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Que la eternidad os siente bien…

2 marzo, 2012

Nunca, jamás, ni una despedida ni un agradecimiento deberían verse manchados por las palabras que escupe la ira. Jamás debería verse un adiós ensombrecido, ni siquiera por los nubarrones que pasean sobre almas heridas. No hay que perder el tiempo entre las oscuridades del pasado al decir adiós, sino mostrar una sonrisa, y desear lo mejor, en esta vida, o en la otra. Así que, antes de dar las gracias a alguien, y decirle adiós a ella, antes de empezar, para no perder demasiado tiempo ni emborronar esto demasiado, me gustaría desearos que jamás os crucéis en mi camino, para que no tenga que ajustaros las cuentas, antes de que lo haga Dios. Malnacidos sería una palabra que dedicaros, pero que sea el tiempo, y si Dios quiere, la vida, la que os ponga en vuestro sitio. Esto es lo último que oiréis salir de mi boca y de mi ira.

Calmadas las aguas de la tristeza por el latido del tiempo, pasados los días y sus noches, al fin puedo escribir desde la prudencia emocional y la distancia. Podrán ser ya líneas sin borrones, límpidas y sin tacha. Podrá ser un adiós sincero, alejado de reproches, distanciada la ira, pero presente hasta el final de mis días, para que no olvide lo que hicisteis, aún apartada en un tenebroso rincón dónde no pueda ser escupida con rabia, y evitando así, dañar a los que quiero.

Te fuiste, supongo, en la inconsciencia de la demencia. Me tranquiliza. Sin saborear los cuidados que se te brindaron, pero al mismo tiempo, evitando la presencia de lo que erosionó los últimos años de tu vida. Te fuiste tranquila, en la cama que fue tuya, en la que tantas veces te hicieron reír mis hermanos antes de que durmieras. Te fuiste rodeada de los tuyos, de los que te querían, de los que hicieron cuanto estuvo en sus manos para aliviar el peso de un derrumbe y un desahucio, de un alma débil e indefensa. No supiste o no pudiste, alcanzar las manos que te tendieron para aliviar esa desgracia. Y no te culpo, pues aunque otros no tuvieron tu suerte, se te brindaron con la esperanza y el agradecimiento, sin exigencia. Debe ser duro lo que pasaste al ver una vida reducida a escombros y humedades, y Dios me salve en el futuro, de ver algo parecido.

Sea como fuere, allí comenzó lo que terminó el otro día, al cerrar los ojos, y dejar escapar la vida con un último suspiro. Y contigo, se fueron los últimos recuerdos de una infancia que a veces parece lejana. Fuiste la última de los cuatro. La última de cuatro a los que debo tanto. Fuiste la que más se esperaba, y la que al menos yo, que me juzguen si quieren, la que más deseaba. Te lo merecías, pues nadie merece vivir sufriendo, y tu única falta fue no saber, o no poder aprovechar, las manos que agradecidas se te ofrecieron.

Y de deudas y agradecimientos hablo. Pues contigo, con los cuatro, estaré en eterna deuda y eternamente agradecido. No sólo sois parte de esos recuerdos infantiles. Me criasteis, nos visteis crecer, nos brindasteis vuestra protección, y un cariño, que siempre intentamos devolveros, pues para ello nos educaron vuestros hijos. Y ahí esta la mayor de las gracias que tengo que daros, donde quiera que estés, donde quiera que vivan ahora vuestras cuatro almas, sin riesgo de sufrir el desprecio humano, el más cruel de los desahucios.

Esas son las gracias que tengo que daros. Cuatro gracias fundamentales. A una por barba. Pues a vosotros cuatro debo mis padres y mis hermanos. Debo más, por supuesto, pues es extensa la familia y no toda merece mi ira y mi desprecio. Pero fundamentalmente, os debo cuatro, y a ti, en especial una en concreto.

Tú me regalaste a mi madre, y es justo que en tu adiós, tengas mi gratitud y mi recuerdo. Ella, cegada por su responsabilidad, a veces no vio que sufriendo nos hacía sufrir. Pero lo hizo bien, no creas, hasta eso es motivo de orgullo. Lo digirió todo, en un ejemplo magnífico. Con tesón y no sin sufrimiento. Con la ira justa, con las ideas claras, con el orgullo intacto, con la cabeza altiva y una actitud tan increíble como señorial. Sobre el bien y sobre el mal. Por encima de la furia. Consciente pero digna. Magnífica, digna de un orgullo de hijo que difícilmente pueda explicar. Como en todo, como siempre, lo llevó todo adelante sin queja ni flaqueza. Anteponiéndose como escudo a cualquier sufrimiento o carga que no nos correspondiese. Ella es, de todos, el mejor de tus regalos, el mejor de los recuerdos que podré tener de ti, y es justo que lo sepas, y es justo que lo cuentes orgullosa, donde quiera que estés ahora.

