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Nadie más como respuesta…

13 octubre, 2011

Esta vez os invitaré a soñar y a jugar a imaginar. No sé hasta dónde llega vuestra credulidad, pero debéis pensar que existe una luz al final del túnel. Una luz blanca, como describen los cuentos, llena de amor y pureza. Es lo único que os espera al final, luz, y todos y cada uno de los recuerdos y seres queridos que dejasteis por el camino. El vuestro también ha llegado al final, y solos ante la luz, todo queda atrás. Cerrad los ojos y escuchad, estáis con aquellos que quisisteis, e incluso algunos inesperados a los que olvidasteis hace tiempo. Imaginad, en paz, dejaos llevar, tended la mano en confianza y escuchad lo que os dicen.

Soñé una vez que así era mi final, y ante él, entregado sin remedio ni solución, ni tampoco miedo, las voces del pasado que me esperaban preguntaron si había algo que quisiera hacer antes de acompañarlas para siempre, algo que nunca dije, algo que omitiera, algo que me hubiera hecho vivir arrepentido desde entonces. ¿Queda algo pendiente antes de partir? Dijeron, abriendo ante mí, un silencio tenso, ahogado en la solemnidad, lleno de compasión.

Fui de los de vivir siempre de un modo orgulloso, altivo y seguro. Me muestro en ocasiones lleno de miedos e inseguridades, casi rozando un precipicio en el que alma pueda despeñarse por un maldito traspiés. Pero ya lo escribí, así aprendí a vivir, en continua lucha conmigo mismo, capaz de los extremos, de alcanzar la cima y desplomarme en el abismo. Y así soñé, sudando y rozando la pesadilla pensando en que pudiera haber estado equivocado tantos años, y mientras dejaba las riendas de mi noche a la inconsciencia, temía alcanzar el final y mostrarme arrepentido, dejando cuentas pendientes y no pudiendo saldarlas. En su compasión, aquellas voces del pasado, límpidas y familiares, me ofrecían la redención. No había juicio, ni un dios en el sillón. Ellas y yo, su pregunta y mi respuesta, y un silencio sepulcral que temía desgarrar con cualquier petición de escaso valor.

Soñé que pensaba en lo que no dije y lo que no hice. Y también en lo contrario. Me castigué con mis torpezas, y saboreé cada uno de mis aciertos. A una suplicaba perdón por haberla dejado escapar, sin haberle dicho que la quería. Demasiado orgullo para hacerlo, demasiados miedos, poco premio ante correr el riesgo de su desprecio. Al tiempo, lo contrario, era yo quien escapaba, y aquella otra la que suplicaba. Sin decir adiós, ni una lágrima de lamento. Orgulloso también, pero de otro modo, de espaldas y sin mirar atrás, te lo perdiste, y ahí te quedas aunque sientas. Es tu problema, yo aprendí a vivir con mis miserias y alegrías. Las recordé a todas y cada una de ellas, a las que me marcaron y a las que no, a las que cincelaron su nombre en mis adentros, y a las que apenas rozaron con las yemas mis sentimientos. Y ante todas, en el silencio, la misma respuesta, así debió ser, no pasa nada, la vida sigue hasta que termina. Sin más. Realismo y frialdad.

Y así, pasó el tiempo. Daba igual cuanto, ante mí, la luz y la eternidad. No hubo nuevas preguntas, y tan sólo resonó el eco de la primera. ¿Queda algo pendiente antes de partir?. Por un momento, pensé que no, que era así como debía responder. Que mi vida no tendría sentido si otorgaba otra respuesta. Que habría vivido equivocado, que era otro, ni mejor ni peor, quien merecía la opción de aquella pregunta. Que mis cimientos habían sido firmes, y tan sólo el ocaso de mis días los habían debilitado de sus fuerzas de juventud. Si respondía de otro modo, no sería yo, sino un impostor el que usurpaba mi luz y mi momento. Ese silencio esperando respuestas no sería mío. No debía responder de otro modo.

Y lo hice. Sin saber cómo ni porqué, me arrodillé. No había motivos, nadie me juzgaba, tan sólo me daban una oportunidad que quizás otros no tendrían. Quedaba algo pendiente, muchas cosas seguramente, más de las que pudiese enumerar aunque me dejasen. No había una sola verdad, ni mi vida era la única. Podía estar contento con ella, irme en paz, sin duda, pero también podía haberme equivocado. La edad debilitó mis cimientos sin llegar a derrumbarlos, y sin embargo, en mi última hora, mi orgullo y mis fuerzas se quebraron ante una luz, una pregunta, y el silencio que les sucedió.

