El hada endemoniada y el Ave Fénix…
Hablé muchas veces de esas bolitas de cristal donde guardo los momentos y recuerdos que alguna vez me hicieron disfrutar. Os hablé de mi estantería y de cómo me gusta mirarlos de vez en cuando, agitarlos y contemplarlos congelados para siempre en mi memoria. Unos son de vivos colores, y otros grises como la ceniza. Algunos felices, y otros no tanto.
Viven en ellos mis fantasmas y mis hadas. Y cuando me entra cierta melancolía o me olvido de quién fui, acudo presto a ellos a que me sacudan por dentro y me recuerden qué fui, e incluso qué fuimos.
No podría decir que esta vez acudí yo a la estantería. Más bien se sacudió ella solita. Como si el hada que vive en esa bolita concreta gritase «Estoy aquí». Sin sentido y sin esperarlo. Fue hace meses, hizo una promesa y la cumplió en tiempo y forma. Y por Navidad, como los seres queridos, rompió su encierro entre paredes de cristal y vino a llamar a mi puerta con su sonrisa. Sin intención conocida ni motivo oculto alguno, y supongo que precisamente por eso, se la abrí de par en par. Y se lo confesé. Me resultó curioso abrir la puerta sin más, pues tengo un problema con lo emocional de mi memoria, que es despreciable en el odio e implacable en el olvido. Y aunque pasaran casi veinte años, le confesé que mi última despedida había sido para siempre. Y aún así…
El caso es que salió una agradable noche de puesta al día. De cómo eran nuestras vidas. Fue una sensación agradable no esperar nada y contemplar que fue exactamente como la primera vez. Que salió todo con fluidez y naturalidad, que estuve a gusto sin esperar nada a cambio, por el placer de conversar y pasear. Que pasado el tiempo y sin tener ya sentido el daño, si es que se le puede llamar así a lo que fue, fui capaz de sentarme a charlar con una amiga. Y de nuevo como entonces, esperar que el tiempo no pasara y la noche no acabase.
Y se lo confesé. Le dije que me había gustado mucho estar a gusto y que no hubiera pasado el tiempo. Y creo poder decir sin miedo a equivocarme que sin distancias ni obligaciones, es posible que en vez de un encuentro cada veinte años, pudiéramos mantener una simple y bonita amistad.
Pero tras descubrir juntos las ruinas de la calle Mármoles y sus impresionantes columnas escondidas en el silencio de la noche, paseamos de vuelta y volvimos a nuestras vidas. Cuídate mucho y avisa cuando vuelvas. Lo de siempre. Con formalidad. Y volvió a encaramarse a su estantería y a esconderse en su jaula de cristal. Porque hace veinte años se convirtió en un bonito recuerdo, al que juré no volver a ver, y ahora vino a refrescarlo. Con su sonrisa y una sentencia.
Dos besos, «cuídate» y un «no has cambiado nada» antes de irnos a dormir por separado, como siempre. Decentes y silenciando las indecencias. Porque a veces los ojos lo dicen todo y no hay nada más que decir. Pero antes de desaparecer y girar la esquina del portal se giró con su sentencia: «Eres como un Ave Fénix», dijo justo antes de envolverse en su cristal para volverse a encaramar a la estantería de mis recuerdos.
Y mientras volvía a casa, su sentencia me sacudía por dentro. Eso era. Justo esa era la razón para abrirle la puerta al hada que fue una vez demonio. Que viniese a recordarme entre ruinas romanas que somos el mito que siempre vuelve.
Y yo que venía de tender la mano una y otra vez, para sólo descubrir desprecio y castigo, apreté el puño y piqué espuelas. Dejé rugir a Paula y me perdí en sus revoluciones. Como la vez que me despedí jurando no volver a verla. Pero en vez de hacerlo por ira, lo hacía por agradecimiento. Para que allá donde estén mis hadas y mis demonios puedan escuchar el resurgir del Ave Fénix.
Porque con este hada que fue una vez demonio, entonces y ahora, fui la versión de mi que siempre me gustó ser. La sinvergüenza, la soñadora, la charlatana y la cuentacuentos. La que intentando engatusar, siempre fue incapaz de actuar sin ser señor. La que vivió y disfrutó el simple placer de pasear y descubrir lugares desconocidos. El príncipe sin princesa. El eterno soltero y juglar desordenado que pica espuelas y se va para otro lado. El que jura no volver, pero también el que es incapaz de no abrir la puerta o acudir al rompeolas para curiosear qué es lo que trae el mensajero o lo que arrastra la marea.
Y trajo su sonrisa y su sentencia. Casi veinte años después de jurarle no volver a verla. Eres como el Ave Fénix. Y así será. Renaciendo entre revoluciones, espuelas y senderos desordenados. De aquí para allá en lo emocional y lo laboral. Apagándome poco a poco al perderme para resurgir con fuerza al encontrarme. Ofreciendo mi mano y mis llamaradas a quien llegue y aunque se vaya. Abriendo la puerta de par en par a mis hadas y mis demonios. Mirándolas altivo creyendo siempre que quien perdió no fui yo. Mirándolas con cariño por ser parte de lo que fui.
Así que allá donde estés, y allá donde vayas, mi querida hada endemoniada, gracias por despertar, llamar a mi puerta y tomarte la molestia de venir a recordarme lo que soy y lo que a veces olvidé…
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