A tí, por ser la última, a los cuatro por ser “culpables” de regalarme mi familia, Adiós y Gracias. Que la eternidad, os siente bien…

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A mis padres…

4 febrero, 2012

Hace tiempo perdí uno de los dos senderos que se caminan entre las letras. No fue voluntario, y cuando alguien me lo recordaba, cualquiera de mis razones era fácilmente sepultada por una nube de vergüenza. Me olvidé, perdí la costumbre, dediqué a otros asuntos más mundanos mis momentos ociosos, no hallé motivación, o simplemente a cada momento, apagué la luz y me entregué a Morfeo. Más allá de estas palabras, nada pude responder.

De los senderos de las letras, tan sólo recorrí durante muchos años aquel en que se escribe. Prueba de ello es este rincón, desde el que sin aspiración particular, me entretengo de vez en cuando. Olvidé la lectura, la dejé de lado, la abandoné en algún rincón de cada uno de mis años. Y no le doy más importancia que la que tiene. A veces, olvidamos cosas por el trepidante sendero de la vida, arrojadas en las cunetas a las que escribí una vez. La vida se vive hacia delante, y mirar al lado o hacia atrás, poco sentido tiene. Anotado, eso sí, queda lo que se perdió, y siempre fui consciente de que en algún recodo de mi vida, abandoné los libros y sus batallas. Y aunque sea de poco lamentar, aquí no me avergüenzo de hacer público mi arrepentimiento. ¡Cuántas mágicas historias perdí a lo largo de estos años!

Y de nuevo, al bajar la vista al suelo, empujados allí mis ojos por el peso del lamento, con la fugacidad del suspiro, desaparecen las nubes que oscurecen mis sentidos, y alzando la vista veo más allá de mis vergüenzas. Nunca se está sólo, y es maravilloso constatar, que en los múltiples senderos aparecen manos amigas para rescatar del extravío. Aquí, como casi todo lo que me saca una sonrisa, veo fácilmente la mano de mis padres, y es a ellos a quienes debo el recuperar una buena costumbre. Es a ellos a quienes debo volver a sumergirme en mil batallas e historias que hace tiempo olvidé. Es a ellos también, a quienes debo mi recuerdo nítido de niñez, recostado en una litera, con la luz encendida o una linterna bajo el edredón con la que seguir leyendo, aún a escondidas, devorando historias, destrozando con las yemas de mis dedos “Michos” y “Barcos de Vapor”. Aniquilando a los malos, azuzando a sus compinches hasta hacerlos caer de desesperación cuando el bueno destrozaba planes y rescataba princesas. Así me criaron ellos, y como a un Dios que provee sin exigir nada a cambio, a ellos debo ahora estas letras de agradecimiento, pues a ellos adeudo no sólo las buenas costumbres tiempo atrás olvidadas, sino también, el haberlas recuperado.

Recorro de nuevo dos senderos paralelos al de mi vida, ambos llenos de letras. Unas esconden mis pasiones y mis miedos. Las otras me cuentan lo que otros, antes que yo, sintieron. Pasar una página, girar inesperadamente, intentar anticiparse a la historia haciendo volar la imaginación, gozar maliciosamente al consumar la merecida venganza, sentir que el amor vale mil vidas, que el desamor duele y desgarró la piel de autores y protagonistas. Descubrir, al fin, que aún rodeado de letras, tan sólo el amor y el conflicto mueven el mundo, e incluso, que quizás no sean tales, y que el amor sea conflicto al mismo tiempo, con vencedores y vencidos, y sea ella, quizás, la más cruel de las batallas. Sonrisas y lágrimas, no hay en el mundo nada más, aunque a lo largo de los siglos, muchos se empeñasen en escribirlas entre distintos envoltorios.

