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La Cenicienta

17 mayo, 2013

La última vez que alguien me preguntó que a qué me dedicaba, no supe bien qué responder, estaba aterrorizado. La Cenicienta, pensé más tarde. La Cenicienta soy yo, respondí.

Mi madre, que de todas las mujeres que han pasado por mi vida, seguirá siendo la más grande entre las grandes, lo definió tiempo atrás de otro modo. Me dijo que mucha gente mataría por vivir entre dos mundos. Y la creas o no, una madre siempre tiene razón. Y cuando no la tiene, ya me encargo yo de que la acabe teniendo. Hay leyes en la vida, y una de ellas, es que una madre sabe siempre qué es lo mejor. Y si no lo encuentra, se lo inventa.

Aunque a veces me torture por ello, esa soy yo, una Cenicienta que vive entre dos mundos. Uno es el que quiere, y el otro, el que tiene. Separados por un océano lleno de kilómetros. Va y viene, que es lo que siempre quiso la Cenicienta de nuestro cuento, viajar viviendo, entre muchas sonrisas, y alguna lágrima de vez en cuando, de esas que no cuentas, de esas que no salen, ahogadas en los brazos cálidos de una almohada, antes siquiera de que resbalen por tus mejillas. No te lo permites, ni te lo consientes, aunque a veces sepas que ayudaría. No dejas que salgan.

De vez en cuando, recorro ese océano lleno de kilómetros en un viaje de ida y vuelta. Y como a la Cenicienta, a medianoche, todo se queda en un extraño suspenso. ¿Qué fue real? ¿Qué vida te corresponde princesa de la pobreza? Y vuelas, y dejas que la inercia del tiempo siga su curso para no detenerse. Te consuelas sabiendo que nada es eterno.

Se me hace eterno, le dijeron a la Cenicienta. Y no lo es. Nada es eterno. Los locos de negras sotanas te dicen que la vida lo es. Que más allá de esta hay otra, pero no hay pruebas que así lo demuestren. Los locos de bata blanca te dicen que el universo lo es, o que no lo es, según tengan el día. Que el tiempo es eterno, pero… tampoco tienen pruebas que lo demuestren.

Mienten, o se equivocan. No hay nada eterno. Es aquí, y ahora. Y los días pasarán, como pasan las vidas. Eso lo tiene bien claro esta Cenicienta. Le ayuda, que en uno de sus mundos sean tan respetuosos con su historia. Es un mundo lleno de ruinas, de piedras ajadas por el clima y el tiempo. Ellas parecen eternas y algunas, aún se alzan majestuosas. Pero no lo son, aunque allí y con intención de que lo fueran, las pusieran nuestros antepasados en su enorme y humana soberbia. Caerán, una detrás de otra, como a nosotros nos caen los años encima.

Nada es eterno decía. Tenedlo en cuenta. Parece que viviremos siempre. Que nos mantendremos siempre jóvenes y altivos. Orgullosos, llenos de amor y de odio, con las fuerzas intactas de nuestra juventud. Pero la fuerza de los sentimientos, también se apagará. Y no será el clima quien las desgaste. Será el tiempo, y él, un día, también se agotará. Las horas, lo hacen, y pesadas y a plomo caen sus agujas. Poco a poco, incansables. Despojadas de cualquier atisbo de piedad. Dos meses, también pasarán. Y cien años, con sus dias y sus noches. Acercaos a cualquier ruina de piedra, o de carne, para contemplarlo. Nada es eterno.

Por eso soy la Cenicienta. Porque vivo dos vidas en una. Con plazos. Con idas y venidas. Y duele, y se hace largo y difícil. Parece eterno, y no necesito locos que lo demuestren.

Mi madre, lo comentó la noche antes de la última vez. Siempre que te vas se te ve sin ganas. Y le dije que no, que aquí me tratan bien, que soy referencia de indefensos. Pero una madre, siempre tiene razón. ¿Cómo va a quitarse con ganas la Cenicienta su zapato de cristal? Lo que hace con ganas, es ponérselo antes de volar sobre un océano de kilómetros, descontando minutos para volver a bailar.

Y así pasa sus días la Cenicienta. Descontando horas y minutos, haciendo muescas en la pared, como quien vive en una cárcel. Y estos pasan, porque mi condena no es eterna. Tiene plazos, e idas y vueltas. Al llegar, guardo en una caja mi zapato de cristal, y lo miro tan ansioso que a veces, como ahora, parece a punto de romperse. Paso mis días deseando el momento de desempolvarlo y volver a bailar, con aquellos que quiero y me esperan al otro lado del océano. Allí no llueve, y siempre sale el sol. Y aunque sepa que no será eterno, volver a bailar con ellos, por unas horas y unos días, es lo único que deseo cuando estoy aquí. Eso es lo que me da fuerzas cada mañana, aunque la almohada se empeñe en abrazarme diciéndome que me quede a llorar con ella a escondidas.

¿Y por qué lo sigues haciendo? ¿Por qué no lo cambias? preguntaréis. No tengo respuesta. O no me vale ninguna. Pero a veces, cuando el cristal de mis zapatos veo resquebrajar, le susurro que aguante, que volveremos a bailar. Y los dejo en su escondite, y salgo corriendo escaleras abajo. Y ahí encuentro la única respuesta que me parece válida. Cincuenta cenicientas, alejadas de todo lo que quieren, para las que eres referencia impagable. Te preguntan y te cuentan, te sonríen y te lloran. Los apoyas, porque así tus miserias no parecen tales. Juegas al pillar, corres y no piensas. Vives otra vida que echarás de menos algún día. Les regañas y los abrazas. Ellos son tu mundo aquí, y tienes la suerte de que durante unos años, te dejen a tí, ser parte del suyo. Y tú, que no sabes si eres ángel o demonio, bajas a buscar, con alegría y sin lamentos, a cincuenta Cenicientas, a repararles cada tarde, sus zapatos de cristal…

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La Cenicienta… by Juan José García Gómez is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License.