Jamás le di importancia, y quizás debí habérsela dado. Esa fue mi respuesta, ¿a qué?, fue la última pregunta que hicieron. Y esta vez no hubo silencio, ni miedo irracional. Tranquilo, relaté tal como sigue:

“Pensé que daba igual, que no merecía la pena. Era casualidad que con la única que no fuera yo, fuera con ella. Intentaba ser quien no era, avergonzado ante la posibilidad de no ser nunca lo suficiente. Jamás disfruté un rato a solas con ella. Siempre pensando, siempre nervioso, manteniendo unas distancias para que nunca supiera, para que nunca se fuera. Era mejor así, que una negativa por respuesta. Pero no había miedo a indagar y obtener una respuesta, tan sólo me protegía, prefería que fuera así, a que no fuera de ningún modo. Bastaba con verla de vez en cuando, sacar fuerzas de flaqueza, y aguantar el tipo un rato. Ir a casa y no darle importancia. No soy yo porque te impone. No soy yo porque le impone a cualquiera. Es una mujer donde otras no llegan ni a niñas. Clara y directa, incluso cuando desprecia. Lo dice y no lo oculta, y no le importa además. Y no era yo, era otro, menos hombre y con más miedos el que se sentaba ante ella. Nervioso y guardando distancias, como un animal herido que no sabe por qué lado le llegará el siguiente zarpazo. Recula y se esconde, gruñe a lo más, consciente de que no le queda otra defensa que aguantar tiempos mejores, a sabiendas que ni siquiera la súplica le salvará.

Y dejé pasar los años, y dejé pasar la vida. Mentiría si dijera que la desperdicié. Busqué otros caminos, y afronté otros retos, añadiendo mujeres a una lista donde nunca aparecía su nombre. De vez en cuando la veía, lanzaba bromas como restándole importancia. Bromear con algo tan serio garantizaba salvaguardar mis secretos. Si relativizaba, no afrontaba. Si no afrontaba, tampoco sufriría, y era curioso que ahora, tan tarde y tan a destiempo, me dé cuenta de que aquello no era vida. Con aciertos y fracasos, que más da, para qué ocultar, para qué negar, para qué disfrazar de bromas y en un lenguaje festivo, distante, indiferente. Así no perdía, pero jamás podría ganar. Sí, así era, tal como cuento, tal como digo que de vez en cuando la veía. Al no verla más que de tiempo en tiempo también aseguraba poder irme a mi casa pensando que daba igual, que no merecía la pena, que no había que darle más vueltas. Me bloqueaba y otras no, pero eso no era significativo, quizás casualidad, mejor pensar que con algunas te abres y con las otras te cierras. Sin más. Realismo y frialdad.

¡Y mentira, maldita mentira! Porque le mentí cuando le dije que no me ocurría nada. Le mentí cuando le dije que no me importaba, que eran bromas, que no dolían. Y lo hacían. No hasta el punto de sufrir por supuesto, siempre me tuve en alta estima y siempre fue mi amiga. No había maldad, y sin maldad no podía doler. Pero se le parecía. Despreciaba algo con lo que yo bromeaba tan sólo por miedo a llamar las cosas por su nombre. Una risa, dos cervezas, y a casa, hasta la próxima vez, cuídate, que cuando te encuentre de casualidad seguirás superándome y poniéndome nervioso. Daré la vuelta y pensaré que no tiene importancia. Pero la tiene, porque nadie más la provoca, no así, y cuando digo nadie, nadie es.

Y cuando pasen los años, así seguirá siendo. Y no habrá rencor. Te preguntaré y me contarás. ¡Que bonitos niños! Son como su madre, su inteligencia y claridad me recuerdan a la de la mía. Y no pasará nada, y me daré la vuelta y me iré sin darle importancia, aunque todos los días sean como el primero. Una risa, dos cervezas, y a casa. Sin más. Realismo y frialdad.

Y así os relato. Así os cuento que nada cambiaría, y si pudiera hacerlo, eso sería. Porque me no me juzgáis ahora por una vida, aunque pude vivir otra. Quizás siendo otro, llegando de otro modo, quizás dándole importancia, sin creer que no la tenía, diciéndolo y no ocultándolo, sin temer un zarpazo, que al final, como todos, acabaría sanando. Cicatrizaría, y como tantas otras veces, al final, no dolería. Sin bromear, sin relativizar, siendo yo y no poniéndome nervioso. Sin darme la vuelta, diciendo, ¡eh, espera!, que no sea como siempre, no te vayas esta vez. Quédate y veamos, quédate y quizás…Y así al menos, no estaría ahora arrodillado, dando una respuesta inesperada, habría vivido, o al menos, lo habría intentado. Lo sabría, y yo también. Le habría dado el valor que nunca le di, mientras me iba a casa sin darle importancia. No pasa nada, ni nada tengo ya que decir, salvo que esa es mi respuesta, y aquello cambiaría. Una sola vez, una sola noche. Ahora que preguntáis, yo respondo qué cambiaría, y si volvierais a preguntar, esa respuesta, sí la daría. Esa noche la viviría, al menos esa, y sería con ella. Nadie más. Realismo y frialdad…”

Licencia de Creative Commons
Nadie más como respuesta… by Juan José García Gómez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.

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3 comentarios leave one →
  1. marita permalink
    17 octubre, 2011 22:55

    Me he perdido algo?
    Lo volveré a leer otro dia,con más tranquilidad y más despejada,ésto???…. lo has escrito hace nada!!!

  2. MARITA permalink
    14 abril, 2012 19:16

    UF!!!! esto se pone interesante… esta noche la volveré a leer y te diré algo.
    X favor kita esa foto,Dios Santo!!!!

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