Y así paso ahora gran parte de mis días. Subo rápido a buscar un rincón tranquilo en el que sentarme a cada rato ocioso. Rechino los dientes emocionado al oír acercarse el reloj, con el tic tac de sus pasos, al momento de sumergirme en cada batalla. Devoro historias encerradas en páginas. Más allá de sus márgenes no hay nada. Se detiene el tiempo y se acelera la imaginación. Trepidante, sin descanso, admirando lo que sintieron, envidiando cómo lo describieron.

El último fue Edmundo Dantés, y su despiadada venganza, meditada y fría, planeada desde el sufrimiento, ejecutada por su mano en el nombre de Dios. Y al abandonarlo esta tarde, al dejarlo partir para quizás no volver, imaginé que alzaba su mano y se despedía. Y era de mí. Era yo, quien al leer vivía. Era yo, quien al leer lamentaba su marcha, pues con ella me priva ahora de los ratos en los que me acompañó. Porque como todo lo bueno, deja un sinsabor cuando termina. Al cerrar un libro y pensar que quizás es para siempre, debe sentirse algo parecido a morir. Ya no hay nada, más que el recuerdo, y todo lo que trepidó una vez, se detiene súbitamente. Al acercarse lentamente al final de un libro, como aquellos conscientes del final de sus días, todo se ralentiza, se saborea, pues bien sabes que una a una pasan las páginas, como los días, en una inexorable cadencia que tras de sí, esconde el más absoluto vacío, la nada, el fin. O quizás no, quizás como me dijo Dantés al despedirse, todo en esta vida, incluso ver que ocurre más allá de la muerte se trate de “Confiar y esperar”. Y mientras, disfruto abrazando letras y devorando narraciones que otros escribieron, y al cerrar la página y ver partir a Dantés, le di las gracias por su compañía, y alcé los ojos, al fin sin vergüenza, para agradecer a aquellos a quienes dedico las mías todas y cada una de mis buenas costumbres…

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Un paseo tranquilo…

24 enero, 2012

No es que me sorprenda recibir siempre la misma respuesta cuando hablo de ciertos gustos. La cara de mi acompañante se desencaja un poco, mientras intenta discernir si lo estoy diciendo en serio o si por el contrario intento hacer una broma un tanto macabra. Los gustos son de cada uno, y este mío, aunque quizás extraño, tiene como todos, una explicación, aunque no por ello deba tener razón alguna. No hay motivación en él, ni creo que responda a ningún trauma no resuelto en una infancia ya, un tanto lejana. Simplemente es algo, un lugar, que me resulta llamativo, que me despierta curiosidad, y que aunque no tenga razones, intentaré explicar para que al menos, no reciba de vosotros una cara desencajada por respuesta.

Siempre me precié de apreciar la vida, y de hacerlo muchas veces, de calaverada en calaverada. He procurado hacerlo siempre sin herir demasiado con las dagas de mis acciones, aunque no puedo decir lo mismo respecto a mis palabras, que por prontas y alocadas, muchas veces rasgaron como puñales afilados los sentimientos de los que me rodeaban. Pedí disculpas a quien debía, fui perdonado por los que debieron hacerlo, y con respecto a que los que callaron, negaron, olvidaron o ignoraron, que la vida les trate bien, que tengo presentes quienes fueron, y que el día de mañana, los tenga Dios en su gloria, que yo los tendré en mi memoria, sin demasiada acritud, y una sonrisa al recordar.

Ese Dios que glorificará a unos pocos y nos juzgará a bastantes más, ya decidirá entre crímenes y castigos, pero a mi me basta con creer hasta entonces, que vivo con mi conciencia tranquila. Puede que me equivoque, que dañase a más de los que creo, y que merezca más condena que compasión. Mientras llega ese momento, vivo como puedo, como mejor sé, como menos sufro y como más disfruto. Equivocado o acertado al hacerlo, lo cierto es que me acuesto tranquilo, y en ese sueño pasajero que representa cada noche, duermo en paz, como rezan las lápidas de los que sueñan eternamente.

Y ahí, rodeado de lápidas, en cada cementerio que piso y visito, me siento en paz. Es ahí donde radican las respuestas a las caras desencajadas. No hay viaje que haga, no hay cementerio por el que pase, que no llame la atención de mi mirada, o no llame a mis pies para serpentear entre sus caminos, lápidas y cipreses. Blancos, pulcros y ordenados en España, de piedra gris y resquebrajada por el tiempo y la humedad en las tierras anglosajonas. A pie de carretera, a las afueras, con césped o aceras, al suelo o en cómodos “complejos inmobiliarios” en forma de panteones con aspiraciones de grandeza eternas.

