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Gracias por una sonrisa ingenua de vez en cuando…

24 julio, 2011

Ha pasado mucho tiempo desde mi última visita, y aunque varias ideas rondasen mi cabeza, es posible que lo vertiginoso de mis días y la ausencia de un mísero reposo en el transcurrir de sus horas durante los últimos meses, evitasen que me sentara a escribirlas debidamente. Y ha sido precisamente una que no esperaba, la que me trae de nuevo hasta aquí. Así debía ser supongo, porque las historias que os conté, siempre fueron inesperadas, y así espero que sean las que estén por venir. Prometo que aunque espaciadas en el tiempo, seguirán cayendo, aún con cuentagotas, porque sé de buena tinta, que algunos contáis cada una de las letras que intento compartir.

Hoy pretendo presentaros a alguien, a la que muchos conocéis a buen seguro, y que no me apetece que el resto os quedéis sin conocer. Apenas hace un par de años que superó la mayoría de edad, y sigue ahí, cariñosa como siempre. No destaca, y suele mantenerse al margen. La mayoría de las veces mira inquisidora, esperando el saludo, y aunque puede que no se lleve las primeras miradas, el viernes pasado se ganó durante largo tiempo mi atención. Se llama Natalia, y podéis reconocerla sin dificultad. Rara vez la veréis sin la compañía de sus padres, así ha sido desde que nació, aunque volveré sobre ello más adelante. Con su nombre y el dato de su sonrisa, que va siempre de oreja a oreja cuando busca un interlocutor, no tendréis problemas al reconocerla si alguna vez tenéis la fortuna de de llamar su atención.

Natalia nació hace dos décadas, y aunque ya lo hiciera con su sonrisa, también lo hizo con un adjetivo, que debiera ser insignificante. A veces he pensado en imaginar la cara de unos padres cuando escuchan “Síndrome de Down”. Supongo que al menos, el paso del tiempo ha querido enfriar con tecnicismos la sentencia de adjetivos menos agraciados y que se escucharon en el curso de nuestra historia, médica, humana o sencillamente, llena de crueldad. Supongo que fue más fácil escuchar esa expresión que la de “subnormal”, “mongolo”, “idiocia” o “niño inconcluso” con la que muchas personas como Natalia fueron etiquetadas hace apenas cincuenta años. No quiero ni imaginarme en tiempos del medievo, pues posiblemente, aquellos que se otorgaban la palabra de Dios, hablarían de brujas y no dudarían en anular la condición de “semejanza” entre los hijos de Dios, para justificar ante los vecinos, que los maleficios divinos y lo pecaminoso de sus actos, incluso antes de nacer, justificaban aquellos nacimientos de vez en cuando. Aquello, como muchas otras cosas, quedó atrás, y hoy al menos vestimos las cosas de una forma más digna con otras palabras, que no dejan de ser adjetivos, que los demás no traemos al nacer.

Pero Natalia lo trajo, y aquellos padres, debieron escucharlo en algún momento. Supongo que no fue fácil, pero ahí están, siempre disponibles, siempre atentos, en compañía, sacrificados sin queja ante aquellas necesidades que Natalia no puede satisfacer de forma totalmente autónoma. Cuentan también, por supuesto, con la ayuda de los dos hermanos de Natalia, y con muchos a los que ella puede llamar amigos, que siempre la han tratado de igual a igual, sin ningún tipo de contemplaciones. Allí estaban también, como digo, sus padres, sentados el viernes, mientras caían las cervezas y surgían las conversaciones, que camaleónico, con uno de mis ojos y uno de mis oídos seguía con atención. La otra mitad de mis sentidos iba centrando progresivamente su atención en nuestra protagonista.

Jugueteaba con su móvil, sonreía de vez en cuando y mantenía conversaciones en la tranquilidad de su más que posible ignorancia. Sonaban a melodía, o sería que la tranquilidad de la noche invitaba a imaginar. Estaba allí, feliz, en sus mundos sin miseria, sin crisis y sin problemas, ajena a nuestro acelerado mundo, como si no quisiera molestar, como si no pretendiera interrumpir lo más mínimo nuestras sesudas sentencias acerca del estado de este alocado mundo que tenemos la suerte de disfrutar una vez, durante unos cuantos años y hasta que la muerte nos separa de nuestros seres más queridos, y de nuestros más estúpidos y preciados bienes materiales. ¿Para qué iba a interrumpirnos si muchas veces no queremos escuchar?

Y pensé, y dejé de hablar unos instantes en que sólo la miraba. Lleno de envidia y al mismo tiempo, de satisfacción. La vida es justa vine a pensar. Y en sus tremendas injusticias, y en las líneas torcidas con las que Dios escribe sus renglones, de vez en cuando surge algún destello de luz. Natalia es uno de ellos. Lo que la rodea es otro, si cabe, más intenso y luminoso aún.

Natalia pasará por esta vida ingenua y sonriente, respetando aquello que cité una vez “La vida nos enseña que no podemos ser felices sino al precio de cierta ignorancia”. Vivirá muchos años más en la compañía de aquellos que han sabido guiarla desde el comienzo de sus días, de aquellos mismos a los que ella ha enseñado alguna que otra lección que no olvidarán en su vida. Vivirá llena de inocencia, porque aunque algunos lo dudéis, la inocencia sigue existiendo. Los demás la perdemos a base de palos, de ostias y de corazones destrozados, de estupideces, de traiciones, de discusiones, egoísmos, envidias y las más sucias miserias de la existencia humana. Viviremos en la compañía de nuestros egos, engrandecidos por nuestros más sofisticados conocimientos. Discutiremos y pelearemos, olvidando que en el transcurso de miles, de millones de años, no seremos más que polvo que durante un miserable suspiro estuvo lleno de vida. Perderemos el tiempo que se nos ha ofrecido, lo desperdiciaremos más bien, preocupados ante situaciones que ni siquiera merecen nuestra atención.

Y ahí radica el rayo de luz de Natalia. Ella no, ella tendrá la enorme suerte de no vivir así. Vino con un adjetivo y una enorme sonrisa que ni las afiladas cuchillas de las agujas del tiempo han podido cercenar. Esa es su lección, la misma que me enseñó el viernes o yo me empeñé en imaginar. La sonrisa es la expresión de la felicidad, y Natalia no la pierde, al contrario, la ofrece y la comparte, siempre…

Licencia Creative Commons
Gracias por una sonrisa ingenua de vez en cuando… por Juan José García Gómez se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

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One Comment leave one →
  1. ana permalink
    15 septiembre, 2011 11:08

    :0 que bonito!!!!!

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