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My way…

17 enero, 2019

Rogaría a quien cayese despistado por estos lares que por favor sea condescendiente. Hace más de cuatro años que no escribo, y aunque no me olvidé de vivir, sí perdí la buena costumbre de dejarlo por escrito de vez en cuando.

Escribía por impulsos, por gestos, por conversaciones, vivencias, mujeres, experiencias cercanas a la muerte y demás temática variada. Cuando salía, o cuando me daba la gana. Y tampoco sabría responder a la pregunta de por qué ahora y no antes. Sed condescendientes y permitidme dejarlo en un simple “prometo intentarlo a partir de ahora”.

Estos años quise escribir sobre muchas cosas, pero sobre todo, y en tiempos más cercanos, quise hablaros de ella. Simplemente no pude, pues ella es y será tan esquiva en lo real como en lo que se refiere a las letras. Quizás algún día lo haga, quizás algún día algo parecido a lo de hoy me anime a presentárosla.

Fue hace unos días en un par de conversaciones sobre la vida, su duración y sus tiempos. Asustó comprobar que me acerco peligrosamente a lo que espero sea la mitad de toda mi vida productiva. Hubo un tiempo en que fui más joven, pero ahora que veo la juventud en otros, empiezo a mirar con algo más de incertidumbre lo que sea que me quede por delante.

Puede incluso que haya sido a petición del respetable, a los diferentes “¿te acuerdas cuando escribías?” o a los “Deberías volver a escribir”. Nunca supe qué responder, pero adeudo algo a cambio de su interés e insistencia a ese respetable al que aprecio más de lo que debo confesar.

Quizás no fuera hace días, ni por ese respetable, quizás fue hoy, en una de las varias vidas que ya puedo decir haber vivido. En ésta, me siento delante de niños que empiezan a ser jóvenes, y les ayudo, o intento ayudarles, con su Inglés. A veces hablamos y a veces incluso les dejo preguntar. Creo que es la mejor manera de que se enganchen y muestren interés. Tienen una edad complicada en la que dejan de ser niños y empiezan a verse adultos, y sin embargo yo empiezo a peinar canas y al mirar atrás me asusto al comprobar cuán jóvenes son ellos, y cuán rápido empiezo a crecer yo.

Quizás fue hace unos días o quizás hoy, cuando ella preguntó “Maestro, ¿Tienes novia?” en su, aún por pulir, Inglés de Fuentes de Andalucía. Quizás fue al rato y tras responder, cuando algo me animó a escribir, ¿Quién sabe?

Lo que si sé es que mientras practicábamos el oído con diferentes canciones, les ofrecí una de mis favoritas, y al preguntarme la razón de que aquel muro mágico fuera uno de los imprescindibles de la banda sonora que acompañó mis vidas elegí el silencio por respuesta. Hablan demasiado, y de vez en cuando no les importa que no responda una pregunta,  y al responder la siguiente, ya se olvidan.

En 1995 tenía yo exactamente su edad, y año arriba año abajo, aquel muro de las maravillas sonó en un salón reconvertido en discoteca en algún lugar de la Costa Azul. Y con ella acordé que era de ambos nuestra favorita. Y a ella y a su educado rechazo, le dediqué la canción alguna vez más. Fue bonito, fue un precioso y temprano fracaso en el amor. Un reconocimiento entre miradas de niños, que sí, pero que no. Tampoco le dedicaré más tiempo, pero si ella cae por aquí, se reconocerá en aquel muro de las maravillas. Aquí tiene mi agradecimiento y su mención. Supongo que en aquel entonces dolió,  y sobre eso quería escribiros.

Sobre quemar etapas, vivir, amar, reír, llorar, vencer, perder, que duela, que sane,  volver a vivir y empezar la lista por el principio. Una y otra vez, que se olviden los nombres, se difuminen las caras y se ahoguen en el tiempo y el olvido las lágrimas. Que mires atrás por inesperadas razones, y casi ni te acuerdes del mucho tiempo que ha pasado desde entonces hasta hoy. Hablaros sobre las vidas que viví, en las que hice de todo, y me faltó poco por hacer. En ese Elvis que hoy versionaba enfrente de un grupo de niños y en formidable viaje en el tiempo de más de 50 años. En que lo hice todo a mi manera. A mi manera perdí, gané, viví y a mi manera seguiré haciéndolo.

A mi manera y a la de nadie más fui gigante entre sábanas y lloré envuelto en otras. A mi manera y no a la de otros amé a quienes se dejaron y a algunas de las que no. A mi modo y sin remordimiento alguno fui viviendo vidas, cambiando oficios, recorriendo caminos y compartiendo momentos. Sí, al mío, a mi estilo, con mis fracasos y mis éxitos fui quemando etapas y atracando en puertos, viendo amaneceres, y olas romper con furia. Y aunque algunas veces me avergonzase de los reflejos que me devolvían los espejos al despertar, cuando miro atrás y respondo preguntas a los niños que empiezan a crecer, y aunque a veces una canción y unas letras me remuevan el alma, lo cierto es que al llegar a casa y ponerme a juntar palabras, sólo puedo estar orgulloso de cuántas vidas viví y esperar ansioso las que me queden por delante. Ojalá vivan ellos la mitad de lo que viví yo. Tendrían una buena vida y podrían irse en paz, y a veces, aunque otras pudieran llegar a dudarlo, se acostarían dándose un sincero aplauso. Ole tus cojones, chaval.