Me gusta pasear por ellos, fotografiar las tumbas que sepultan vidas y recuerdos, leer las pequeñas historias que cuentan sus lápidas, dejar volar mi imaginación en un mundo que a casi todos sobrecoge y que a muchos desencaja cuando me escuchan. No les culpo, la muerte asusta, pero descuidad, nos llega a todos, así que al menos voy buscando un buen lugar para tumbar mis posaderas cómoda y eternamente. En un rincón bonito, con buenas vistas espero, mejor en el suelo que en nichos apilados, quizás sin mucha historia, que baste con el nombre, siquiera sin fechas, total, no habrá nadie para recordarlas.

Y ahí, justo en esa última frase está la respuesta al misterio que desencaja vuestras mandíbulas. Haced la prueba alguna vez, perdeos por un cementerio cualquiera, buscad las zonas antiguas, las que se remontan dos siglos atrás. No remováis la tierra, puede que la peste descanse en ella y tampoco encontraréis demasiado al rebuscar. No queda nada, eso seguro. Y si algo queda, no es vuestro asunto y tuvo un dueño alguna vez. Puede que los muertos no hagan nada, puede que no haya que creer en ellos, pero por si las moscas, dejadles a ellos sus negocios y ocupaos de los vuestros. Mirad las lápidas y observad las fechas. Leed en las letras y en las huellas que el tiempo dejó en la piedra. Doscientos años, que a nosotros y nuestra juventud nos parecerán demasiados, son apenas un suspiro. Tres vidas mal contadas, a setenta años por barba. Cantidades temporales, que en cualquiera de sus magnitudes, y precisamente en un cementerio, carecen de importancia pues, para todos, menos para los que lloran, el tiempo allí es eterno.

Id entonces a la zona más nueva, contemplad las flores, las fotografías y los recuerdos. Con un poco de suerte asistiréis de lejos a un entierro. Observad los llantos con el extraño placer que proporciona que eso, tampoco es asunto tuyo. No eres tú, ni es uno de los nuestros. Queda entre esos vivos y su muerto. Observad las diferencias entre una zona y otra, la una, bañada en lágrimas y recuerdos, la otra, borrada por el paso de mil estaciones y que ya sólo las lluvias bañarán.

Salid entonces, vivos y extrañados si es la primera vez que visitáis un cementerio sin tener necesidad. Extrañas sensaciones, pues no habrá nadie en apenas doscientos años para llorar vuestras desgracias ni loar vuestros triunfos. No seréis eternos por más que compréis un bonito panteón en vez de una simple lápida con nombre y sin fechas. A nadie importará vuestra vida, y lo peor es que a nadie importará la vida de quienes os importan. No hace falta iros doscientos años atrás, basta con que os remontéis a principios de siglo. En el momento que no quede nadie para llevaros las flores, habréis muerto por segunda vez, y esta ocasión, será definitiva. Seréis polvo bajo tierra. Eso somos, eso seremos todos, y por eso de vez en cuando es una excelente cura de humildad y realismo la visita a un camposanto.

No se trata de religión ni supersticiones. Es tan sólo mi egoísmo. Ese que me lleva a vivir mi vida como sé, como puedo, como disfruto. Esa que me lleva a levantarme cada día sin planear futuros ni buscar respuestas. La que me hace tener presente a los que me rodean, pues cuando yo no esté, amigos o enemigos, no habrá nadie para recordarlos. Lo que yo viva, escrito o no entre fechas y en una lápida para el recuerdo, no importará a nadie más que al musgo que se asiente sobre la piedra en la que se cincelen. No importará a nadie más allá de mis inmediatos predecesores y mis sucesores, y a veces, ni siquiera lo hará a ellos, pues, no hay necesidad de morir para que un hijo legítimo se descubra como un maldito bastardo.

