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Que se enorgullezca…

13 septiembre, 2010

Te lo advertí, y espero que no me tengas en cuenta cumplirlo.

Es curioso como el ser humano puede afrontar la muerte de tantas formas distintas. Mientras unos lloran, otros callan al tiempo que se desploman por dentro. Unos nunca olvidan, y otros, no vuelven a aprender a vivir. Siempre depende de cada uno, de cada muerte y de cada circunstancia. No hay más cariño en el que llora, ni más frialdad en el que se mantiene entero. No hay en ello bondad o maldad. No hay, en la muerte, adjetivos ni máquinas del tiempo, tan sólo formas distintas de afrontar algo, que nunca deja a nadie indiferente. Por lazos de sangre o amistad. Por compasión o empatía. Por recuerdo o agradecimiento. Por simple necesidad de estar; por lo que sea, nunca queda nadie indiferente.

En ello pensaba ayer mientras escrutaba entre tantas caras desconocidas y observaba cuan diferentes eran ahora las conocidas. En ello pensaba ayer, mientras no paraban de llegarme recuerdos de aquel día tan extraño y soleado, precioso en la memoria, en el que se me fue un abuelo que era un padre para tantos, que aún contándolos a todos, me hubiera quedado corto.
Fue un día en el que lloré y reí sin medida y sin descanso, y así fue mi manera de afrontar ese momento que a todos nos resulta tan distinto y similar.

Y digo que reí, porque curiosamente, lo poco que nos queda a todos cuando nos visita de cerca la muerte, es precisamente la vida, y de ésta, siempre fue la risa su mayor expresión.
¿Y por qué sonreía entonces, si tan solo tenía ganas de llorar? Dicen que así, el ser humano se protege. Que es algo inconsciente. Que no es humano, sino animal, instintivo y natural. Que relativiza y cicatriza. Que evita mayor daño emocional. Que descarga tensiones y libera emociones.
Por supuesto nada es tan sencillo. Ni la risa alivia nada, ni es fría, ni al mismo tiempo tan normal o natural. Pero a veces pasa, y aquel día, no me castigué demasiado por ello. La procesión iba por dentro, aunque no parase de reír.

Y tras pensar, y dejar que todo terminase, nos fuimos a descansar, aquel día como ayer, solo que ésta vez, no me tocaba de cerca, y posiblemente fueras tu quien soportaba la procesión.
Pasaron las horas y volvimos a Legazpi, dentro de esa gran ciudad que me producía tanto desasosiego antes, como acogida me brindó esta vez. Quizás sea a eso a lo que se refiere tu querido Reverte cuando habla de Madrid.
Y allá fuimos, como antes. Con charla y tiempo por delante. Con vino y con sonrisas. De Legazpi a Sol, de allí a la Plaza Mayor, al bullicio de la tarde de una noche en blanco inesperada, y en absoluto deseada. Y vimos el fútbol, y sólo ahí, afloró un poco la procesión que llevabas por dentro, y que no te salía, o no dejabas salir. Y no lo comenté, y lo dejé pasar, pidamos de comer, veamos el Madrid, y no hurguemos en la herida, que demasiado fresca está.
Fue en el único rato que hablamos de eso. ¿Para qué serviría hablar, si no puede cambiar nada? ¿Para qué hablar, si como dije al principio, no existen máquinas del tiempo? Dejémoslo estar y sigamos riendo. Que al menos momentáneamente olvides, aunque nunca lo hagas por mucho que vivas.
Y nos perdimos por Gran Vía, contando chistes y alucinando a cada paso. Y pasamos del vino y las cervezas, y nos ahogamos en cubatas. Como siempre. Como debe ser.

Al despedirte, como al recibirte, un abrazo sincero. Cuídate mucho. Un consejo aquí, un consejo allá. Sincero pero formal. Lo que siempre se dice en estos casos. Nos ceñimos al guión, así no metemos la pata, así no hacemos daño innecesario. Total, basta con estar, se esté donde se esté. Basta con una llamada o un abrazo. Basta con no olvidar.