A todas mis vidas, desde la Costa Azul a la Pérfida Albión, las amo con todas mis fuerzas. Ellas fui yo. Fueron mías, y siempre en silencio esperando a un acorde que me remueva el alma, siguen ahí. Y aún hubo tiempo para que Elton John viniera a regodearse de no recordar si sus ojos eran azules o verdes, en la que era “su canción”, pero que eran los más dulces que había visto nunca. Y sí, los de ella, de la que os hablo sin hacerlo, esquiva en lo real como en las palabras, eran los más bonitos a los que me rendí jamás. Y lo hice a mi manera, a la mía y de nadie más…

 

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My way… by Juan José García Gómez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.
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Una mirada perdida…

11 agosto, 2014

Se detiene segura al llegar al bordillo de la acera de enfrente. La miro. No le quito los ojos de encima, aunque ella, ni me ve. Últimamente me pasa a menudo. Magnetismo con las féminas creo que lo llaman, o seguramente, ausencia de él.

Lleva un vestido largo y de gasa. Parece fresco, y es de tantos colores que el día que lo tejieron tuvieron que inventar la mayoría. Está preciosa, y lo sabe. Sabe que la miro aunque se siga haciendo la remolona. Es consciente de que estoy justo enfrente suya, y aunque haya diez metros de distancia, me huele, me percibe, estoy convencido. Juega con sus manos entre los pliegues de su vestido, inocente, con la mirada a veces perdida, a veces distante, y las menos, clavándose en el fondo de mis pupilas. Podría parecer que lo hace sin control, como si fuera un tic inconsciente, pero no la creo. Lo he visto cientos de veces antes. Sabe lo que está haciendo en todo momento.

De repente, el tráfico a izquierda y derecha se para. Me calo las gafas, ajusto el casco, y tiro del pedal. Ahora ella no parece tan segura como al principio. Duda, como si algo no le cuadrase o hubiese visto un fantasma. El tipo de duda que ante una elección de vida o muerte, hace que la segunda, se te lleve por delante. Sin preguntar, con la guadaña siempre presta.

Mientras piensa, paro la bici a su lado, en equilibrio y sin pisar suelo. “Puede usted pasar señora, está en verde” le susurro. Y da un paso dejando sus dudas detrás. El semáforo no ha sonado esta vez, y ella sigue escuchando el tráfico del cruce. La cubro con el cuerpo y con mi bici, y la vigilo de reojo al pasar. Ahora no hay titubeos, y cruza su mar hasta la acera de enfrente, con forma de orilla y salvación.

Meto pedales y me paro en seco a los dos metros. “Gilipollas” me digo, “Es ciega, no sabe lo que es el verde aunque lleve un precioso vestido de colores y sienta el sol en su cara”.

Leí una entrevista hace tiempo. Un ciego decía que preguntarle a él qué es lo que ven, es preguntarte a tí mismo que tienes detrás de la nuca. Me pareció una explicación sana y certera. Un mar de tinieblas, nada, el vacío más absoluto.

Y sin embargo, a ella le perdono que aún no quitándole los ojos de encima, esta vez no me viera. Sé que sabía que estaba ahí, y aunque no diera las gracias, aún concentrada en sus dudas al cruzar, me fui con la conciencia tranquila. En su mirada perdida, a un lado y a otro, y en los fugaces momentos que mis ojos y los suyos, descontrolados, se cruzaron, pensé que quizás vean más de lo que cuentan.

Quizás desde su mundo de tinieblas fuera capaz de hurgar en las del fondo de mi alma. Lo sentí así mientras la miraba y me alejaba. Sólo espero, si fue así, que aunque no fuera nunca capaz de explicarle lo que es el verde, no le disgustase lo que “vio” en mi interior. Al fin y al cabo, en ese paso de cebra, mi alma se ha cruzado para siempre con la suya…

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Con el cuchillo entre los dientes…

4 mayo, 2014

Así he procurado entender siempre la vida. Aprendí de mis mayores, de los que se fueron, y de los que aún están. En una cuestión que es ley de vida, hay que tener la suerte suficiente como para que tus mayores, sean además, los mejores. Bendita casualidad. No puedo evitar reconocer sin embargo, que precisamente por su excelencia en todo, o por la madurez que le dieron los años, son bastante más inteligentes y más templados que yo, y tan sólo he visto relucir las hojas de sus cuchillos en momentos extremadamente puntuales y necesarios. Mi cuchillo no es así. El mío es, de joven, torpe.

En la paleta de valores en que, a modo de colores, guardo los míos, no hay tonos. Escribo y vivo en blanco y negro. No es que no existan los grises, es que mis ojos no consiguen distinguirlos. Tara de nacimiento supongo, o que no me da la gana intentarlo. Sea lo que sea, desde luego, es mi completa elección, pues sin llegar a su experiencia o inteligencia, tengo de ambas lo suficiente, como para discernir lo que me apetece, y lo que no. Vuestros grises, los de todos vosotros, no los quiero en la paleta, ni en la pintura de mi vida. De sus líneas y sus trazos, ya nos encargamos a medias, y de siempre bien avenidos, Dios mismo, y un servidor.

En mi vida y su pintura. En el amor, la amistad, el sexo sin compromiso e incluso, mi compromiso sin sexo. Mi lealtad entrego en contadas excepciones, y rechazo las demás en demasiadas. No me valen los grises. Nunca me valieron. Me aprecio demasiado para valorar grises y sus medias tintas. Escribo y vivo en renglones rectos y letra legible. Alto y claro. Ni perdono ni olvido. Quizás todo ello no me convierta en un católico ejemplar, pero tampoco me veo de blanco y alojado en el Vaticano. Hay para ello otros mejores que yo, y más cercanos a la santidad.