Así pues, la próxima vez veáis un cementerio concededme el gusto de pasear por él. Yo iré pisando uno tras otro, hasta que encuentre uno bonito en el que citarme con Dios y la eternidad. Hacerlo me ayuda a pensar que no hay nada de especial en mi vida, salvo el sencillo hecho de que es mía, que la vivo como quiero, y que procuro hacerlo del modo en que menos daño haga a los que me importan. Ellos me precedieron, ellos me acompañan, ellos me sucederán. Esos, y sólo Dios, juzgarán y recordarán mis actos. El resto, como las lágrimas ahogan recuerdos, se lo llevará el tiempo y las lluvias de cada estación. El resto será nada, en un suspiro, sin importar a nadie, sin pena en ello, por ley de vida, desde los albores del tiempo hasta el confín de la eternidad…

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Sonrisas infantiles…

8 diciembre, 2011

El tiempo pasa tan despacio en All Hallows que a veces parece haberse detenido. Tuve la misma sensación en el ejército hace años. Aquel cuartel y estas paredes llenas de vida, son lugares en los que al convivir en una rutina día tras día, toda noción de medida va perdiendo poco a poco su razón de ser. Puede que el tiempo no pase despacio, puede simplemente, que el tiempo aquí no sea importante.

Han sido tres semanas extrañas e inesperadas, llenas de sensaciones contrapuestas. Al principio, la novedad y el colorido resaltaron sobre todo lo demás. Todo eran sonrisas y bienvenidas, hasta que poco a poco, el clima fue tornándose frío y gris. La lluvia y el viento no deben ser buenas compañías emocionales en esta aventura que decidí comenzar. No invitan precisamente a sonreír, ni a disfrutar como acostumbraba, y así, cuando de repente el sol se abre paso entre las nubes, hay una extraña mezcla de falta de costumbre y satisfacción al recordar.

Así, aquellos primeros días, que ahora recuerdo tan lejanos aunque fueran hace menos de un suspiro, iniciaron una pequeña cuesta abajo en mi estado de ánimo que llevó a repetirme una pregunta cruel y despiadada: “¿Por qué?”

Y ahí, justo ahí, entró en juego la magia de este tipo de lugares. La había olvidado. Había olvidado que no fue difícil ser feliz en un cuartel aún estando lejos de casa. Había olvidado que entonces disfrutabas del poco tiempo que tenías para hacer las cosas, que entonces saboreabas con ganas la posibilidad de hablar con tu familia de vez en cuando, y que le dabas importancia a cosas que ignorabas bajo el techo de un hogar. Olvidé lo fácil que era sentirte cerca de casa al compartir con los demás, el mismo tipo de preocupaciones, los estrechos lazos que se establecen en la convivencia, lo fácil que es dejarse llevar por las emociones, buenas o malas. Había olvidado que cuando la gente preguntaba, yo respondía que en aquel cuartel de Zaragoza fui feliz. Ni más, ni por supuesto menos que en mi casa. Pero que allí, a cada pregunta, las respuestas eran claras. Cuando no queda más remedio, cuando tienes lo que tienes y no piensas en lo que querrías tener, es tremendamente fácil encontrar tiempo para ser feliz.

Ahí, justo ahí, empecé verle sentido a las preguntas. Y ya no parecían tan crueles ni despiadadas. Porque yo lo elegí, ese sería un buen resumen. Porque fui capaz de tomar una decisión, libre para tomarla, arropado en la distancia aunque todo se eche de menos. Precisamente al hacerlo, se le da su justo valor.

Ahí, justo ahí, me abrí a un mundo acogedor, aún frío y lluvioso. Empecé a dejarme llevar, a no buscar respuestas ni perder el tiempo en hacerlo. Empecé a vivir, de nuevo, como acostumbro siempre. Sin buscar mañanas ni futuros, saboreando momentos y ofreciendo sonrisas. Ahí, justo ahí, apareció María, quien apenas alcanza nada a sus ocho años, quien no acostumbra a soñar fuera de casa ni aún cuando su familia duerme cerca. Ahí, justo ahí, me pidieron que fuera yo quien hablase, que escuchase palabras reconfortantes en su idioma materno. Yo, rodeado de nubarrones y preguntas sin respuesta, era quien tenía que buscarlas para ella y ofrecerle calor lejos de su hogar. Yo que no tenía derecho, ni sabía como hacerlo. Y lo hice, al menos lo mejor que pude. Y debió bastar, porque esa noche vino corriendo a contar que había llamado a casa para contar nuestra conversación. Y me acosté satisfecho, esa es mi función aquí, además de muchas otras. Mi función aquí es servir de lazo entre lo que tienes y lo que querrías tener. Ser faro aún en las frías y oscuras noches. Ser lo mismo con los niños, que lo que han sido todos los que alcanzo a recordar para mí.

