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Sonrisas infantiles…

8 diciembre, 2011

El tiempo pasa tan despacio en All Hallows que a veces parece haberse detenido. Tuve la misma sensación en el ejército hace años. Aquel cuartel y estas paredes llenas de vida, son lugares en los que al convivir en una rutina día tras día, toda noción de medida va perdiendo poco a poco su razón de ser. Puede que el tiempo no pase despacio, puede simplemente, que el tiempo aquí no sea importante.

Han sido tres semanas extrañas e inesperadas, llenas de sensaciones contrapuestas. Al principio, la novedad y el colorido resaltaron sobre todo lo demás. Todo eran sonrisas y bienvenidas, hasta que poco a poco, el clima fue tornándose frío y gris. La lluvia y el viento no deben ser buenas compañías emocionales en esta aventura que decidí comenzar. No invitan precisamente a sonreír, ni a disfrutar como acostumbraba, y así, cuando de repente el sol se abre paso entre las nubes, hay una extraña mezcla de falta de costumbre y satisfacción al recordar.

Así, aquellos primeros días, que ahora recuerdo tan lejanos aunque fueran hace menos de un suspiro, iniciaron una pequeña cuesta abajo en mi estado de ánimo que llevó a repetirme una pregunta cruel y despiadada: “¿Por qué?”

Y ahí, justo ahí, entró en juego la magia de este tipo de lugares. La había olvidado. Había olvidado que no fue difícil ser feliz en un cuartel aún estando lejos de casa. Había olvidado que entonces disfrutabas del poco tiempo que tenías para hacer las cosas, que entonces saboreabas con ganas la posibilidad de hablar con tu familia de vez en cuando, y que le dabas importancia a cosas que ignorabas bajo el techo de un hogar. Olvidé lo fácil que era sentirte cerca de casa al compartir con los demás, el mismo tipo de preocupaciones, los estrechos lazos que se establecen en la convivencia, lo fácil que es dejarse llevar por las emociones, buenas o malas. Había olvidado que cuando la gente preguntaba, yo respondía que en aquel cuartel de Zaragoza fui feliz. Ni más, ni por supuesto menos que en mi casa. Pero que allí, a cada pregunta, las respuestas eran claras. Cuando no queda más remedio, cuando tienes lo que tienes y no piensas en lo que querrías tener, es tremendamente fácil encontrar tiempo para ser feliz.

Ahí, justo ahí, empecé verle sentido a las preguntas. Y ya no parecían tan crueles ni despiadadas. Porque yo lo elegí, ese sería un buen resumen. Porque fui capaz de tomar una decisión, libre para tomarla, arropado en la distancia aunque todo se eche de menos. Precisamente al hacerlo, se le da su justo valor.

Ahí, justo ahí, me abrí a un mundo acogedor, aún frío y lluvioso. Empecé a dejarme llevar, a no buscar respuestas ni perder el tiempo en hacerlo. Empecé a vivir, de nuevo, como acostumbro siempre. Sin buscar mañanas ni futuros, saboreando momentos y ofreciendo sonrisas. Ahí, justo ahí, apareció María, quien apenas alcanza nada a sus ocho años, quien no acostumbra a soñar fuera de casa ni aún cuando su familia duerme cerca. Ahí, justo ahí, me pidieron que fuera yo quien hablase, que escuchase palabras reconfortantes en su idioma materno. Yo, rodeado de nubarrones y preguntas sin respuesta, era quien tenía que buscarlas para ella y ofrecerle calor lejos de su hogar. Yo que no tenía derecho, ni sabía como hacerlo. Y lo hice, al menos lo mejor que pude. Y debió bastar, porque esa noche vino corriendo a contar que había llamado a casa para contar nuestra conversación. Y me acosté satisfecho, esa es mi función aquí, además de muchas otras. Mi función aquí es servir de lazo entre lo que tienes y lo que querrías tener. Ser faro aún en las frías y oscuras noches. Ser lo mismo con los niños, que lo que han sido todos los que alcanzo a recordar para mí.

Y al día siguiente, al encontrarla y darle los buenos días, ofreció un abrazo y no dijo nada. Y desapareció hacia sus obligaciones mientras yo, de pie y extrañado, no sabía cómo dirigirme a las mías. De repente tenía sentido, de repente me sentía de nuevo en casa. Habían vuelto las sonrisas, despejados los nubarrones, había luz en el horizonte, y al mismo tiempo, me erguía en faro para alguien.

Aquí, en All Hallows, entre paredes con 150 años de historias que contar, el tiempo pasa despacio. Y es ahí donde reside su magia. Pasa tan lento, que al mismo tiempo carece de importancia. Y si se ciernen nubarrones, basta con bajar a las zonas comunes, sentarse en un lugar tranquilo, escuchar las trastadas y las risas infantiles, y retraerte fácilmente a tu infancia. Rodeado de niños y sonrisas, por muy difícil que pudiera resultar, es sencillo sentirse en casa…

Licencia de Creative Commons
Sonrisas infantiles… by Juan José García Gómez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.

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2 comentarios leave one →
  1. Marita permalink
    25 febrero, 2012 11:56

    Cuando no piensas en lo que querrías tener!!!!….. No buscar respuestas ni perder el tiempo en hacerlo!!!..Hacerse responsable de las decisiones que uno toma!!!!….
    Ufff!! Que grandes frases!!

    • 14 abril, 2012 18:37

      jajajaja…sí, son grandes frases si eres capaz de creerlas y me gusta ver que comentaste aquí para alejar todas las dudas de esta aventurilla en el extranjero 🙂

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