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Un problema…

23 marzo, 2013

Atención, este texto no guarda relación temática con ninguno de los anteriores, y díficilmente encontraréis nada parecido en este blog. El autor no se hace responsable de sus palabras, y si éstas ofenden, nada más lejos de su intención. Si a alguno de los que me quieren este texto provoca desasosiego, que se queden tranquilos, que mi salud emocional es a prueba de balas. En fin, a lo que vamos:

…O un problemón. Tengo 30 años y llevo pensando en ello varios días (para ser sincero quizás me encuentre bajo la influencia de este horrible clima inglés). Y quizás tuve que haberlo pensado antes, porque mi amiga Ana seguro que ya ha escrito sobre ello. Pero claro, la experiencia de la costumbre a la vida en soledad dicta que, al primer atisbo de que una gilipollez viene a la cabeza, debes hacer algo divertido para alejarlo de tus preocupaciones. Y así lo he hecho, hasta hoy.

Porque claro, yo no tengo la culpa de sentarme a comer, y que sin venir a cuento (porque no venía), una de tus compañeras, la que hace labores de madre de guardia para los internos, te diga “Maybe you should go to a dating website to find a nice spanish lady in Somerset” (o como lo haya dicho), que básicamente, viene a traducirse como que me meta en internet a buscar pescado.

Y ahí, justo ahí, encontrábame yo indefenso con una patata en la boca (aquí da igual el menú, siempre hay una patata en la boca) y sin poder responder. Porque si hubiera podido lo habría hecho, sin dudarlo. Y ahí, justo ahí, hizo clic el resorte, y no pude aguantar más.

Tengo un problema, o un problemón. Y aunque ya os lo he dicho, no os he contado el porqué.

“¿Yo en una página de contactos? ¡Por Dios!”

Como os iba diciendo, así está mi vida. A mis 30 años vivo por pequeños periodos de tiempo en Inglaterra. La gente pensará que la motivación es laboral o económica, pero no. Yo tenía mi trabajo en España y mi vida allí. Y entonces hice caso de aquellos filósofos que decían que de vez en cuando hay que agitar un poco tu entorno de seguridad para vivir plenamente. Y me vine a la aventura, encontrando una familia. Porque eso es lo que tengo aquí, una familia.

El colegio en el que trabajo es un lugar acogedor y familiar. Con alumnos internos, y mucha vida entre las paredes. Lleno de niños y sonrisas, y de vez en cuando, alguna lágrima. Mi permanencia aquí no se debe a un motivo estrictamente laboral, ni siquiera económico. Resumamos que me tratan muy bien, demasiado bien, y quizás puede que me lo merezca, porque intento trabajar como un animal y no digo nunca que no.

¿Dónde está el problema entonces? En mi vida, extremadamente tranquila y solitaria hasta rozar lo ermitaña. Algo que nunca fue un problema allí, comienza a serlo aquí (repito que puede que influya este horrible clima, que ojalá el cambio climático me pille estando aquí, y esto se convierta en una isla caribeña). Porque para mí, la soledad fue siempre una ventaja.

Tuve una vez una novia, a la que quise mucho y a la que dejé (Juanjo, no empieces otra vez). Y desde entonces, con mas o menos duración en las historias, puedo resumir que he sido un soltero. He tenido amiguitas e historias de una noche. He pasado épocas de sequía (en 2011 estuve a punto de ganar la reputada “No Fucker’s Cup”, algo sólo al alcance de los mejores) y épocas en las que no dormía dos noches seguidas en la misma cama (tampoco nos vamos a echar flores, que éstas han sido las menos). Y oye, que nunca he visto eso como un problema. Digamos que disfrutaba mi soltería, sencillamente porque siempre estaba rodeado de gente.

Hasta ahora. ¡Qué cierto es eso de que en la vida no se puede tener todo!. Esta experiencia laboral morirá más temprano que tarde porque no quiero que acabe pasando factura a mi vida y a mi carácter. Lo que queda de mi vida anterior, o de la inmediatamente anterior a esta aventura al menos, puedo contarlo con los dedos de una mano y se resumen en dos: un pequeño puñado de amigos pretorianos, y mi familia. El resto, desaparecido. Ni está, ni se le espera. Puede que a algunos los echase yo, nunca he creído que la Iglesia fuese a declararme santo, y tengo un carácter muy mío para según que cosas, pero tanto a los que eché como a los que no, que ni se molesten en volver, cuando no han sido capaz ni de preguntar “¿Qué tal te va?”.

Dicen que la pena de nuestra generación es que se va dejando su familia atrás. Yo digo, que mi familia está, no presente, pero está. Y la tranquilidad que me deja saber que si Dios quiere estará cuando decida volver, es impagable. La pena de nuestra generación es irse para darse cuenta de que deja atrás una España arrasada por un puñado de hijos de puta, y que la vida que creyó tener, no son más que cuentos de la lechera. Que ni a mi la Iglesia me va a hacer Santo, ni a vosotros os debí llamar amistades. Eso es lo que encontraré al volver, un empezar de cero. Y se me da bien eh, que llevo unos cuantos borrones en mi vida, y disfruto de las montañas rusas.