Podríamos decir que es un aviso a navegantes que de obvio, resulta innecesario. Bien saben de mis dientes y mis cuchillos los pocos a los que cedo mi compromiso, y me permito conocer. Tengo demasiados años, y me quedan demasiado pocos por delante como para andar con pérdidas de tiempo. Si no pudo ser a la primera, no habrá una segunda. No hay vueltas atrás. Tomar distancia no lo enfriará ni contribuirá a arreglar las cosas. Mi vida se ha vivido siempre en una única dirección, la mía, y la de los míos. Ellos gozan de todo el compromiso que me ahorro negándoselo al resto. Total, son los únicos que lo merecen de un modo incondicional.

En la política, en mis ideas, en mis valores, sueños y temores. Mis opiniones, mis creencias, y mi libertad. Todas y cada una de ellas, y en especial la última, no se las debo a nadie, sino a la buena mano de mis padres, firme y constante, sin atosigar jamás. Percibo que con los años, se potencia, y que la compañía o su ausencia, no sólo no la debilita, sino que la fortalece. Seguro y convencido de que ese y no otro, es el camino correcto. Es mi fe, y no trato de imponerla sobre la de nadie.

Por ello, ahórrate tus juicios. Los literarios son bienvenidos. Escribo para que leas y para que aprendas, si es que quieres, o si es que tengo algo que enseñar. Guárdate los otros. Aprovéchalos con cualquiera que esté dispuesto y predispuesto a escucharlos. Quizás le sean de ayuda. No te los pido, no los necesito, ni jamás, bajo ninguna circunstancia, te los consentiría. Juzga y siente pena si quieres. Confirma tus prejuicios. Camina hacia la esquina, encuentra alguien cómplice, y cuéntale, qué pena más grande, cuánto odio, no tiene salvación. Táchalo de justo o de injusticia. Pídete un café y haz su digestión como consideres oportuno. No es asunto mío. No me preocupa en absoluto. Qué pena. Lo que quieras, lo que tú digas, y sobre todo, y para tí, seas quién seas, te fueras o aún estés, la perra gorda.

Que no lo entiendes, que no lo digas. Que te lo ahorres, que le cuentes tu película a otro. Que no me hables de la paz en el mundo ni de la bondad del ser humano. Que en un mundo lleno de hijos de puta desde el principio de los tiempos, decidí hace mucho rodearme de los míos y de nadie más. Que no estoy hecho para grises. Ni para comunidades de vecinos. Que no soy parte del pueblo. Que mi bandera es la mía, mía, y de nadie más.  Que en la cueva donde pueda yo esconder mis miserias, soy el mismísimo Platón. Yo las escribo, y no quiero que me las escribas. Que quizás al fondo haya luz, y sea precioso, y todos vivamos en paz y con siete vírgenes alrededor. Pero no me interesa, no me la cuentes, no te apiades de mí, y sobre todo, no intentes imponerme tu cueva o la de los demás. Ni a mí, ni a ninguno de los míos. No, gracias, de esos, si no pudieran o no supieran, ya me encargaría yo.

Yo me muevo bien con mi cuchillo entre mis dientes. Excelente en la distancia corta, rápido, y letal en el degüello. No lo pienso dos veces. Rebano un pescuezo y me voy a por el siguiente. No necesito que lo entiendas, ni tu comprensión, ni mucho menos tu misericordia. Ya me juzgará Dios cuando deba y cómo le plazca. No pretendo la salvación de mi alma, y no se lo tendré en cuenta si la condena impuesta es eterna. De aquí a entonces, me bastan mi cuchillo y tu sangre. No hay honor ni placer en lo que hago ni en lo que digo. No hay ni odio ni rencor. Es tan sólo una aséptica poda de las ramas que no quiero que oscurezcan mi camino. El lugar adonde lleva, no le interesa a nadie más que a mí. Es instintivo y maquinal. Así lo aprendí, o así creí que me lo enseñaban.

No me hables de solidaridad, del bien, del mal, de la comprensión o tus principios. Ya cumplo con la sociedad trabajando a cambio de un salario digno y honrado al velar por los sueños tranquilos de aquellos que no puedan defenderse. Ni derechos humanos, ni valores, ni amor al prójimo ni pascuas, santas o no. Mis principios, mis valores, forjados por el paso de los años son compatibles con el resto siempre y cuando no se interpongan ni en mi camino, ni en la pervivencia de los míos, de mis ideas, o de las suyas. Ningún imperio, de Roma a Constantinopla, de los pastos de Mongolia al paso de las Termópilas, de Flandes a Trafalgar pasando por las Indias, lo puso en duda jamás. Ningún hombre, leal a sus principios los puso en duda jamás. Los medios fueron siempre usados en aras de su justificación. No hay más crítica en ello que la posible a la especia humana y a los muertos de su estirpe. En mi vida, en la de los míos, en mi imperio, en los tajos de mi cuchillo, y en mis degüellos inmisericordes, y mal que le pese a Dios y aunque me juzgue por ello a su debido tiempo, tan sólo, y que te quede claro, mando yo…

 

