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Arrasando escudos…

6 septiembre, 2010

Como muchas casas, todos tenemos una puerta y un trastero. Y ambos, los abrimos única y exclusivamente a quien creemos que merece la pena invitar a pasar. Unos cierran mejor las puertas de sus trastos, sus recuerdos o sus secretos más inconfesables, y otros tenemos la virtud o el infinito error, de abrirnos a menudo de par en par.
Sin cerraduras ni llaves, sin muros ni escudos, sin defensas que protejan y sin miedo a lo que hagan con cada una de nuestras confesiones.

Aprendí a contar cuentos hace mucho. A veces he sido un sinvergüenza explotando esa habilidad, ese continuo embauco con la palabra y aunque a veces se repitan y alguno os suene, siempre los cuento porque quiero hacerlo y porque me apetece. No hay trampa ni cartón, se cuentan y contados quedan. Los voy renovando continuamente, añadiendo y quitando partes, remozando fragmentos y alimentándolos de historias curiosas obtenidas de aquí y allá, y vividas en cualquier momento y lugar.

Uno de los que más me gusta es precisamente aquel que habla de esas puertas entreabiertas, cerradas a cal y canto, o incluso abiertas de par en par. Uno de los que más me gusta es justo ese que nunca os he contado aquí, el que habla de escudos y resquicios, el que habla de miedos e ilusiones, el que tiene como protagonistas a los recovecos de cada una de nuestras vidas, donde amontonamos aquello que no queremos que nadie use en nuestra contra.

Es curioso el ser humano y su falsa creencia de autoprotección, cuando tras años de sucesivos fracasos, decide ponerle puertas al campo, y llenar dichas puertas de escudos. Piensan, supongo, que así quien vaya llegando dispuesto a llamar a cada una de las puertas lo tendrá difícil para conocer secretos y hacer daño usándolos.

Nunca me gustó esa manera de actuar. La respeto y la tolero, y cuando me la encuentro, escudriño con inusitado interés todo lo que tengan que contarme los dueños de esos escudos. Así, puedo ir adivinando el motivo de su existencia. Así, puedo divertirme cuando me apetece intentar arrasarlos y verlos debilitarse. Pero no me gusta decía, porque es contraria a mi manera de ver las cosas. La respeto y la tolero como deben respetarse las cosas contrapuestas, pero…nunca le veo sentido, y no me recuerdo construyendo empalizadas y defensas, alrededor de mi vida. Es contraria al resto de mis cuentos, esos que hablan de vida y cervezas, los que hablan de historias y apariciones, los que hablan de gentes inesperadas, los que hablan de sonrisas fugaces y miradas que se encuentran sin decir nada aún diciéndolo todo. Y supongo que por eso, no me gusta esa forma de actuar, poniendo límites y levantando escudos.

Normalmente, al contrario, suelo abrir de par en par las puertas de mi casa y mis trasteros. Que entre la corriente, que arrase el levante y rolen los vientos por cada uno de mis pasillos. Las dejo abiertas para que se aireen. Las dejo abiertas para que todos entren sin llamar, curioseen y conozcan. Que el viento quite el polvo de los recuerdos. Que vuelen mis malas pulgas y se queden los brillos de la memoria. Es mi manera de actuar, una y otra vez, en ese papel de eterno secundario, eterno canalla cervecero y eterno sinvergüenza cuentacuentos. Ese papel que me resulta cómodo, el de vivir e ir contando lo que vivo, lo que aprendo y lo que tropiezo tras cada puerta que abro y con cada una de las heridas que me produce el abrir tan de par las puertas de mi alma, a todos, sin excepción, sin que muchos siquiera lo merezcan, esperando ver qué traen y qué tienen que aportar.
Hace poco me encontré de nuevo esos escudos, y aunque cualquier parecido con la realidad, sea mera coincidencia, me recordó que debía contaros este cuento. Porque muchos los tenéis, porque muchos limitáis, porque muchos os llenáis de escudos antes siquiera de que os llamen a la puerta. Lo respeto y lo tolero, pero no me gusta os dije, y como tal, os lo cuento.