Y ese ermitaño problemón aquí se está haciendo insufrible. Te agria el carácter. Empiezo a pensar que tengo un problema. Porque lo que antes se saldaba con una noche de sábanas revueltas, ahora cada vez se hace más difícil. Trabajo mucho y no tengo tiempo. Y este lugar, está en medio de la nada. Y tengo 30 años, y algunas empiezan a descartarte por ello. Tu ves a la niña de 19 años y aún la miras como objetivo. Quizás no sea madura como para casarte con ella, pero de uno a cinco le echabas sin dudarlo. El problema está en que a ti, ella no te daría ni los buenos días. Empiezas a estar más cerca de la edad de su padre que de la suya. Asúmelo.

Y las que si entran al casting por edad, te rechazan. “Uy, eres muy mono, y es super bonita e interesante la vida que llevas, pero…¿Sabes qué? Es que no vives ni aquí ni allí…” (Y no, esos puntos suspensivos no significan que vayamos a follar)

¿Opciones?

1) Todas Putas (Mamá, tita, ¡Os quiero!)
2) Suicidio (es de maricas)
3) Vida Monacal (recuerda que no vas a ser santo)

4) Entrar a una página de contactos

Porque lo que mi compañera no sabía, es que en esto soy un experto, que ya diferencio un Orco de un Uruk Hai con solo un vistazo a la foto de perfil (joder, creo que el 70% de las sábanas que he revuelto tienen relación directa o indirecta con internet).

Y así, te haces una foto de las de guapo. De esas que tienes en el perfil. De las que tú sabes que eres tú pero sin llegar a serlo del todo. Una definición de trabajo interesante, que no todo vende por igual (no te pases, nadie va a creerse que eres actor porno). Que no se vean tus defectos eh, eso es importante. Si te los tienen que ver, engáñalas hasta que les parezcan menos defectos con 3 o 4 cervezas en lo alto. Sobre todo intenta parecer normal. Y bajo ningún concepto digas que buscas sexo. Ellas también lo buscan, pero lo negarán aunque les arranques las uñas con un tenedor. Y es un hecho irrefutable. Si no buscasen sexo no estarían ahí. Si tuvieran sexo ¿dónde estarían? Efectivamente, ¡Follando!.

Y con el perfil ya hecho se acabó el problema. Bienvenido a un mundo de socialización y lujuria…¿o no?.

Alguien (que conocí por internet) me dijo una vez al encontrármela de casualidad pasados los meses…que se borró del sitio en el que nos conocimos (y en el que concertamos una cerveza genial) porque se dio cuenta de que la vida estaba en la calle. Y así lo he hecho yo medianamente en mi tierra. Pero aquí, en este maldito y lluvioso país, en este maldito rincón campestre de la Inglaterra más rural, no hay vida ni en la calle.

Y ahí, justo ahí, está el problema. En que a mis 30 años, me cansé una vez de buscar, otra de esperar, otra de no darle mayor importancia, otra de salir a ligar, otra de hacerlo cómodamente desde el salón de mi casa y amparado por el anonimato de mi ordenador. Me he cansado de revolver sábanas para despertar locas. Me he cansado de gente que no me conocía lo suficiente para juzgarme. Cansado de solteras recientemente maltratadas que pagaban contigo las frustraciones que no pudieron pagar con el que las ostiaba. Cansado de ser amigo, cansado de intentarlo, de no desfallecer, de no tomármelo como algo personal. Y cansándome de todo, me sentí cansado de salir, y me empezó a llamar menos la atención el salir de copas. ¡Jamás se sale a ligar!, diréis, pero cansándome de todo, hasta me cansé de salir con gente que sabía que no estaría si decidía venirme a la aventura.

Y ahí está el problema. En que aunque quizás influenciado por el clima, estoy bastante cansado. Y sobre todo, lo que tengo, es miedo. Tengo miedo a tener 30 años, seguir creciendo y acabar sólo. Con todo lo que me ha quedado por dar. Tengo miedo a que esta aventura pase factura. A que me convierta en un ermitaño solitario y gruñón, con una vida apasionante que contar, y sin nadie a quien contársela…

PD. Toda esta mierda se quita al primer polvo o al primer rayo de sol que reciba en un par de días

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Un problema by Juan José García Gómez is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License.

Gloria…

29 mayo, 2012

Se llama Gloria, y dudo bastante que vuelva a verla alguna vez. Supongo que llevo ya el suficiente tiempo en tierra extraña como para reconocer un acento amigo entre tantos sonidos. Esa es paisana me dije, mientras Gloria iba y venía preparando cafés en un Costa, en una vulgar, monótona, masiva y occidental estación de servicio en algún lugar cercano a Exeter. Apenas le vi la cara, pero ese hablar me resultó más que suficiente. El nombre, también ayudaba.

Creo que a veces pienso demasiado. Soy capaz de mantener una conversación y al mismo tiempo darle vueltas a la cabeza. Supongo que por eso sobrellevo medianamente bien la distancia y estar en el medio de ninguna parte. Digamos que me basto y me sobro.

Por la mañana, horas antes de conocer a Gloria, había estado en un lugar que no había visto antes en las guías turísticas, ni en las ofertas de viajes de El Corte Inglés. Lo cierto es que tampoco conozco a nadie que lo visitase en un viaje de bodas o de fin de carrera. Allí trabaja Ana, y visitarla era motivo más que suficiente para conocer un nuevo rincón.