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Despertar entre fantasmas…

24 noviembre, 2013

Parece mentira que hayan pasado dos años. No me extraña demasiado, quizás la culpa la tengan ellos. O estos otros. Quizás la culpa sea de cualquiera menos mía, que fue el que se vino y el que decidió quedarse. Es mejor culpar a otros de lo que te pasa a ti. O a Dios, al Kharma, al destino, o a su puta madre. Es típicamente hispánico enorgullecernos de las victorias y culpar al resto de nuestras derrotas. Ahí, en los naufragios, mi egoísmo y mi orgullo siempre fueron leales en la ayuda y buenas tablas de salvación. Lo mío ha sido siempre mío, lo bueno, y también lo malo. Así, puestos a culpar a otros o a castigarme a mí, decido no hacer ni lo uno ni lo otro, y tirar para adelante. Que ya vendrán tiempos mejores, u ostias suficientemente importantes como para empequeñecer a las que creí que lo eran. Y no ha ido mal. Es lo bueno que tiene importarle un carajo al mundo, que a ti el mundo, te importa un carajo. Es lo bueno de ser independiente, egoísta y orgulloso. Que en un paralelismo mafioso solo hay que preocuparse de la familia. A los míos no me los toques. Eso sí, depende de mí mantener a los que se merecen el adjetivo de “míos”, en un número tan pequeño, que me resulte fácil defenderlos. Más allá de ellos, no me importa gran cosa el resto. Total, puestos a entrar al infierno a hombros y por la puerta grande, mejor llevar por montera la soberbia, que la envidia.

Dos años como decía, y parece que fue ayer. Y ya no culpo a nadie. Me acostumbré a las sonrisas que me rodean, y también a derramar alguna lágrima. Me hice al frío y a las noches tempranas. A los días cortos y también a cambiar sol por lluvia. Batallé contra mis miserias, y aún a riesgo de perder a veces la cabeza, siempre gané dos cosas: vencerlas a ellas, y mantener la poca cordura que me quedase. Y creo, que dos años después, puedo decir sin temor a equivocarme, que vencí todas y cada una de las veces. Ya os dije que los niños lo hicieron todo más fácil. Aquí encontré un sitio en el que abrirme a cabezazos mis propios caminos. Merecía la pena intentarlo, y no sólo encontré mi sitio, sino que el lugar decidió acogerme bien. Conectamos bien, desde el principio, como esas historias de amor que ni se esperan, ni se desean. Intensas desde el principio, envueltas de un fuego tan cálido, que abrasa todo lo demás.

Si me dijeran ahora que voy a quedarme dos años más, no me preocuparía lo más mínimo. Compraría una buena provisión de libros que sustituyeran a los que he devorado en mis dos años aquí, y me quedaría tan pancho. Mientras la familia esté bien, aquí, este pequeño aspirante a Corleone, no se preocuparía absolutamente por nada, y menos aún, por nadie. Esta es la vida que elegí, y aunque algunos la hicieran más fácil, pasados dos años, no me arrepiento de nada. Puestos a elegir de nuevo, volvería a escoger lo mismo, sin cambiar un ápice de ello.

Dos años decía. Hace una semana, en una conversación, solté algo que me gusta tener presente. Venía a ser, más o menos, que  todos tenemos nuestros fantasmas al irnos a dormir, y lo único que hay que intentar es aprender a llevarse bien con ellos. Yo lo he hecho con los míos. Siguen ahí, con sus nombres, todos y cada uno de ellos. Y vuelven de vez en cuando, a recordarme entre sueños y pesadillas, que no tienen ninguna intención de irse. Que están tan bien entre mis sábanas, que ellos, tampoco cambiarían de dueño puestos a elegir.

Hace dos años, hubo en mis decisiones algo de huida hacia adelante. En mi pasado inmediato había hecho de todo. Había subido y bajado. Rompí con todo una y otra vez. Destrozaba algo y empezaba de nuevo, de cero. Cuando la pendiente era agradable vivía sin más. Si el camino se torcía, siempre había un punto al mirar atrás al que podía culpar sin temor a equivocarme. De aquellos polvos venía cada lodo. Y una vez tras otra, la única solución, era romper con todo y volver a empezar. Y era esa una dinámica, que amenazaba con volverse cíclica e insana. Aquel punto, aquel maldito fantasma, siempre estaba ahí. Bien visible, para que al mirar atrás no pudiera confundirlo con otro. “Sigo aquí” decía, “y no pienso irme hagas lo que hagas”.

Acostumbrado a romper con todo y a empezar de nuevo, pegar un salto a otro mundo no me daba el más mínimo vértigo. A la pregunta de “¿Por qué?” la respuesta fácil era “Es bueno para mi futuro”. Y aún siendo consciente de que eso no te lo promete nadie, a mí me bastaba como respuesta, y al resto, también. Mejor así. Jamás se me dio bien poner excusas ni contar mentiras. Si con eso dejaban de preguntar, a mí me bastaba, y a ellos, también. “Vete entonces”, y me fui. Y como siempre, funcionó durante un tiempo. Encontré mi sitio y viví dos años con sus días y sus noches. Unas tranquilas, y otras no tanto. Viví al fin y al cabo, y convencido de cada uno de mis pasos. Mirando atrás y sin fantasmas alrededor, al menos, durante un tiempo.

Pero, ironías de la vida, en un universo condenado a extinguirse más temprano que tarde, todo y todos tenemos un final. Todo se acaba en algún punto, y la eficacia de las huidas, también se diluye con el paso de ese implacable asesino que es el tiempo. Es a él al que hay que temer. A cada uno de sus disparos en forma de segundos. Uno tras otro, implacables e incansables. Y cuando el tic tac de las agujas, se termine también, allá estará la muerte con una afilada guadaña para rebanarnos a todos el pescuezo. Es la dama oscura de guadaña brillante la ejecutora final de un asesino implacable. Y no es a ella a la que hay que temer, sino a él. Que no se cansa, ni concede perdón.