A veces, al abrir puertas de par en par os llevareis desengaños, a mi me pasa a menudo, aunque tras tantos ya ni duela uno más o uno menos. Pero haciéndolo, no habrá posibilidad de que se vicie el aire de vuestros pasillos. No habrá posibilidad de que en ellos se enquisten los recuerdos que hacen daño y motivan vuestros escudos.
Por el contrario, cerrando a cal y canto cada una de vuestras puertas y tapando las rendijas con robustos escudos, quizás nadie vuelva a haceros daño, pero…¿quién podrá entonces aprovechar la corriente para limpiar recuerdos y compartir los nuevos?

Yo solo digo que estaré aquí, con mi lápiz y un papel, con mi lanza y mis cervezas, estudiando maneras de arrasar empalizadas y resquebrajar escudos. Por más fuertes que sean, jamás os protegerán lo suficiente. Alguien llegará y los dejará reducidos a polvo. ¿Pero que precio valdrá cada una de las historias que podríais vivir si no tuvierais tantos escudos, si no pusierais tantos límites, si no cerrarais tantas puertas?

Yo ante ellos, ganando o perdiendo, más lo segundo que lo primero, siempre hago lo mismo. Escojo un buen rincón, con una cerveza fría y mi arsenal de cuentos. Con un lápiz y un papel en una mano en el que tomar notas que luego incorporo a mis cuentos. Y con la otra mano totalmente libre. Es la mano que tiendo, la misma que deja abiertas las puertas de mi alma, la misma que suelo tender cuando empiezo a caminar, la misma que ofrezco siempre, la misma que a veces se llena de cicatrices pero que siempre está dispuesta a que la ofrezca. Me pongo una sonrisa de oreja a oreja, mi cara de canalla y vividor, y cuento mi manera de ver las cosas dejando que la corriente pase y traiga lo que tenga que traer y arrase aquello que tenga que arrasar.

Dos formas opuestas de hacer las cosas con sus ventajas y errores, aunque posiblemente, con mas heridas y cicatrices, pero también más divertida al ser contada y recordada. Poned escudos, los más fuertes que encontréis, pero cuando digo que me apetece, es porque me apetece, y si intento arrasarlos, lo único que podréis hacer será cerrarme la puerta en las narices, y yo me iré con mi sonrisa y mis cuentos a otro lado. No os perderéis gran cosa, no era yo el viento que debía arrasar con vuestros rincones llenos de recuerdos. Seguiré viviendo historias y contándolas entre cervezas, y aunque esta vez, en esta historia, cualquier parecido con la realidad sea mera coincidencia…limpia el metal de tus escudos, refuérzalos, y prepárate a repeler las embestidas, porque tengo mi sonrisa a punto, y voy a disfrutar viendo cómo se resquebrajan. Huye ahora y desaparece, estás a tiempo. Pero como vea una sola rendija, como escudriñe un único atisbo de duda, entraré hasta el desván de tus silencios y susurraré: “¿Lo ves? No pudiste hacer nada, y me encantó que no lo hicieras…”

Licencia de Creative Commons
Arrasando escudos… by Juan José García Gómez is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License.

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3 comentarios leave one →
  1. marita permalink
    17 octubre, 2011 22:31

    Como es la vida!!! Lo que para algunos es positivo…para otros es todo lo contrario.
    Juanjo gracias por abrirnos tus puertas.

    • 14 abril, 2012 18:44

      gracias a vosotros por haberme abierto las vuestras y dejarlas abiertas de par en par. Espero ver a través de vuestra puerta muuuuuuuuuuucho tiempo 🙂

  2. MARITA permalink
    14 abril, 2012 19:53

    No lo dudes…. en serio nos encanta compartir ratitos como los de ayer contigo,te hemos cogido mogollon de cariño!!!! OHHHH!!!! q se me van a saltar las lágrimas!!!

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