Marazion tiene un bonito castillo, en un islote en medio de la costa sur de Inglaterra. Muy parecido al mas viajado y visitado Mont Saint Michel, aunque bastante más modesto. Marazion tiene eso, y poco más. Aunque allí esté mi amiga, y de cualquier calle o del rincón de una taberna pudiera salir el Capitán Ahab reclutando pobres diablos a los que enrolar en el Pequod.

Así que allí subimos, mientras soñábamos con vidas de hace siglos, de otros tiempos, de sables y duelos, de princesas cautivas y mensajeros a caballo. De asaltos a la fortaleza, truhanes y viajeros haraposos. Y lo comentamos en alto un par de veces, aunque yo al menos (y conociéndola, ella hacía lo mismo) no paraba de darle vueltas en silencio.

Y la conversación siguió sin pausa mientras nos íbamos poniendo al día. O quizás, fuera el día anterior, no lo recuerdo, yo estaba ocupado reclutando aliados para ir a las cruzadas a conquistar Tierra Santa.

¿Cómo lo hacen? preguntó ella. No lo sé, respondí yo. Porque jamás me resultó fácil conocer a una chica nueva, dar el primer paso, y decir sin miedo al fracaso “Hola, ¿qué tal?”. La verdad, es que nunca sé a ciencia cierta cómo hice cuanto hice en ese sentido. Aunque hecho está, y quizás eso es lo único que importe.

Así que allí estaba, delante de Gloria, pensando en todo eso y más, mientras ella me preparaba un café con leche que me permitiera seguir haciendo kilómetros. Era rubia, y no muy alta, y aunque no alcanzaba a verle la cara, no parecía sonreír demasiado. Supongo que es lo que tiene ser un apátrida, un maldito desheredado por una madre patria ingrata que escupe sin cesar a sus jóvenes por el mundo. Unos lo llevan mejor que otros supongo, pero todos están lejos de casa aunque hayan encontrado un camino nuevo.

Sudé un poco y tartamudeé como pude. Eres española ¿no?. Y no se inmutó. Intenté articular algo coherente de nuevo, y sin llegar a decirlo, supongo que se percató del intento, y entonces sí, reaccionó. Supongo que algún sonido le resultó familiar, aunque tras dos años perdida por tierras inglesas, ya nada le suene demasiado familiar. Le quedan dos semanas y volverá a casa, curiosamente en el sur, en Huelva, concretamente en Cartaya. Afortunada ella, supuse.

No la vi sonreír en lo poco que duró la conversación, aunque no la culpo por ello. Iba y venía haciendo cafés, mientras yo, con mi sonrisa estúpida y mis sudores fríos, esperaba de pie con el café en la mano, sin animarme del todo a indagar ni saber que decir.

En un mundo de cruzados y viajeros harapientos, en un mundo de mensajeros, castillos, doncellas, de piratas con furcias esperando en cada puerto, de banderas negras ondeantes al viento, en un mundo sin más nación que la que te hace defender un puñado de doblones de oro, en un mundo de honor y caballeros, en el que los ladrones malviven y no gobiernan, en un mundo al fin, en el que tu vida vale el precio de dar un mal paso y acabar ensartado contra cualquier esquina, supongo que yo, sabría gestionar esas situaciones. En este mundo nunca supe, y con Gloria no fue menos.

Así que mientras ella iba y venía, y yo sudaba cual imbécil que no sabe que decir me callaba para siempre lo que quería decirle.

Rubia, no muy sonriente, porque tras dos años buscándose la vida, apátrida y desheredada, y sabiendo a qué nación desierta y desagradecida, arrasada por unos pocos que bien merecen ser colgados del palo mayor de cualquier bajel pirata, volverá en dos semanas, quizás ya no le queden muchos motivos para hacerlo. De Huelva, de Cartaya, que lleva dos años en algún lugar de Exeter. Cuéntenselo si la ven.

Cuéntenle que no quería casarme con ella. Digan solamente que la hubiera esperado al término de su turno, para invitarla a un café porque me hizo sentir menos sólo. Somos muchos, silenciosos, repartidos por medio mundo y en cualquier inesperada y bulliciosa estación de servicio. Ajenos a todo, alejados de todo lo que nos importa. Decidle que le deseé suerte para las dos semanas que le quedaban, encantado Gloria, y me perdí sin mirar atrás hasta que estuve bien lejos y enjugué mis sudores y mis torpezas. Y allí, sentado y con mi café, pensé que aún perdido en medio de ninguna parte, sin saber que decir ni que hacer en situaciones parecidas, viviendo en un mundo sin piratas pero lleno de ladrones sin honor, en un mundo en el que no puedo llevar una espada para pasarlos a todos por la piedra, ni ir de puerto en puerto ni de furcia en furcia, en un mundo desagradecido como este, no estaba solo.

Somos cientos, silenciosos y trabajadores, con nuestras penas y nuestras pequeñas alegrías, recorriendo rincones que muchos otros jamás imaginarán por más que cien vidas vivan. Y aunque no la vuelva a ver, aunque no supiera que decirle, encontrarme a Gloria me hizo sentir menos sólo, y aquí, en medio de ninguna parte, sentirse menos sólo es sentirse un poco normal, un poco más cerca de casa…

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Gloria… by Juan José García Gómez is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License.

Que la eternidad os siente bien…

2 marzo, 2012

Nunca, jamás, ni una despedida ni un agradecimiento deberían verse manchados por las palabras que escupe la ira. Jamás debería verse un adiós ensombrecido, ni siquiera por los nubarrones que pasean sobre almas heridas. No hay que perder el tiempo entre las oscuridades del pasado al decir adiós, sino mostrar una sonrisa, y desear lo mejor, en esta vida, o en la otra. Así que, antes de dar las gracias a alguien, y decirle adiós a ella, antes de empezar, para no perder demasiado tiempo ni emborronar esto demasiado, me gustaría desearos que jamás os crucéis en mi camino, para que no tenga que ajustaros las cuentas, antes de que lo haga Dios. Malnacidos sería una palabra que dedicaros, pero que sea el tiempo, y si Dios quiere, la vida, la que os ponga en vuestro sitio. Esto es lo último que oiréis salir de mi boca y de mi ira.

