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Que lo haga Dios, si es que tiene cojones…

21 octubre, 2011

Tiene seis años y llora. Llora sin saber por qué, aunque razones tiene de sobra. Lo sabrá, pero a su edad, bastante tiene con conocer de cerca al miedo, bastante tiene con dejar que pase el tiempo y que vuelva la calma. La tempestad ya la ha zarandeado, y su única posibilidad de defensa aflora en forma de lágrimas incontroladas.

No consigue ver mas allá de ellas, y cada palabra que intenta articular se pierde entre sollozos. No tiene fuerzas, y aunque hasta esta tarde no sabía lo que era, podrá explicar en adelante, con todos y cada uno de los detalles, lo que es el terror. Sigue sin tener respuestas, y no las busca, se aferra a seguir respirando, a sacar fuerzas de flaqueza para seguir llorando; es lo único que le queda. Está sola, y puede que así se sienta el resto de su vida, esa misma que ahora casi empieza, entre arcadas de impotencia.

Grita y llora. Llora y grita. Articula la primera palabra que tiempo atrás balbuceó. Mamá. Y no obtiene respuestas, como nunca nadie le dará razones. Vivirá sin respuestas, saldrá adelante, no hay duda, pero alguien se entrometió a destiempo en una vida a la que no había sido invitado. Tiene nombre y apellidos, y como los de su madre, no los olvidará nunca. Viva lo que viva, pase lo que pase. No se olvida, y no juzgo si no puede perdonar, que lo haga Dios, si es que tiene cojones para hacerlo.

Mira alrededor, y ve otras como ella. Aturdidas entre tinieblas, sacudidas sin aviso, ahogadas sus pequeñas voces entre un pánico ensordecedor. Nadie sabe, nadie entiende, nadie tiene una respuesta. Hace cinco minutos, casi inaudible, un hilo musical amenizaba una tarde cualquiera de viernes. Se esfuerza para ahogar sus sollozos, traga saliva y muerde sus pequeños labios porque no tiene otra cosa a mano que la calme. A lo lejos intuye sirenas, voces que piden auxilio, y figuras anónimas que entre sombras, vienen a ofrecerlo.

Se arrodilla, y a tientas, palpando entre escombros y cascotes, busca una mano y la encuentra. No necesita verla, la reconoce al instante. Es la misma que durante seis años la abrazó con fuerza. No volverá a hacerlo, y grado a grado, la vida se aleja en silencio de esa mano aún caliente. Esta noche dormirá sola, y aunque no lo sepa, aunque no lo entienda, cuando el cansancio aplaque el miedo que provocó la sinrazón, empezará a entender que ya no puede volver a esperar que esa mano, ahora inerte, la arrope cada noche.

Es una de tantas, sus lágrimas no están solas. Su miedo, tampoco fue el único. Han sido cientos, a lo largo de más de medio siglo. Lucha armada la llamaban, sinvergüenzas cobardes y encapuchados, que Dios los perdone, si es que tiene cojones. Me la imagino así, entre el humo y el fuego de un Hipercor de Barcelona. Tenía entonces seis años, era de mi quinta, pero yo seguí jugando y ella no.

Ayer también me la imagino. Otros desconocidos, sin capucha ni vergüenza, celebraban algo en la televisión. Y seguía sin entenderlo, y nadie le daba respuestas. Más de veinte años después ya no llora, pero sigue esperando una mano que la arrope antes de dormir. No volverá. Se esperaba una noticia así, pero vuelve a no entender, no entiende que no haya una condena. No comprende las buenas palabras. Escucha impotente como desde uno y otro lado, los sinvergüenzas descapuchados, el de la izquierda y el de la derecha, se la envainan agradecidos. Es una gran noticia dicen. Cambia de canal acelerada. Busca y espera, paciente, que alguien le pida perdón. Silencio, el mismo y sepulcral, que durante unos instantes, se abrió paso entre la vida y la muerte aquella tarde de un viernes de 1987. Apaga la televisión.

Y sigue con su vida, como siguió entonces. No hay respuestas. Nadie le ha pedido perdón. Ahora, los buitres se abalanzarán sobre el comunicado de una panda de hijos de puta encapuchados para desmenuzarlo, para juzgarlo, para barrer cada uno hacia su portal. Es un logro de la democracia dirán. Y no entenderán, jamás lo hicieron, que hubo gente que moría, sangre derramada y lágrimas incontroladas. Hubo terror. A sangre fría, sin aviso ni explicaciones. Por la espalda, de un tiro en la nuca o una bomba lapa al arrancar. No entenderán que no se trata de perdón, y si así fuera, que lo haga Dios, si es que tiene cojones para ello. Las víctimas que digan lo que quieran, somos nosotros los representantes del pueblo, nosotros decidimos, nos haremos la foto y pasaremos a la historia. Tú como presidente, yo como tu sucesor. De un portal y del otro, el de la izquierda y el de la derecha. El de la ceja y el de la barba. Ellos murieron, los demócratas vencieron, es un triunfo del pueblo vasco, una victoria de la sociedad española. Y no entienden, jamás lo hicieron, que fueron otros los que sufrieron. Es a otros a quien corresponde el derecho de elegir si perdonan o no. Son otros los que claman justicia. Son otros los que esperan perdón, aunque ya nada cambie, aunque sus vidas y las de sus allegados fueran robadas para siempre.

En esta historia, en estos cincuenta años, los argumentos son claros. No hay giros inesperados, ni guiños en el guión. El de la capucha se llama asesino. El descapuchado que viste de victoria demócrata el triunfo del terror se llama cómplice. Ninguno tiene vegüenza, y ambos son miserables e hijos de puta. El que apretó el gatillo y el que aplaudió el comunicado. No tenéis vergüenza, no tenéis perdón. La historia no olvidará y os pondrá en vuestro lugar. Ella no olvidará, ella y sus allegados, ella y el resto de las víctimas decidirán si os perdonan lo que hicisteis. Yo no os perdono, y si Dios tiene cojones de echármelo en cara, que me lleve por delante. Pero si lo hace, morid vosotros primero, el de la izquierda y el de la derecha, y todos y cada uno de los encapuchados, que allí arriba, y con Dios como testigo, veremos quien merece el perdón y quien el castigo.

Sigue con tu vida pequeña, como hiciste entonces. Y no esperes respuestas, no te las darán. Si en algo te vale mi mano, te arropo hoy desde la distancia. Si fuiste capaz de perdonar, enhorabuena. Tu valentía no la juzga nadie, y si alguien tiene que hacerlo, que lo haga Dios, como el perdón, si es que se atreve, si es que tiene cojones…

Licencia de Creative Commons
Que lo haga Dios, si es que tiene cojones… by Juan José García Gómez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.

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One Comment leave one →
  1. 10 diciembre, 2011 15:35

    Fantástica tu entrada=)

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