Cuando el tiempo acabó con la eficacia de mi huida, miré atrás y allí estaba ella. Disfrazada de punto cuando era un maldito fantasma. “Sigo aquí”, decía, “y no pienso irme hagas lo que hagas”. Y lo peor es que ésta vez, me daba igual. Había huido tanto que ya no pensaba hacerlo más. Y pude ver cómo me miraba, confusa, mientras yo le mantenía la mirada y le devolvía una sonrisa. Tras haber recorrido miles de kilómetros, tras haber bajado hasta las más oscuras profundidades, y haber sacado de ahí poco a poco mi cabeza, tras haber empezado de nuevo mil veces y dejar pasar lo que parecían mil años, seguía ahí. Tan reciente como el primer día. Tan cercana como la primera vez. Perfectamente reconocible entre tinieblas. Brillante y magnífica. Por más que yo corría, aquel punto, aquel fantasma, siempre me alcanzaba. Pero esta vez ya estaba acostumbrado. Todos tenemos fantasmas, y es bueno llevarse bien con ellos. Así, cuando te vas a dormir, no te preocupa demasiado que te despierten. Y al devolverle la sonrisa y verla confusa en la distancia, esa vez, fui yo quien le habló.

“Quédate”, le dije. “Así podré contarte que veces, cuando me despertabas, silenciaba tu nombre cerrando mis labios para que no lo escuchara quien dormía a mi lado. Te hablaré de cómo te negué y escondí tu nombre disfrazándolo con otro. Otras me desperté sobresaltado, odiándonos a ambos por seguir ahí. A ti por quedarte y a mí por no correr lo suficiente. Preocupado por no ser capaz de mirar atrás sin ver siempre fantasmas, agobiado con la idea de soñarte siempre, y jamás, aprender a olvidarte.  Intentando acabar con todo casi fui capaz de olvidar que a ti y a tu fantasma, os debía lágrimas pero también sonrisas. Que si no te hubieras aparecido una vez tras otra, yo habría sido diferente, y no habría encontrado en mis huidas lugares como este. Que en mis dos años aquí me despertaste más veces de las que debería confesar. Así te contaré, que a veces, en primavera, el viento me trae los susurros de las flores que gritan tu nombre, que es, entre flores, nombre de Reina. Quédate te digo, puestos a tener fantasmas y a tener que aprender a vivir con ellos, me alegro de que tú, estés entre los míos. Me alegra que tu nombre, con todas sus espinas, me despierte aún a veces. Quédate te ordeno, para que así algún día puedas saber que de entre todos los fantasmas que pueden despertarme sobresaltado, tú, sigues siendo la más bonita…”

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Lágrimas y asfalto…

18 julio, 2013

“¿Y no te aburres sólo?” preguntó clavando el azul de sus ojos en los míos. “Sí, a veces canto” respondí sin dudar. Y no había más verdad que esa. Pedirle matrimonio ante su pregunta no era apropiado, aunque habría solucionado esa parte de soledad.

Pero tiene su encanto, aunque no haya calidad musical. Tampoco importa demasiado. Bajo un casco y dejando que el viento azote tu cuerpo cansado, nadie puede oírte. Tu piensas y conduces mientras ves el mundo cambiar a tus lados. Bajas Normandía y las tierras del Loira. Te pierdes entre kilómetros cuadrados de viñedos en Burdeos, pides ayuda como puedes, y te desesperas al verla y no poder arrancar. Das gracias a Dios, o a quién sea porque a la mañana siguiente amanece de nuevo. Y apuntas a los Pirineos como un objetivo. Dejas la Galia atrás y los cruzas a lomos de tu caballo azul, como siglos antes hiciera Aníbal a lomos de Strategos. En dirección contraria eso sí, y en la soledad. No te acompañan setenta mil almas. Los tuyos van contigo. Los tuyos y nadie más.

Y desciendes sólo, mientras cantas. Paras aquí y allá. Una buena charla y una fría cerveza. Visitas a los justos y a los que te esperan. A los que puedes. Aquellos que te reciben con una sonrisa y encogen su corazón al verte. Picas estribos y embragas primera. Corre Paula, corre tú, que yo te canto. Al final del día la besas y le das las gracias. Eres fiel compañera, le susurras. Y al irte a dormir, te crees, en tu propia locura, que ella cuida de tí, del mismo modo que tu la montas con cuidado. No hay soledad en ello, sino una relación honesta y sincera.

Dejas la familia atrás, los últimos vestigios de una generación que cuidó de tí mientras eras incapaz de andar. Les limpias las lágrimas de sus mejillas, y les devuelves las gracias. No hay esfuerzo en visitar tu historia. Eres ellos, y allá dónde vayas, lo serás siempre. Mi tía gusta decir, que mi abuela viaja conmigo. Me gusta pensar que puestos a viajar, se montan todos. Así ven lo que yo veo. A lomos de Strategos, mientras cruzo los Pirineos. Aunque ya no estén, aunque hace tiempo que se fueran para no volver.

Hay cerca de Ávila un pequeño pueblo. Se llama Sotillo de la Adrada. Vayan allí. Tengo familia de la buena, de la que no es de sangre y te trata como si lo fueras. Pregunten por ellos. Un pueblo cercano a ser dormitorio de Madrid. Un pueblo alargado y de carretera. El típico pueblo dónde sólo pararías a repostar. No hay mucho más interés en él, que la sierra que lo circunda. 

Pero en Sotillo, como en todo lo inesperado, merece la pena parar si alguna vez tienen la suerte de hacerlo. Pregunten por mi familia. Les reconocerán. No hay nadie en mis kilómetros tan acogedor como ellos. Y dadle recuerdos. Hacedlo de mi parte. De corazón.