Calmadas las aguas de la tristeza por el latido del tiempo, pasados los días y sus noches, al fin puedo escribir desde la prudencia emocional y la distancia. Podrán ser ya líneas sin borrones, límpidas y sin tacha. Podrá ser un adiós sincero, alejado de reproches, distanciada la ira, pero presente hasta el final de mis días, para que no olvide lo que hicisteis, aún apartada en un tenebroso rincón dónde no pueda ser escupida con rabia, y evitando así, dañar a los que quiero.

Te fuiste, supongo, en la inconsciencia de la demencia. Me tranquiliza. Sin saborear los cuidados que se te brindaron, pero al mismo tiempo, evitando la presencia de lo que erosionó los últimos años de tu vida. Te fuiste tranquila, en la cama que fue tuya, en la que tantas veces te hicieron reír mis hermanos antes de que durmieras. Te fuiste rodeada de los tuyos, de los que te querían, de los que hicieron cuanto estuvo en sus manos para aliviar el peso de un derrumbe y un desahucio, de un alma débil e indefensa. No supiste o no pudiste, alcanzar las manos que te tendieron para aliviar esa desgracia. Y no te culpo, pues aunque otros no tuvieron tu suerte, se te brindaron con la esperanza y el agradecimiento, sin exigencia. Debe ser duro lo que pasaste al ver una vida reducida a escombros y humedades, y Dios me salve en el futuro, de ver algo parecido.

Sea como fuere, allí comenzó lo que terminó el otro día, al cerrar los ojos, y dejar escapar la vida con un último suspiro. Y contigo, se fueron los últimos recuerdos de una infancia que a veces parece lejana. Fuiste la última de los cuatro. La última de cuatro a los que debo tanto. Fuiste la que más se esperaba, y la que al menos yo, que me juzguen si quieren, la que más deseaba. Te lo merecías, pues nadie merece vivir sufriendo, y tu única falta fue no saber, o no poder aprovechar, las manos que agradecidas se te ofrecieron.

Y de deudas y agradecimientos hablo. Pues contigo, con los cuatro, estaré en eterna deuda y eternamente agradecido. No sólo sois parte de esos recuerdos infantiles. Me criasteis, nos visteis crecer, nos brindasteis vuestra protección, y un cariño, que siempre intentamos devolveros, pues para ello nos educaron vuestros hijos. Y ahí esta la mayor de las gracias que tengo que daros, donde quiera que estés, donde quiera que vivan ahora vuestras cuatro almas, sin riesgo de sufrir el desprecio humano, el más cruel de los desahucios.

Esas son las gracias que tengo que daros. Cuatro gracias fundamentales. A una por barba. Pues a vosotros cuatro debo mis padres y mis hermanos. Debo más, por supuesto, pues es extensa la familia y no toda merece mi ira y mi desprecio. Pero fundamentalmente, os debo cuatro, y a ti, en especial una en concreto.

Tú me regalaste a mi madre, y es justo que en tu adiós, tengas mi gratitud y mi recuerdo. Ella, cegada por su responsabilidad, a veces no vio que sufriendo nos hacía sufrir. Pero lo hizo bien, no creas, hasta eso es motivo de orgullo. Lo digirió todo, en un ejemplo magnífico. Con tesón y no sin sufrimiento. Con la ira justa, con las ideas claras, con el orgullo intacto, con la cabeza altiva y una actitud tan increíble como señorial. Sobre el bien y sobre el mal. Por encima de la furia. Consciente pero digna. Magnífica, digna de un orgullo de hijo que difícilmente pueda explicar. Como en todo, como siempre, lo llevó todo adelante sin queja ni flaqueza. Anteponiéndose como escudo a cualquier sufrimiento o carga que no nos correspondiese. Ella es, de todos, el mejor de tus regalos, el mejor de los recuerdos que podré tener de ti, y es justo que lo sepas, y es justo que lo cuentes orgullosa, donde quiera que estés ahora.

A tí, por ser la última, a los cuatro por ser “culpables” de regalarme mi familia, Adiós y Gracias. Que la eternidad, os siente bien…

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A mis padres…

4 febrero, 2012

Hace tiempo perdí uno de los dos senderos que se caminan entre las letras. No fue voluntario, y cuando alguien me lo recordaba, cualquiera de mis razones era fácilmente sepultada por una nube de vergüenza. Me olvidé, perdí la costumbre, dediqué a otros asuntos más mundanos mis momentos ociosos, no hallé motivación, o simplemente a cada momento, apagué la luz y me entregué a Morfeo. Más allá de estas palabras, nada pude responder.

De los senderos de las letras, tan sólo recorrí durante muchos años aquel en que se escribe. Prueba de ello es este rincón, desde el que sin aspiración particular, me entretengo de vez en cuando. Olvidé la lectura, la dejé de lado, la abandoné en algún rincón de cada uno de mis años. Y no le doy más importancia que la que tiene. A veces, olvidamos cosas por el trepidante sendero de la vida, arrojadas en las cunetas a las que escribí una vez. La vida se vive hacia delante, y mirar al lado o hacia atrás, poco sentido tiene. Anotado, eso sí, queda lo que se perdió, y siempre fui consciente de que en algún recodo de mi vida, abandoné los libros y sus batallas. Y aunque sea de poco lamentar, aquí no me avergüenzo de hacer público mi arrepentimiento. ¡Cuántas mágicas historias perdí a lo largo de estos años!

