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La Cenicienta

17 mayo, 2013

La última vez que alguien me preguntó que a qué me dedicaba, no supe bien qué responder, estaba aterrorizado. La Cenicienta, pensé más tarde. La Cenicienta soy yo, respondí.

Mi madre, que de todas las mujeres que han pasado por mi vida, seguirá siendo la más grande entre las grandes, lo definió tiempo atrás de otro modo. Me dijo que mucha gente mataría por vivir entre dos mundos. Y la creas o no, una madre siempre tiene razón. Y cuando no la tiene, ya me encargo yo de que la acabe teniendo. Hay leyes en la vida, y una de ellas, es que una madre sabe siempre qué es lo mejor. Y si no lo encuentra, se lo inventa.

Aunque a veces me torture por ello, esa soy yo, una Cenicienta que vive entre dos mundos. Uno es el que quiere, y el otro, el que tiene. Separados por un océano lleno de kilómetros. Va y viene, que es lo que siempre quiso la Cenicienta de nuestro cuento, viajar viviendo, entre muchas sonrisas, y alguna lágrima de vez en cuando, de esas que no cuentas, de esas que no salen, ahogadas en los brazos cálidos de una almohada, antes siquiera de que resbalen por tus mejillas. No te lo permites, ni te lo consientes, aunque a veces sepas que ayudaría. No dejas que salgan.

De vez en cuando, recorro ese océano lleno de kilómetros en un viaje de ida y vuelta. Y como a la Cenicienta, a medianoche, todo se queda en un extraño suspenso. ¿Qué fue real? ¿Qué vida te corresponde princesa de la pobreza? Y vuelas, y dejas que la inercia del tiempo siga su curso para no detenerse. Te consuelas sabiendo que nada es eterno.

Se me hace eterno, le dijeron a la Cenicienta. Y no lo es. Nada es eterno. Los locos de negras sotanas te dicen que la vida lo es. Que más allá de esta hay otra, pero no hay pruebas que así lo demuestren. Los locos de bata blanca te dicen que el universo lo es, o que no lo es, según tengan el día. Que el tiempo es eterno, pero… tampoco tienen pruebas que lo demuestren.

Mienten, o se equivocan. No hay nada eterno. Es aquí, y ahora. Y los días pasarán, como pasan las vidas. Eso lo tiene bien claro esta Cenicienta. Le ayuda, que en uno de sus mundos sean tan respetuosos con su historia. Es un mundo lleno de ruinas, de piedras ajadas por el clima y el tiempo. Ellas parecen eternas y algunas, aún se alzan majestuosas. Pero no lo son, aunque allí y con intención de que lo fueran, las pusieran nuestros antepasados en su enorme y humana soberbia. Caerán, una detrás de otra, como a nosotros nos caen los años encima.

Nada es eterno decía. Tenedlo en cuenta. Parece que viviremos siempre. Que nos mantendremos siempre jóvenes y altivos. Orgullosos, llenos de amor y de odio, con las fuerzas intactas de nuestra juventud. Pero la fuerza de los sentimientos, también se apagará. Y no será el clima quien las desgaste. Será el tiempo, y él, un día, también se agotará. Las horas, lo hacen, y pesadas y a plomo caen sus agujas. Poco a poco, incansables. Despojadas de cualquier atisbo de piedad. Dos meses, también pasarán. Y cien años, con sus dias y sus noches. Acercaos a cualquier ruina de piedra, o de carne, para contemplarlo. Nada es eterno.

Por eso soy la Cenicienta. Porque vivo dos vidas en una. Con plazos. Con idas y venidas. Y duele, y se hace largo y difícil. Parece eterno, y no necesito locos que lo demuestren.

Mi madre, lo comentó la noche antes de la última vez. Siempre que te vas se te ve sin ganas. Y le dije que no, que aquí me tratan bien, que soy referencia de indefensos. Pero una madre, siempre tiene razón. ¿Cómo va a quitarse con ganas la Cenicienta su zapato de cristal? Lo que hace con ganas, es ponérselo antes de volar sobre un océano de kilómetros, descontando minutos para volver a bailar.

Y así pasa sus días la Cenicienta. Descontando horas y minutos, haciendo muescas en la pared, como quien vive en una cárcel. Y estos pasan, porque mi condena no es eterna. Tiene plazos, e idas y vueltas. Al llegar, guardo en una caja mi zapato de cristal, y lo miro tan ansioso que a veces, como ahora, parece a punto de romperse. Paso mis días deseando el momento de desempolvarlo y volver a bailar, con aquellos que quiero y me esperan al otro lado del océano. Allí no llueve, y siempre sale el sol. Y aunque sepa que no será eterno, volver a bailar con ellos, por unas horas y unos días, es lo único que deseo cuando estoy aquí. Eso es lo que me da fuerzas cada mañana, aunque la almohada se empeñe en abrazarme diciéndome que me quede a llorar con ella a escondidas.

¿Y por qué lo sigues haciendo? ¿Por qué no lo cambias? preguntaréis. No tengo respuesta. O no me vale ninguna. Pero a veces, cuando el cristal de mis zapatos veo resquebrajar, le susurro que aguante, que volveremos a bailar. Y los dejo en su escondite, y salgo corriendo escaleras abajo. Y ahí encuentro la única respuesta que me parece válida. Cincuenta cenicientas, alejadas de todo lo que quieren, para las que eres referencia impagable. Te preguntan y te cuentan, te sonríen y te lloran. Los apoyas, porque así tus miserias no parecen tales. Juegas al pillar, corres y no piensas. Vives otra vida que echarás de menos algún día. Les regañas y los abrazas. Ellos son tu mundo aquí, y tienes la suerte de que durante unos años, te dejen a tí, ser parte del suyo. Y tú, que no sabes si eres ángel o demonio, bajas a buscar, con alegría y sin lamentos, a cincuenta Cenicientas, a repararles cada tarde, sus zapatos de cristal…

Creative Commons License
La Cenicienta… by Juan José García Gómez is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License.

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