Si la conocen a ella, no le digan nada. Esperen a que pregunte. “¿Y no te aburres sólo?” dijo. “Sí,  a veces canto”, respondí. Era eso o “Cásate conmigo”. Así tendría un motivo para volver. Así podría volver de vez en cuando y no esperar 6 años entre vez y vez. “¿Por qué no te quedas?” preguntó su madre. Y ahí sí, ahí no supe que responder.

Era lo que debía hacer. Me tratan tan bien que me habría quedado encantado. Es una de las ventajas de la soledad. Tú pones tus plazos, y los demás se adaptan a ellos. Llegas cuando quieres, y te marchas aunque duela. Y sin esperarlo, al ver sus lágrimas en las mejillas, supe que irme era una buena decisión. 

Hay una casa al final de Sotillo. Un buen lugar para visitar. Vive en él una familia capaz de hacer sentirse querido a alguien que no lo merece y que viaja sólo. Es una agradable sensación cuando estás lejos de casa y de los tuyos. Saber que allá dónde vayas, te esperan buenas charlas y una cerveza.

Les abracé, les di las gracias, y limpié las lágrimas de las mejillas de una madre que me trató siempre como si fuera un hijo más. Me escondí bajo el casco, embragué primera, y quemé asfalto y sentimientos, al calor de un julio cualquiera en Castilla. Cual Aníbal. Picando espuelas sin mirar atrás. Si lo hubiera hecho, el cielo azul de sus ojos habría visto que lloraba, y que ésta vez, no quedaba nada que cantar…

 

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La Cenicienta

17 mayo, 2013

La última vez que alguien me preguntó que a qué me dedicaba, no supe bien qué responder, estaba aterrorizado. La Cenicienta, pensé más tarde. La Cenicienta soy yo, respondí.

Mi madre, que de todas las mujeres que han pasado por mi vida, seguirá siendo la más grande entre las grandes, lo definió tiempo atrás de otro modo. Me dijo que mucha gente mataría por vivir entre dos mundos. Y la creas o no, una madre siempre tiene razón. Y cuando no la tiene, ya me encargo yo de que la acabe teniendo. Hay leyes en la vida, y una de ellas, es que una madre sabe siempre qué es lo mejor. Y si no lo encuentra, se lo inventa.

Aunque a veces me torture por ello, esa soy yo, una Cenicienta que vive entre dos mundos. Uno es el que quiere, y el otro, el que tiene. Separados por un océano lleno de kilómetros. Va y viene, que es lo que siempre quiso la Cenicienta de nuestro cuento, viajar viviendo, entre muchas sonrisas, y alguna lágrima de vez en cuando, de esas que no cuentas, de esas que no salen, ahogadas en los brazos cálidos de una almohada, antes siquiera de que resbalen por tus mejillas. No te lo permites, ni te lo consientes, aunque a veces sepas que ayudaría. No dejas que salgan.

De vez en cuando, recorro ese océano lleno de kilómetros en un viaje de ida y vuelta. Y como a la Cenicienta, a medianoche, todo se queda en un extraño suspenso. ¿Qué fue real? ¿Qué vida te corresponde princesa de la pobreza? Y vuelas, y dejas que la inercia del tiempo siga su curso para no detenerse. Te consuelas sabiendo que nada es eterno.

Se me hace eterno, le dijeron a la Cenicienta. Y no lo es. Nada es eterno. Los locos de negras sotanas te dicen que la vida lo es. Que más allá de esta hay otra, pero no hay pruebas que así lo demuestren. Los locos de bata blanca te dicen que el universo lo es, o que no lo es, según tengan el día. Que el tiempo es eterno, pero… tampoco tienen pruebas que lo demuestren.

Mienten, o se equivocan. No hay nada eterno. Es aquí, y ahora. Y los días pasarán, como pasan las vidas. Eso lo tiene bien claro esta Cenicienta. Le ayuda, que en uno de sus mundos sean tan respetuosos con su historia. Es un mundo lleno de ruinas, de piedras ajadas por el clima y el tiempo. Ellas parecen eternas y algunas, aún se alzan majestuosas. Pero no lo son, aunque allí y con intención de que lo fueran, las pusieran nuestros antepasados en su enorme y humana soberbia. Caerán, una detrás de otra, como a nosotros nos caen los años encima.

Nada es eterno decía. Tenedlo en cuenta. Parece que viviremos siempre. Que nos mantendremos siempre jóvenes y altivos. Orgullosos, llenos de amor y de odio, con las fuerzas intactas de nuestra juventud. Pero la fuerza de los sentimientos, también se apagará. Y no será el clima quien las desgaste. Será el tiempo, y él, un día, también se agotará. Las horas, lo hacen, y pesadas y a plomo caen sus agujas. Poco a poco, incansables. Despojadas de cualquier atisbo de piedad. Dos meses, también pasarán. Y cien años, con sus dias y sus noches. Acercaos a cualquier ruina de piedra, o de carne, para contemplarlo. Nada es eterno.

Por eso soy la Cenicienta. Porque vivo dos vidas en una. Con plazos. Con idas y venidas. Y duele, y se hace largo y difícil. Parece eterno, y no necesito locos que lo demuestren.

Mi madre, lo comentó la noche antes de la última vez. Siempre que te vas se te ve sin ganas. Y le dije que no, que aquí me tratan bien, que soy referencia de indefensos. Pero una madre, siempre tiene razón. ¿Cómo va a quitarse con ganas la Cenicienta su zapato de cristal? Lo que hace con ganas, es ponérselo antes de volar sobre un océano de kilómetros, descontando minutos para volver a bailar.