Y de nuevo, al bajar la vista al suelo, empujados allí mis ojos por el peso del lamento, con la fugacidad del suspiro, desaparecen las nubes que oscurecen mis sentidos, y alzando la vista veo más allá de mis vergüenzas. Nunca se está sólo, y es maravilloso constatar, que en los múltiples senderos aparecen manos amigas para rescatar del extravío. Aquí, como casi todo lo que me saca una sonrisa, veo fácilmente la mano de mis padres, y es a ellos a quienes debo el recuperar una buena costumbre. Es a ellos a quienes debo volver a sumergirme en mil batallas e historias que hace tiempo olvidé. Es a ellos también, a quienes debo mi recuerdo nítido de niñez, recostado en una litera, con la luz encendida o una linterna bajo el edredón con la que seguir leyendo, aún a escondidas, devorando historias, destrozando con las yemas de mis dedos “Michos” y “Barcos de Vapor”. Aniquilando a los malos, azuzando a sus compinches hasta hacerlos caer de desesperación cuando el bueno destrozaba planes y rescataba princesas. Así me criaron ellos, y como a un Dios que provee sin exigir nada a cambio, a ellos debo ahora estas letras de agradecimiento, pues a ellos adeudo no sólo las buenas costumbres tiempo atrás olvidadas, sino también, el haberlas recuperado.

Recorro de nuevo dos senderos paralelos al de mi vida, ambos llenos de letras. Unas esconden mis pasiones y mis miedos. Las otras me cuentan lo que otros, antes que yo, sintieron. Pasar una página, girar inesperadamente, intentar anticiparse a la historia haciendo volar la imaginación, gozar maliciosamente al consumar la merecida venganza, sentir que el amor vale mil vidas, que el desamor duele y desgarró la piel de autores y protagonistas. Descubrir, al fin, que aún rodeado de letras, tan sólo el amor y el conflicto mueven el mundo, e incluso, que quizás no sean tales, y que el amor sea conflicto al mismo tiempo, con vencedores y vencidos, y sea ella, quizás, la más cruel de las batallas. Sonrisas y lágrimas, no hay en el mundo nada más, aunque a lo largo de los siglos, muchos se empeñasen en escribirlas entre distintos envoltorios.

Y así paso ahora gran parte de mis días. Subo rápido a buscar un rincón tranquilo en el que sentarme a cada rato ocioso. Rechino los dientes emocionado al oír acercarse el reloj, con el tic tac de sus pasos, al momento de sumergirme en cada batalla. Devoro historias encerradas en páginas. Más allá de sus márgenes no hay nada. Se detiene el tiempo y se acelera la imaginación. Trepidante, sin descanso, admirando lo que sintieron, envidiando cómo lo describieron.

El último fue Edmundo Dantés, y su despiadada venganza, meditada y fría, planeada desde el sufrimiento, ejecutada por su mano en el nombre de Dios. Y al abandonarlo esta tarde, al dejarlo partir para quizás no volver, imaginé que alzaba su mano y se despedía. Y era de mí. Era yo, quien al leer vivía. Era yo, quien al leer lamentaba su marcha, pues con ella me priva ahora de los ratos en los que me acompañó. Porque como todo lo bueno, deja un sinsabor cuando termina. Al cerrar un libro y pensar que quizás es para siempre, debe sentirse algo parecido a morir. Ya no hay nada, más que el recuerdo, y todo lo que trepidó una vez, se detiene súbitamente. Al acercarse lentamente al final de un libro, como aquellos conscientes del final de sus días, todo se ralentiza, se saborea, pues bien sabes que una a una pasan las páginas, como los días, en una inexorable cadencia que tras de sí, esconde el más absoluto vacío, la nada, el fin. O quizás no, quizás como me dijo Dantés al despedirse, todo en esta vida, incluso ver que ocurre más allá de la muerte se trate de “Confiar y esperar”. Y mientras, disfruto abrazando letras y devorando narraciones que otros escribieron, y al cerrar la página y ver partir a Dantés, le di las gracias por su compañía, y alcé los ojos, al fin sin vergüenza, para agradecer a aquellos a quienes dedico las mías todas y cada una de mis buenas costumbres…

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Un paseo tranquilo…

24 enero, 2012

No es que me sorprenda recibir siempre la misma respuesta cuando hablo de ciertos gustos. La cara de mi acompañante se desencaja un poco, mientras intenta discernir si lo estoy diciendo en serio o si por el contrario intento hacer una broma un tanto macabra. Los gustos son de cada uno, y este mío, aunque quizás extraño, tiene como todos, una explicación, aunque no por ello deba tener razón alguna. No hay motivación en él, ni creo que responda a ningún trauma no resuelto en una infancia ya, un tanto lejana. Simplemente es algo, un lugar, que me resulta llamativo, que me despierta curiosidad, y que aunque no tenga razones, intentaré explicar para que al menos, no reciba de vosotros una cara desencajada por respuesta.