Y al día siguiente, al encontrarla y darle los buenos días, ofreció un abrazo y no dijo nada. Y desapareció hacia sus obligaciones mientras yo, de pie y extrañado, no sabía cómo dirigirme a las mías. De repente tenía sentido, de repente me sentía de nuevo en casa. Habían vuelto las sonrisas, despejados los nubarrones, había luz en el horizonte, y al mismo tiempo, me erguía en faro para alguien.

Aquí, en All Hallows, entre paredes con 150 años de historias que contar, el tiempo pasa despacio. Y es ahí donde reside su magia. Pasa tan lento, que al mismo tiempo carece de importancia. Y si se ciernen nubarrones, basta con bajar a las zonas comunes, sentarse en un lugar tranquilo, escuchar las trastadas y las risas infantiles, y retraerte fácilmente a tu infancia. Rodeado de niños y sonrisas, por muy difícil que pudiera resultar, es sencillo sentirse en casa…

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Where Cristo lost the mechero…

20 noviembre, 2011

Ahí está el tío. Un poquito más a la izquierda, o a la derecha, según desde dónde se mire. Y en realidad, no sé demasiado bien qué es lo que hago aquí. Al menos ayer tuve todo el día para pensarlo. La llegada fue agradable, día soleado, una buena bienvenida, para que te sientas como en casa pensé yo.

Y a partir de ahí, una locura. No entendía nada ni a nadie, así que entre “sorrys” y “excuse mes” fui intentando abrirme camino. Y lo iba consiguiendo, a trancas y barrancas, con más pena que gloria, totalmente perdido, lost, ¿dónde carajo estoy? ¿quién me mandaba a mí?

Me acercaba a cualquiera, y cuando no lo entendía, me iba a por el de al lado. O repetía la pregunta, tres o cuatro veces, para qué os voy a engañar, como si por insistencia, mediante el acoso, fuera a conseguir derribar las barreras lingüísticas. Y luego la sonrisa, con esa se llega a todos lados. Claro, tú no les entiendes, y ellos no te entienden a ti, así que sonríes cual cordero degollado. Si no me entienden, al menos les sonrío, a ver si así se apiadan de mí, que estoy en el quinto carajo, tengo que cruzarme medio país de este a oeste, me quedan siete horas de viaje y no sé si seré capaz.

Pero sí, parece ser que sí. Parece ser que si en la antigüedad todos los senderos llevaban a Roma, en la actualidad, la sonrisa, el excuse me y el sorry te llevan a cualquier lado. Esas tres cosas, y la cara de guiri, of course. Porque aquí pasa como en Sevilla. Que tú ves a un guiri por la Avenida de la Constitución, te sonríe a dos kilómetros de distancia, y ya vas pensando cómo le tienes que decir en inglés dónde está la plaza de toros. Pues igual, pasa where cristo lost the mechero. Tu los ves desde lejos, les sonríes, te acercas, y balbuceando acojonado les preguntas, ellos te contestan, tu les dices zenkiu, y ellos se regodean contestándote de nada señor. ¿De nada señor?. ¡Tócate los cojones!, o sea, que tengo gara de guiri desde dos kilómetros de distancia, y encima tengo pintado en la frente la palabra “españolito”.

Bueno mira, sea como fuere, al final, tras un avión, dos trenes, ocho o nueve horas de viaje, llegué a una estación y me bajé. Castle Cary. Allí me recogió un señor taxista que me preguntó si yo era “Mr García”. De nuevo la cara de guiri, supongo. Se puso a conducir como un poseso en dirección contraria, aunque eso no me pillaba de sorpresa. Es una sensación que ya había experimentado, aunque siempre es desagradable. Eso sí, llegamos sanos y salvos a un bonito “bed and breakfast”. Y ahí sí, ahí ya estaba el tío como en casa.

Susan Hartnett es una simpática señora, típicamente inglesa. Rubia, de ojos azules, jaquetona, sonriente y tremendamente acogedora. Su marido tuvo un accidente de moto y no puede trabajar, así que decidieron transformar su casita particular, en una acogedora casa para todos. Y dice que estaré bien, que no me preocupe por no entender demasiado, que todo irá bien. Y te lo tienes que creer, o eso o te deprimes, porque yo creía que hablaba inglés, y estos hablan otro idioma. Con veinte años se fue a Suiza, así que supongo que sabe de lo que habla. Pero claro, ella habla inglés, y yo hablo de todo, menos algo que se parezca al inglés. Eso se le ha pasado por alto, aunque bueno, le agradezco los consejos y las buenas palabras. Al menos me siento en casa. Me dio de cenar, me ha dado un completísimo desayuno, y me va a permitir quedarme aquí hasta que alguien se apiade de mi alma. Dice que es domingo, que no debo tener prisa, que no me preocupe por nada. En educación y en sentimientos nos dan mil vueltas, eso desde luego.