Y así pasa sus días la Cenicienta. Descontando horas y minutos, haciendo muescas en la pared, como quien vive en una cárcel. Y estos pasan, porque mi condena no es eterna. Tiene plazos, e idas y vueltas. Al llegar, guardo en una caja mi zapato de cristal, y lo miro tan ansioso que a veces, como ahora, parece a punto de romperse. Paso mis días deseando el momento de desempolvarlo y volver a bailar, con aquellos que quiero y me esperan al otro lado del océano. Allí no llueve, y siempre sale el sol. Y aunque sepa que no será eterno, volver a bailar con ellos, por unas horas y unos días, es lo único que deseo cuando estoy aquí. Eso es lo que me da fuerzas cada mañana, aunque la almohada se empeñe en abrazarme diciéndome que me quede a llorar con ella a escondidas.

¿Y por qué lo sigues haciendo? ¿Por qué no lo cambias? preguntaréis. No tengo respuesta. O no me vale ninguna. Pero a veces, cuando el cristal de mis zapatos veo resquebrajar, le susurro que aguante, que volveremos a bailar. Y los dejo en su escondite, y salgo corriendo escaleras abajo. Y ahí encuentro la única respuesta que me parece válida. Cincuenta cenicientas, alejadas de todo lo que quieren, para las que eres referencia impagable. Te preguntan y te cuentan, te sonríen y te lloran. Los apoyas, porque así tus miserias no parecen tales. Juegas al pillar, corres y no piensas. Vives otra vida que echarás de menos algún día. Les regañas y los abrazas. Ellos son tu mundo aquí, y tienes la suerte de que durante unos años, te dejen a tí, ser parte del suyo. Y tú, que no sabes si eres ángel o demonio, bajas a buscar, con alegría y sin lamentos, a cincuenta Cenicientas, a repararles cada tarde, sus zapatos de cristal…

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La Cenicienta… by Juan José García Gómez is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License.

Un problema…

23 marzo, 2013

Atención, este texto no guarda relación temática con ninguno de los anteriores, y díficilmente encontraréis nada parecido en este blog. El autor no se hace responsable de sus palabras, y si éstas ofenden, nada más lejos de su intención. Si a alguno de los que me quieren este texto provoca desasosiego, que se queden tranquilos, que mi salud emocional es a prueba de balas. En fin, a lo que vamos:

…O un problemón. Tengo 30 años y llevo pensando en ello varios días (para ser sincero quizás me encuentre bajo la influencia de este horrible clima inglés). Y quizás tuve que haberlo pensado antes, porque mi amiga Ana seguro que ya ha escrito sobre ello. Pero claro, la experiencia de la costumbre a la vida en soledad dicta que, al primer atisbo de que una gilipollez viene a la cabeza, debes hacer algo divertido para alejarlo de tus preocupaciones. Y así lo he hecho, hasta hoy.

Porque claro, yo no tengo la culpa de sentarme a comer, y que sin venir a cuento (porque no venía), una de tus compañeras, la que hace labores de madre de guardia para los internos, te diga “Maybe you should go to a dating website to find a nice spanish lady in Somerset” (o como lo haya dicho), que básicamente, viene a traducirse como que me meta en internet a buscar pescado.

Y ahí, justo ahí, encontrábame yo indefenso con una patata en la boca (aquí da igual el menú, siempre hay una patata en la boca) y sin poder responder. Porque si hubiera podido lo habría hecho, sin dudarlo. Y ahí, justo ahí, hizo clic el resorte, y no pude aguantar más.

Tengo un problema, o un problemón. Y aunque ya os lo he dicho, no os he contado el porqué.

“¿Yo en una página de contactos? ¡Por Dios!”

Como os iba diciendo, así está mi vida. A mis 30 años vivo por pequeños periodos de tiempo en Inglaterra. La gente pensará que la motivación es laboral o económica, pero no. Yo tenía mi trabajo en España y mi vida allí. Y entonces hice caso de aquellos filósofos que decían que de vez en cuando hay que agitar un poco tu entorno de seguridad para vivir plenamente. Y me vine a la aventura, encontrando una familia. Porque eso es lo que tengo aquí, una familia.

El colegio en el que trabajo es un lugar acogedor y familiar. Con alumnos internos, y mucha vida entre las paredes. Lleno de niños y sonrisas, y de vez en cuando, alguna lágrima. Mi permanencia aquí no se debe a un motivo estrictamente laboral, ni siquiera económico. Resumamos que me tratan muy bien, demasiado bien, y quizás puede que me lo merezca, porque intento trabajar como un animal y no digo nunca que no.

¿Dónde está el problema entonces? En mi vida, extremadamente tranquila y solitaria hasta rozar lo ermitaña. Algo que nunca fue un problema allí, comienza a serlo aquí (repito que puede que influya este horrible clima, que ojalá el cambio climático me pille estando aquí, y esto se convierta en una isla caribeña). Porque para mí, la soledad fue siempre una ventaja.

Tuve una vez una novia, a la que quise mucho y a la que dejé (Juanjo, no empieces otra vez). Y desde entonces, con mas o menos duración en las historias, puedo resumir que he sido un soltero. He tenido amiguitas e historias de una noche. He pasado épocas de sequía (en 2011 estuve a punto de ganar la reputada “No Fucker’s Cup”, algo sólo al alcance de los mejores) y épocas en las que no dormía dos noches seguidas en la misma cama (tampoco nos vamos a echar flores, que éstas han sido las menos). Y oye, que nunca he visto eso como un problema. Digamos que disfrutaba mi soltería, sencillamente porque siempre estaba rodeado de gente.