Siempre me precié de apreciar la vida, y de hacerlo muchas veces, de calaverada en calaverada. He procurado hacerlo siempre sin herir demasiado con las dagas de mis acciones, aunque no puedo decir lo mismo respecto a mis palabras, que por prontas y alocadas, muchas veces rasgaron como puñales afilados los sentimientos de los que me rodeaban. Pedí disculpas a quien debía, fui perdonado por los que debieron hacerlo, y con respecto a que los que callaron, negaron, olvidaron o ignoraron, que la vida les trate bien, que tengo presentes quienes fueron, y que el día de mañana, los tenga Dios en su gloria, que yo los tendré en mi memoria, sin demasiada acritud, y una sonrisa al recordar.

Ese Dios que glorificará a unos pocos y nos juzgará a bastantes más, ya decidirá entre crímenes y castigos, pero a mi me basta con creer hasta entonces, que vivo con mi conciencia tranquila. Puede que me equivoque, que dañase a más de los que creo, y que merezca más condena que compasión. Mientras llega ese momento, vivo como puedo, como mejor sé, como menos sufro y como más disfruto. Equivocado o acertado al hacerlo, lo cierto es que me acuesto tranquilo, y en ese sueño pasajero que representa cada noche, duermo en paz, como rezan las lápidas de los que sueñan eternamente.

Y ahí, rodeado de lápidas, en cada cementerio que piso y visito, me siento en paz. Es ahí donde radican las respuestas a las caras desencajadas. No hay viaje que haga, no hay cementerio por el que pase, que no llame la atención de mi mirada, o no llame a mis pies para serpentear entre sus caminos, lápidas y cipreses. Blancos, pulcros y ordenados en España, de piedra gris y resquebrajada por el tiempo y la humedad en las tierras anglosajonas. A pie de carretera, a las afueras, con césped o aceras, al suelo o en cómodos “complejos inmobiliarios” en forma de panteones con aspiraciones de grandeza eternas.

Me gusta pasear por ellos, fotografiar las tumbas que sepultan vidas y recuerdos, leer las pequeñas historias que cuentan sus lápidas, dejar volar mi imaginación en un mundo que a casi todos sobrecoge y que a muchos desencaja cuando me escuchan. No les culpo, la muerte asusta, pero descuidad, nos llega a todos, así que al menos voy buscando un buen lugar para tumbar mis posaderas cómoda y eternamente. En un rincón bonito, con buenas vistas espero, mejor en el suelo que en nichos apilados, quizás sin mucha historia, que baste con el nombre, siquiera sin fechas, total, no habrá nadie para recordarlas.

Y ahí, justo en esa última frase está la respuesta al misterio que desencaja vuestras mandíbulas. Haced la prueba alguna vez, perdeos por un cementerio cualquiera, buscad las zonas antiguas, las que se remontan dos siglos atrás. No remováis la tierra, puede que la peste descanse en ella y tampoco encontraréis demasiado al rebuscar. No queda nada, eso seguro. Y si algo queda, no es vuestro asunto y tuvo un dueño alguna vez. Puede que los muertos no hagan nada, puede que no haya que creer en ellos, pero por si las moscas, dejadles a ellos sus negocios y ocupaos de los vuestros. Mirad las lápidas y observad las fechas. Leed en las letras y en las huellas que el tiempo dejó en la piedra. Doscientos años, que a nosotros y nuestra juventud nos parecerán demasiados, son apenas un suspiro. Tres vidas mal contadas, a setenta años por barba. Cantidades temporales, que en cualquiera de sus magnitudes, y precisamente en un cementerio, carecen de importancia pues, para todos, menos para los que lloran, el tiempo allí es eterno.

Id entonces a la zona más nueva, contemplad las flores, las fotografías y los recuerdos. Con un poco de suerte asistiréis de lejos a un entierro. Observad los llantos con el extraño placer que proporciona que eso, tampoco es asunto tuyo. No eres tú, ni es uno de los nuestros. Queda entre esos vivos y su muerto. Observad las diferencias entre una zona y otra, la una, bañada en lágrimas y recuerdos, la otra, borrada por el paso de mil estaciones y que ya sólo las lluvias bañarán.

Salid entonces, vivos y extrañados si es la primera vez que visitáis un cementerio sin tener necesidad. Extrañas sensaciones, pues no habrá nadie en apenas doscientos años para llorar vuestras desgracias ni loar vuestros triunfos. No seréis eternos por más que compréis un bonito panteón en vez de una simple lápida con nombre y sin fechas. A nadie importará vuestra vida, y lo peor es que a nadie importará la vida de quienes os importan. No hace falta iros doscientos años atrás, basta con que os remontéis a principios de siglo. En el momento que no quede nadie para llevaros las flores, habréis muerto por segunda vez, y esta ocasión, será definitiva. Seréis polvo bajo tierra. Eso somos, eso seremos todos, y por eso de vez en cuando es una excelente cura de humildad y realismo la visita a un camposanto.

No se trata de religión ni supersticiones. Es tan sólo mi egoísmo. Ese que me lleva a vivir mi vida como sé, como puedo, como disfruto. Esa que me lleva a levantarme cada día sin planear futuros ni buscar respuestas. La que me hace tener presente a los que me rodean, pues cuando yo no esté, amigos o enemigos, no habrá nadie para recordarlos. Lo que yo viva, escrito o no entre fechas y en una lápida para el recuerdo, no importará a nadie más que al musgo que se asiente sobre la piedra en la que se cincelen. No importará a nadie más allá de mis inmediatos predecesores y mis sucesores, y a veces, ni siquiera lo hará a ellos, pues, no hay necesidad de morir para que un hijo legítimo se descubra como un maldito bastardo.

