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Que la eternidad os siente bien…

2 marzo, 2012

Nunca, jamás, ni una despedida ni un agradecimiento deberían verse manchados por las palabras que escupe la ira. Jamás debería verse un adiós ensombrecido, ni siquiera por los nubarrones que pasean sobre almas heridas. No hay que perder el tiempo entre las oscuridades del pasado al decir adiós, sino mostrar una sonrisa, y desear lo mejor, en esta vida, o en la otra. Así que, antes de dar las gracias a alguien, y decirle adiós a ella, antes de empezar, para no perder demasiado tiempo ni emborronar esto demasiado, me gustaría desearos que jamás os crucéis en mi camino, para que no tenga que ajustaros las cuentas, antes de que lo haga Dios. Malnacidos sería una palabra que dedicaros, pero que sea el tiempo, y si Dios quiere, la vida, la que os ponga en vuestro sitio. Esto es lo último que oiréis salir de mi boca y de mi ira.

Calmadas las aguas de la tristeza por el latido del tiempo, pasados los días y sus noches, al fin puedo escribir desde la prudencia emocional y la distancia. Podrán ser ya líneas sin borrones, límpidas y sin tacha. Podrá ser un adiós sincero, alejado de reproches, distanciada la ira, pero presente hasta el final de mis días, para que no olvide lo que hicisteis, aún apartada en un tenebroso rincón dónde no pueda ser escupida con rabia, y evitando así, dañar a los que quiero.

Te fuiste, supongo, en la inconsciencia de la demencia. Me tranquiliza. Sin saborear los cuidados que se te brindaron, pero al mismo tiempo, evitando la presencia de lo que erosionó los últimos años de tu vida. Te fuiste tranquila, en la cama que fue tuya, en la que tantas veces te hicieron reír mis hermanos antes de que durmieras. Te fuiste rodeada de los tuyos, de los que te querían, de los que hicieron cuanto estuvo en sus manos para aliviar el peso de un derrumbe y un desahucio, de un alma débil e indefensa. No supiste o no pudiste, alcanzar las manos que te tendieron para aliviar esa desgracia. Y no te culpo, pues aunque otros no tuvieron tu suerte, se te brindaron con la esperanza y el agradecimiento, sin exigencia. Debe ser duro lo que pasaste al ver una vida reducida a escombros y humedades, y Dios me salve en el futuro, de ver algo parecido.

Sea como fuere, allí comenzó lo que terminó el otro día, al cerrar los ojos, y dejar escapar la vida con un último suspiro. Y contigo, se fueron los últimos recuerdos de una infancia que a veces parece lejana. Fuiste la última de los cuatro. La última de cuatro a los que debo tanto. Fuiste la que más se esperaba, y la que al menos yo, que me juzguen si quieren, la que más deseaba. Te lo merecías, pues nadie merece vivir sufriendo, y tu única falta fue no saber, o no poder aprovechar, las manos que agradecidas se te ofrecieron.

Y de deudas y agradecimientos hablo. Pues contigo, con los cuatro, estaré en eterna deuda y eternamente agradecido. No sólo sois parte de esos recuerdos infantiles. Me criasteis, nos visteis crecer, nos brindasteis vuestra protección, y un cariño, que siempre intentamos devolveros, pues para ello nos educaron vuestros hijos. Y ahí esta la mayor de las gracias que tengo que daros, donde quiera que estés, donde quiera que vivan ahora vuestras cuatro almas, sin riesgo de sufrir el desprecio humano, el más cruel de los desahucios.

Esas son las gracias que tengo que daros. Cuatro gracias fundamentales. A una por barba. Pues a vosotros cuatro debo mis padres y mis hermanos. Debo más, por supuesto, pues es extensa la familia y no toda merece mi ira y mi desprecio. Pero fundamentalmente, os debo cuatro, y a ti, en especial una en concreto.

Tú me regalaste a mi madre, y es justo que en tu adiós, tengas mi gratitud y mi recuerdo. Ella, cegada por su responsabilidad, a veces no vio que sufriendo nos hacía sufrir. Pero lo hizo bien, no creas, hasta eso es motivo de orgullo. Lo digirió todo, en un ejemplo magnífico. Con tesón y no sin sufrimiento. Con la ira justa, con las ideas claras, con el orgullo intacto, con la cabeza altiva y una actitud tan increíble como señorial. Sobre el bien y sobre el mal. Por encima de la furia. Consciente pero digna. Magnífica, digna de un orgullo de hijo que difícilmente pueda explicar. Como en todo, como siempre, lo llevó todo adelante sin queja ni flaqueza. Anteponiéndose como escudo a cualquier sufrimiento o carga que no nos correspondiese. Ella es, de todos, el mejor de tus regalos, el mejor de los recuerdos que podré tener de ti, y es justo que lo sepas, y es justo que lo cuentes orgullosa, donde quiera que estés ahora.

A tí, por ser la última, a los cuatro por ser “culpables” de regalarme mi familia, Adiós y Gracias. Que la eternidad, os siente bien…

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Que la eternidad os siente bien… by Juan José García Gómez is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License.

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