada en esta vida. Solo hay una, y aunque el arte perdure en el tiempo, la vida es única y efímera. Vívela como quieras hasta que tengamos que vivirla como podamos.

Es una sensación extraña. No puedo describirla exactamente. No siento tristeza, y la única que puedo llegar a sentir, es al mirarla desde ese prisma de familia. Si hay algo que echaremos de menos, descontando a quien emprende su sendero, posiblemente sea el hecho de lo fácil que te resulta sacarnos una sonrisa. Eso da vida, refleja justo ese ambiente que contemplo al mirar desde el prisma.

Y ya te digo que es extraño, porque no me provoca las sensaciones que normalmente identificaría con la tristeza. Simplemente es un miedo egoísta a que al mirar la casa con esa perspectiva, haya un enorme vacío a la hora de las sonrisas. Al mismo tiempo, una extrañeza que se resume en el enorme orgullo que siento de haber sido testigo de tu manera de provocar sonrisas desde el día en que naciste. Eres parte de lo que soy, y presupongo, que soy parte de lo que eres.

Por ello, con el poco derecho que me pertenezca, te digo que vayas y lo compartas. Que no mires atrás, pero avises de vez en cuando. No te digo que vuelvas, es de sobra innecesario, nos han educado igual y volverás para darle tu toque al prisma. Que el mundo lo disfrute mientras lo exprimes. Aprende de lo que vivas, y cuéntamelo cuando vuelvas. Aprende y crece tanto, que al volver, te cueste reconocer al chico que mañana se marcha.

Mañana, cuando me despida y me dé la vuelta no lo haré con tristeza ni sensaciones extrañas. Sentiré orgullo al verte volar. Te he visto crecer, sabía que lo harías. Mañana, cuando al llegar te sientes en tu cama, no lo hagas con tristeza ni sensaciones extrañas. Hazlo sereno y tranquilo, hazlo en paz y con orgullo, con toda la ilusión y nada de congoja. Duerme entonces. Y al despertar, da un paso tras otro, escribiendo tu propia historia y compartiendo con otros lo que nos has dado a todos nosotros. No te preocupes y cuídate mucho, no por los que te esperemos, no porque tenga miedo, sino porque será la única manera, de que los que egoístas te aguardamos, podamos esperar que vuelvas. Avisa de vez en cuando, muchos lo esperarán, y algunos, al menos aquí en casa, lo necesitaremos. Vive tu vida y cuéntamela, cuéntame cuando vuelvas qué caminos recorriste, cuéntame qué fue lo que viste para que pueda imaginar, aquello que no consiga contemplar, para que respire con orgullo, y suspire al conocer, que la misma parte de nosotros, que ahora se va contigo, estuvo justo allí, dónde solo tu llegaste…

Licencia Creative Commons
A tí, que ahora vuelas… por Juan José García Gómez se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

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