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Sueños que caben en una mochila…

15 agosto, 2011

Rescaté hace un rato “Peregrino”, de Luis Cernuda, que durante muchos años inspiró mis sueños, juveniles y alocados, de viajes y libertad. Sueños vestidos de mística y soledad, en los que la vida era un camino, y los días se medirían por los kilómetros recorridos. Siempre me gustó imaginarme así en un futuro no tan lejano, anciano y lleno de cicatrices, cada una con su propia historia, con su propio nombre, alejado de ruidos mundanales, de horarios y ataduras. Los años, y quizás los sobresaltos con los que la vida te despierta de tus sueños, se encargaron de ir restándoles las fuerzas propias de la juventud y llevándome por aquellos pasos que consideré lógicos, aunque nunca he llegado a averiguar del todo, si fui yo quien los vistió de lógica, o fueron los demás quienes lo hicieron por mí.

Y aquí estoy, rescatando viejos sueños, que aunque lejanos ya, siempre fueron de inspiración. Leo con especial atención los perfiles de aquellos grandes viajeros que pudieron dejar atrás las normas establecidas, las ataduras sociales y sus compromisos emocionales y se mantuvieron en el camino, llenos de sueños, devorando kilómetros hasta la extenuación, buscando imposibles, y cuyas vidas fueron epopeyas en sí mismas. ¿Cómo lo consiguieron? ¿Cómo dejaron todo atrás, sin importarles nada, ni nadie? ¿Cómo salieron a andar, tan sólo con lo puesto?

Y justo ahí es dónde entran en contradicción los sueños y los sacrificios. Estaría dispuesto a sufrirlos todos y cada uno de ellos menos uno. Creo, sin temor a caer en la prepotencia que podría sacrificar aquellos bienes materiales, aquellos bienestares de la sociedad de consumo, que podría vivir casi con lo puesto, disfrazado de Diógenes, intentando emularlo ante Alejandro Magno, con el único deseo de ver el Sol un día tras otro, con su atardecer como mi única posesión. Pero, uno de ellos se me antoja imposible. ¿Cómo dejar todo atrás sin hacer daño a nadie? No pienso obviamente en las relaciones sociales, sino en el nido. ¿Cómo anteponer el egoísmo de mis sueños al sufrimiento de unos padres al ver como su hijo elige un camino extraño, diferente, alocado y soñador?

Y es entonces cuando mis sueños se desvanecen. Una vez los desvaneció el paso de los años, el fin de la juventud, y ahora chocan contra una roca que es imposible de resquebrajar. Jamás realizaría tal sacrificio. Dejarlo todo sí, pero no me corresponde derecho alguno, ni siquiera en mi egoísmo, para anteponer mis sueños al sufrimiento de aquellos a quienes quiero y debo tanto, o todo.

Hoy al despertar sentí desasosiego. Ese es mi sueño y no puedo cumplirlo. Quizás por eso mismo sea un sueño, quizás por ello sean estos tan efímeros y extraños. Nos evaden de la realidad, idealizamos aquello que no tenemos y que se desvanece al despertar. Esta vez sin embargo, lo compartiré aquí para poder recordarlo siempre cuando despierte. Podré evadirme así en los momentos de necesidad, esperando iniciar un camino sin destino, cuya única norma sea parar siempre a la misma hora, aquella en la que el Sol se esconde, y la realidad, silenciosa y humillada, arrodillada ante el majestuoso espectáculo del ocaso, deja paso a nuestros sueños.

Allí estaré entonces, con una mochila y una estera. Con algo de agua y una hogaza de pan. No habrá morada ni cobijo más allá de los que encuentre en el camino. Ese será al único al que pueda denominar hogar. En la mochila viajarán tan sólo los recuerdos, quizás alguna fotografía que evite que los años y las cicatrices borren de la memoria la imagen de los pocos seres que podemos llamar queridos, sin desmerecer tal adjetivo. Las únicas fronteras serán los abismos en la senda, los acantilados que dan paso al mar. Al llegar allí daré la vuelta y no volveré sobre mis pasos. Zigzaguearé buscando nuevos senderos, sin incertidumbres ni torpezas, con la única pretensión de seguir andando.

Escribiré de vez en cuando, contando a quien espere noticias aquello que vi. Compartiendo en la distancia que hay vida más allá de la establecida. Reflexionando sobre la ausencia de necesidades y el peso de los sacrificios. Describiré en las cartas cada paisaje que vea, cada uno de los atardeceres que contemple, de entonces al último. Veré el mundo como nadie lo ve. Mezclaré culturas en un pequeño cazo de hojalata, y ellas, y el ansia por conocer, serán mi único sustento. Llegaré a donde tan sólo los grandes nombres de la antigüedad llegaron. Mi vida será una epopeya, una Ilíada y una Odisea. Merecerá la pena vivirla y a nadie importará cuando me vaya, pues aunque a veces lo olvidemos, no somos nada más que hombres en el transcurso de los tiempos. No somos nada, ni nada quedará cuando el tiempo implacable borre el recuerdo de los que nos sucedieron.

Al lado de las imágenes conservaré un trozo de papel y algo con lo que anotar en él, indeleble y ajeno al paso del tiempo, los nombres de aquellos con quienes compartí mis pasos. Nada más tendrá cabida en la mochila más que la vida, salvo lo descrito y una nota por nombre, un recuerdo inmortal en mi alma, por cada uno de ellos. Y la primera de ellas, la que buceando en los textos de Cernuda, me invitó a soñar despierto hace un rato…“Después de todo, el tiempo que te queda es poco, y quién sabe si no vale más vivir así, desnudo de toda posesión, dispuesto siempre para la partida”. Así no olvidaré cada mañana que nada necesito más que el camino. Que nada me resulta más necesario que las ganas de emprender la marcha sin destino tras cada amanecer. Así querría vivir, así lo sueño, ajeno a todo, egoísta y persiguiendo atardeceres, así lo haré cuando pueda hacer frente al único sacrificio que me atenaza. Mientras tanto, creo que no vivo, tan sólo espero…

Licencia Creative Commons
Sueños que caben en una mochila… por Juan José García Gómez se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

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