Hasta ahora. ¡Qué cierto es eso de que en la vida no se puede tener todo!. Esta experiencia laboral morirá más temprano que tarde porque no quiero que acabe pasando factura a mi vida y a mi carácter. Lo que queda de mi vida anterior, o de la inmediatamente anterior a esta aventura al menos, puedo contarlo con los dedos de una mano y se resumen en dos: un pequeño puñado de amigos pretorianos, y mi familia. El resto, desaparecido. Ni está, ni se le espera. Puede que a algunos los echase yo, nunca he creído que la Iglesia fuese a declararme santo, y tengo un carácter muy mío para según que cosas, pero tanto a los que eché como a los que no, que ni se molesten en volver, cuando no han sido capaz ni de preguntar “¿Qué tal te va?”.

Dicen que la pena de nuestra generación es que se va dejando su familia atrás. Yo digo, que mi familia está, no presente, pero está. Y la tranquilidad que me deja saber que si Dios quiere estará cuando decida volver, es impagable. La pena de nuestra generación es irse para darse cuenta de que deja atrás una España arrasada por un puñado de hijos de puta, y que la vida que creyó tener, no son más que cuentos de la lechera. Que ni a mi la Iglesia me va a hacer Santo, ni a vosotros os debí llamar amistades. Eso es lo que encontraré al volver, un empezar de cero. Y se me da bien eh, que llevo unos cuantos borrones en mi vida, y disfruto de las montañas rusas.

Y ese ermitaño problemón aquí se está haciendo insufrible. Te agria el carácter. Empiezo a pensar que tengo un problema. Porque lo que antes se saldaba con una noche de sábanas revueltas, ahora cada vez se hace más difícil. Trabajo mucho y no tengo tiempo. Y este lugar, está en medio de la nada. Y tengo 30 años, y algunas empiezan a descartarte por ello. Tu ves a la niña de 19 años y aún la miras como objetivo. Quizás no sea madura como para casarte con ella, pero de uno a cinco le echabas sin dudarlo. El problema está en que a ti, ella no te daría ni los buenos días. Empiezas a estar más cerca de la edad de su padre que de la suya. Asúmelo.

Y las que si entran al casting por edad, te rechazan. “Uy, eres muy mono, y es super bonita e interesante la vida que llevas, pero…¿Sabes qué? Es que no vives ni aquí ni allí…” (Y no, esos puntos suspensivos no significan que vayamos a follar)

¿Opciones?

1) Todas Putas (Mamá, tita, ¡Os quiero!)
2) Suicidio (es de maricas)
3) Vida Monacal (recuerda que no vas a ser santo)

4) Entrar a una página de contactos

Porque lo que mi compañera no sabía, es que en esto soy un experto, que ya diferencio un Orco de un Uruk Hai con solo un vistazo a la foto de perfil (joder, creo que el 70% de las sábanas que he revuelto tienen relación directa o indirecta con internet).

Y así, te haces una foto de las de guapo. De esas que tienes en el perfil. De las que tú sabes que eres tú pero sin llegar a serlo del todo. Una definición de trabajo interesante, que no todo vende por igual (no te pases, nadie va a creerse que eres actor porno). Que no se vean tus defectos eh, eso es importante. Si te los tienen que ver, engáñalas hasta que les parezcan menos defectos con 3 o 4 cervezas en lo alto. Sobre todo intenta parecer normal. Y bajo ningún concepto digas que buscas sexo. Ellas también lo buscan, pero lo negarán aunque les arranques las uñas con un tenedor. Y es un hecho irrefutable. Si no buscasen sexo no estarían ahí. Si tuvieran sexo ¿dónde estarían? Efectivamente, ¡Follando!.

Y con el perfil ya hecho se acabó el problema. Bienvenido a un mundo de socialización y lujuria…¿o no?.

Alguien (que conocí por internet) me dijo una vez al encontrármela de casualidad pasados los meses…que se borró del sitio en el que nos conocimos (y en el que concertamos una cerveza genial) porque se dio cuenta de que la vida estaba en la calle. Y así lo he hecho yo medianamente en mi tierra. Pero aquí, en este maldito y lluvioso país, en este maldito rincón campestre de la Inglaterra más rural, no hay vida ni en la calle.

Y ahí, justo ahí, está el problema. En que a mis 30 años, me cansé una vez de buscar, otra de esperar, otra de no darle mayor importancia, otra de salir a ligar, otra de hacerlo cómodamente desde el salón de mi casa y amparado por el anonimato de mi ordenador. Me he cansado de revolver sábanas para despertar locas. Me he cansado de gente que no me conocía lo suficiente para juzgarme. Cansado de solteras recientemente maltratadas que pagaban contigo las frustraciones que no pudieron pagar con el que las ostiaba. Cansado de ser amigo, cansado de intentarlo, de no desfallecer, de no tomármelo como algo personal. Y cansándome de todo, me sentí cansado de salir, y me empezó a llamar menos la atención el salir de copas. ¡Jamás se sale a ligar!, diréis, pero cansándome de todo, hasta me cansé de salir con gente que sabía que no estaría si decidía venirme a la aventura.

Y ahí está el problema. En que aunque quizás influenciado por el clima, estoy bastante cansado. Y sobre todo, lo que tengo, es miedo. Tengo miedo a tener 30 años, seguir creciendo y acabar sólo. Con todo lo que me ha quedado por dar. Tengo miedo a que esta aventura pase factura. A que me convierta en un ermitaño solitario y gruñón, con una vida apasionante que contar, y sin nadie a quien contársela…

PD. Toda esta mierda se quita al primer polvo o al primer rayo de sol que reciba en un par de días

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