Y en no olvidar, en dejarlo estar, y seguir riendo, están las únicas tres claves sinceras y formales que puedo darte. Duele, no puede ser de otro modo, y por más que duela, no volverá. Puede que sea un carrusel de emociones. Puede que de repente aparezca, y cuando mires detrás, todo haya sido una mala jugada del subconsciente, ese maldito hijo de puta, que aparece cuando no debe.
Dejarlo estar para no abrirnos las heridas hasta que cicatricen. Que lo hagan bien, que se queden presentes, que puedas contarlas y hablar de ellas, que puedas mirarlas y recordar.
Seguir riendo. Para vivir, para hacer vivir a los demás si sus procesiones les resultan más duras. Seguir riendo para que merezca la pena. Reír para vivir y viceversa. Reírte por todo y en cada momento, para que si puede verte, sea eso lo que disfrute desde donde esté. Que os vea felices, que se enorgullezca de haberos traído al mundo. Reír de nuevo, más que nunca, al recordar.
No olvidar es la tercera y la más importante de las claves. Sois lo más grande de su vida, lo mejor que ha hecho, sin duda. No olvidéis. Siempre presente, en cada instante y cada cosa que hagáis. De nuevo por si lo ve, de nuevo porque se enorgullezca de lo que sois. No olvidar para que viva mientras mantengáis vivo su recuerdo. Recordar y no olvidar, llorando de orgullo al hacerlo, y nunca de pena. Ninguna de las dos opciones cambiarán nada, pero sus matices son distintos. Enorgulleceos de poder vivir. Enorgulleceos de que os lo permitiera. Enorgulleceos y no olvidéis. Recordadlo siempre. Hablad de ella. Recordadla. Recordad el tiempo que os ha regalado, y haced que merezca la pena. Que cada año que ella no tendrá, sea pleno y sin desperdicio. Que vivir merezca la pena, por ella y para ella. Por si lo ve. Por si aún está, y donde quiera que esté.

Esa es vuestra responsabilidad ahora. No olvidar y seguir riendo. La mayor expresión de vida. Esa y que no se arrepienta. Que viváis la vida que soñó para vosotros mientras crecíais. Que esté donde esté, hable de vosotros con orgullo. “Esos son mis hijos, contemplad como viven”.
Y al perderte en Legazpi, al darte un abrazo y formales consejos. Me encendí un cigarro y me perdí. Busqué un antro, de esos de los que buscaría un legionario, lleno de mestizaje y alcohol. Pedí una cerveza, y brindé con la soledad de la barra. Así podía irme con un recuerdo distinto de esa ciudad. Y mientras brindaba conmigo mismo en mi apartado y solitario rincón del antro, pensé que habías dado el mejor de los comienzos.
Habías seguido viviendo. Puede que en breve recaigas. Puede que en breve veas desmoronarse cimientos, que no esperabas que lo hicieran. Pero ayer viviste. Ayer lo hiciste. Ayer hiciste honor a un epitafio que leí una vez: “Que mis herederos rieguen en vino mis cenizas”.

Lo hiciste. Se llamaba “Volver”. Un tinto castellano manchego. Es un buen epitafio, y un buen nombre de vino. Volveremos, con otra excusa y en otras circunstancias, sin caras cansadas ni conversaciones tabúes. Sin procesiones por dentro ni consejos formales. Por el placer de volver, por el placer de reír y conversar, por el placer de vivir, y de enorgullecernos de ello. Por el placer de brindar y que la recuerdes, con una sonrisa; por el placer de sentarnos, dejar el tiempo pasar, saborear un buen vino y esperar que nos llegue a todos, y que vuelvas a verla. Mientras tanto, que se enorgullezca, haced que le merezca la pena haber vivido…

Licencia de Creative Commons
Que se enorgullezca… by Juan José García Gómez is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License.

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One Comment leave one →
  1. Sara permalink
    13 septiembre, 2010 22:27

    Si no lo haces tú, lo haré yo…………Es duro, muy duro….pero con tús letras haces que todo se haga más llevadero, más natural, más humano, más…………………me ha gustado mucho pero ahora mismo no puedo seguir……he visto en los ojos de mi amiga el vacio que antes, otras veces, yo misma he sentido, ese hueco dentro de ti…….esa sencion de inerte……….pero bueno haré caso de tus ideas, una vez más y cogeré lo bueno de la VIDA.un beso amigo

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