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A las cunetas del destino…

12 febrero, 2011

Siempre me gustó viajar solo. A veces puede parecer triste, y lo cierto es que en realidad siempre es egoísta, pero nunca pude cambiar lo que soy, bien lo saben algunos de los que me sufrieron y se quedaron por los senderos de mi vida derrotados en sinuosas cunetas y rendidos ante la evidencia de mi testarudez.

Al viajar solo, encontraba mi espacio, aquel que siempre exigí. Podía pararme donde quisiera y cuando yo decidiera. Nadie molestaba y podía abstraerme en mil pensamientos que pueden no llevar a ningún sitio.
Estos días he adquirido deudas que difícilmente podré ya pagar. Me gustaría, pero posiblemente, no pueda.

Viven en San Fernando, y durante varios ratos fui incapaz de recordar sus nombres. Y al acostarme, castigando mi maldita memoria, al final concluía que mas allá de los nombres, lo único cierto es que estaban. Cuando se fueron, como sucede con todos aquellos que quedaron por las cunetas, y como sucederá con todos aquellos que aún hoy me acompañan pese a mis errores constantes, lo único que sentí fue tristeza. No tenía una imagen con ellos para poder recordarlos siempre, contando a aquellos que estén por venir, las historias que escribieron en mi vida los que les precedieron.

Y así, caminé de vuelta hacia mi pequeño hogar de los últimos días. Iba acompañado, pero por uno de mis errores frecuentes, la compañía caminaba demasiado lejos para escuchar mis pensamientos. Eran tristes y agradecidos y a un tiempo, porque si algo me habían enseñado, era que el placer de el viaje no está en los sitios sino en el camino, jamás está en las vistas sino en las compañías mas inesperadas. Viajar solo tiene su encanto, pero al final, de cada viaje, lo que queda siempre son los recuerdos, y en ellos, la compañía. Viajando solo te enfrentas a tus miedos, a tus complejos, a tus límites y tus extremos, y siempre pensé que yo los vencería. ¿Como he podido mentirme durante tantos años? Los he vencido a todos, uno tras otro sin descanso, pero nunca hubiera sido posible sin todos aquellos acompañantes de los senderos de mi vida.

Aquellos desconocidos han sido los últimos, pero aunque no lo sepan, y aunque no tenga una mísera fotografía, les guardo para siempre en la mejor y más nítida de las imágenes, la del recuerdo. Porque sin ellos no habría detenido mis acelerados y solitarios pasos, para pensar, que la mayoría de las veces viajemos hacia donde viajemos, siempre lo hacemos acompañados. Me alegraba de verlos al despertar, no solo no suponían molestia alguna, sino que aportaban cierto aire familiar aún aislado del mundo que acostumbramos a vivir. No me di cuenta de todo, hasta que se fueron.

Son un par de matrimonios de San Fernando, bien avenidos, de los que no guardo una foto y aún dudo al recordar sus nombres, pero a los que nadie, nunca, borrarán de mi memoria. De ellos aprendí a disfrutar el placer de las compañías inesperadas, de ellos aprendí que siempre hay rincones solitarios para estar en paz con mis egoísmos, pero de ellos aprendí a recordar sobre todo, cuanta falta hace la inesperada amistad sincera y sin exigencias cuando estás lejos de casa.

No iré a buscarlos, ni esperaré que llamen para venir a verme, no esperaré encontrarlos en ningún sitio, tan solo rezaré desde mi tremendo egoísmo, que los senderos que recorran en adelante sean cómodos e inesperados, tan solo esperaré que mantengan esa vitalidad que demostraron, ese cariño y esa generosidad, que lo inculquen a sus hijos, que lo cuiden, que lo cultiven, que jamás lo olviden, y que mientras recorren sus caminos, se encuentren de nuevo en el mío. Porque nunca estuvo en los sitios, siempre estuvo en cada paso del camino y aunque el poeta lo gritó, muchas veces lo olvidé…

Escrito a principios de abril de 2010. Había pasado unos días en uno de mis rincones favoritos, apartado de coberturas, medios de comunicación, y civilización en general. Días de campo y chimenea. Sin luz eléctrica ni más agua corriente que la del riachuelo del lugar. Viajar para alejarte de la rutina, viajar para conocer gente inesperada. Sin nombres ni identificaciones. Personas sin nombre, recuerdos imborrables.

Licencia Creative Commons
A las cunetas del destino… por Juan José García Gómez se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

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2 comentarios leave one →
  1. marita permalink
    17 octubre, 2011 22:40

    UFFF!!! para este no tengo palabras…..

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