Así pues, la próxima vez veáis un cementerio concededme el gusto de pasear por él. Yo iré pisando uno tras otro, hasta que encuentre uno bonito en el que citarme con Dios y la eternidad. Hacerlo me ayuda a pensar que no hay nada de especial en mi vida, salvo el sencillo hecho de que es mía, que la vivo como quiero, y que procuro hacerlo del modo en que menos daño haga a los que me importan. Ellos me precedieron, ellos me acompañan, ellos me sucederán. Esos, y sólo Dios, juzgarán y recordarán mis actos. El resto, como las lágrimas ahogan recuerdos, se lo llevará el tiempo y las lluvias de cada estación. El resto será nada, en un suspiro, sin importar a nadie, sin pena en ello, por ley de vida, desde los albores del tiempo hasta el confín de la eternidad…

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Un paseo tranquilo… por Juan José García Gómez se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

Sonrisas infantiles…

8 diciembre, 2011

El tiempo pasa tan despacio en All Hallows que a veces parece haberse detenido. Tuve la misma sensación en el ejército hace años. Aquel cuartel y estas paredes llenas de vida, son lugares en los que al convivir en una rutina día tras día, toda noción de medida va perdiendo poco a poco su razón de ser. Puede que el tiempo no pase despacio, puede simplemente, que el tiempo aquí no sea importante.

Han sido tres semanas extrañas e inesperadas, llenas de sensaciones contrapuestas. Al principio, la novedad y el colorido resaltaron sobre todo lo demás. Todo eran sonrisas y bienvenidas, hasta que poco a poco, el clima fue tornándose frío y gris. La lluvia y el viento no deben ser buenas compañías emocionales en esta aventura que decidí comenzar. No invitan precisamente a sonreír, ni a disfrutar como acostumbraba, y así, cuando de repente el sol se abre paso entre las nubes, hay una extraña mezcla de falta de costumbre y satisfacción al recordar.

Así, aquellos primeros días, que ahora recuerdo tan lejanos aunque fueran hace menos de un suspiro, iniciaron una pequeña cuesta abajo en mi estado de ánimo que llevó a repetirme una pregunta cruel y despiadada: “¿Por qué?”

Y ahí, justo ahí, entró en juego la magia de este tipo de lugares. La había olvidado. Había olvidado que no fue difícil ser feliz en un cuartel aún estando lejos de casa. Había olvidado que entonces disfrutabas del poco tiempo que tenías para hacer las cosas, que entonces saboreabas con ganas la posibilidad de hablar con tu familia de vez en cuando, y que le dabas importancia a cosas que ignorabas bajo el techo de un hogar. Olvidé lo fácil que era sentirte cerca de casa al compartir con los demás, el mismo tipo de preocupaciones, los estrechos lazos que se establecen en la convivencia, lo fácil que es dejarse llevar por las emociones, buenas o malas. Había olvidado que cuando la gente preguntaba, yo respondía que en aquel cuartel de Zaragoza fui feliz. Ni más, ni por supuesto menos que en mi casa. Pero que allí, a cada pregunta, las respuestas eran claras. Cuando no queda más remedio, cuando tienes lo que tienes y no piensas en lo que querrías tener, es tremendamente fácil encontrar tiempo para ser feliz.

Ahí, justo ahí, empecé verle sentido a las preguntas. Y ya no parecían tan crueles ni despiadadas. Porque yo lo elegí, ese sería un buen resumen. Porque fui capaz de tomar una decisión, libre para tomarla, arropado en la distancia aunque todo se eche de menos. Precisamente al hacerlo, se le da su justo valor.

Ahí, justo ahí, me abrí a un mundo acogedor, aún frío y lluvioso. Empecé a dejarme llevar, a no buscar respuestas ni perder el tiempo en hacerlo. Empecé a vivir, de nuevo, como acostumbro siempre. Sin buscar mañanas ni futuros, saboreando momentos y ofreciendo sonrisas. Ahí, justo ahí, apareció María, quien apenas alcanza nada a sus ocho años, quien no acostumbra a soñar fuera de casa ni aún cuando su familia duerme cerca. Ahí, justo ahí, me pidieron que fuera yo quien hablase, que escuchase palabras reconfortantes en su idioma materno. Yo, rodeado de nubarrones y preguntas sin respuesta, era quien tenía que buscarlas para ella y ofrecerle calor lejos de su hogar. Yo que no tenía derecho, ni sabía como hacerlo. Y lo hice, al menos lo mejor que pude. Y debió bastar, porque esa noche vino corriendo a contar que había llamado a casa para contar nuestra conversación. Y me acosté satisfecho, esa es mi función aquí, además de muchas otras. Mi función aquí es servir de lazo entre lo que tienes y lo que querrías tener. Ser faro aún en las frías y oscuras noches. Ser lo mismo con los niños, que lo que han sido todos los que alcanzo a recordar para mí.

Y al día siguiente, al encontrarla y darle los buenos días, ofreció un abrazo y no dijo nada. Y desapareció hacia sus obligaciones mientras yo, de pie y extrañado, no sabía cómo dirigirme a las mías. De repente tenía sentido, de repente me sentía de nuevo en casa. Habían vuelto las sonrisas, despejados los nubarrones, había luz en el horizonte, y al mismo tiempo, me erguía en faro para alguien.

Aquí, en All Hallows, entre paredes con 150 años de historias que contar, el tiempo pasa despacio. Y es ahí donde reside su magia. Pasa tan lento, que al mismo tiempo carece de importancia. Y si se ciernen nubarrones, basta con bajar a las zonas comunes, sentarse en un lugar tranquilo, escuchar las trastadas y las risas infantiles, y retraerte fácilmente a tu infancia. Rodeado de niños y sonrisas, por muy difícil que pudiera resultar, es sencillo sentirse en casa…

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