Y aquí estoy, where cristo lost the mechero, un poquito a la izquierda o a la derecha, según desde dónde miréis. Y estoy bien. De noche todos los gatos son pardos, y me preguntaba qué cojones haría aquí. Pero ahora estoy bien, aunque ya he comido bacon dos veces en menos de 24 horas. En un rato me recoge mi jefa directa. Va a empezar antes su jornada para que me sienta cómodo. Ya os iré contando cómo es esto. Total, si aquí no entiendo ni me entienden, al menos puedo venir a contaros en mi idioma lo que se me pasa por la cabeza.

¿Y sabéis qué es lo mejor? Que pese a todo, no me preocupa nada. Llevo desde ayer sintiéndome vivo. No es que antes no lo estuviera, o tuviera queja alguna, que va, más bien al contrario, dejo muchísima gente atrás a la que echaré de menos cada día. Mi familia, los primeros. Pero estoy vivo. La sensación de no saber dónde estoy, ni que va a ser de mí, es algo adictiva. Cojo la maleta, la mochila, y aunque no me entiendan ni les entienda, les digo que aquí estoy yo, abierto al mundo, viviendo, buscando más caminitos, viviendo historias que luego podré contaros con una caña en una mano y un cigarrito en la otra, después de daros un abrazo y deciros que os echo de menos. De momento estoy bien, where cristo lost the mechero…

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Que lo haga Dios, si es que tiene cojones…

21 octubre, 2011

Tiene seis años y llora. Llora sin saber por qué, aunque razones tiene de sobra. Lo sabrá, pero a su edad, bastante tiene con conocer de cerca al miedo, bastante tiene con dejar que pase el tiempo y que vuelva la calma. La tempestad ya la ha zarandeado, y su única posibilidad de defensa aflora en forma de lágrimas incontroladas.

No consigue ver mas allá de ellas, y cada palabra que intenta articular se pierde entre sollozos. No tiene fuerzas, y aunque hasta esta tarde no sabía lo que era, podrá explicar en adelante, con todos y cada uno de los detalles, lo que es el terror. Sigue sin tener respuestas, y no las busca, se aferra a seguir respirando, a sacar fuerzas de flaqueza para seguir llorando; es lo único que le queda. Está sola, y puede que así se sienta el resto de su vida, esa misma que ahora casi empieza, entre arcadas de impotencia.

Grita y llora. Llora y grita. Articula la primera palabra que tiempo atrás balbuceó. Mamá. Y no obtiene respuestas, como nunca nadie le dará razones. Vivirá sin respuestas, saldrá adelante, no hay duda, pero alguien se entrometió a destiempo en una vida a la que no había sido invitado. Tiene nombre y apellidos, y como los de su madre, no los olvidará nunca. Viva lo que viva, pase lo que pase. No se olvida, y no juzgo si no puede perdonar, que lo haga Dios, si es que tiene cojones para hacerlo.

Mira alrededor, y ve otras como ella. Aturdidas entre tinieblas, sacudidas sin aviso, ahogadas sus pequeñas voces entre un pánico ensordecedor. Nadie sabe, nadie entiende, nadie tiene una respuesta. Hace cinco minutos, casi inaudible, un hilo musical amenizaba una tarde cualquiera de viernes. Se esfuerza para ahogar sus sollozos, traga saliva y muerde sus pequeños labios porque no tiene otra cosa a mano que la calme. A lo lejos intuye sirenas, voces que piden auxilio, y figuras anónimas que entre sombras, vienen a ofrecerlo.

Se arrodilla, y a tientas, palpando entre escombros y cascotes, busca una mano y la encuentra. No necesita verla, la reconoce al instante. Es la misma que durante seis años la abrazó con fuerza. No volverá a hacerlo, y grado a grado, la vida se aleja en silencio de esa mano aún caliente. Esta noche dormirá sola, y aunque no lo sepa, aunque no lo entienda, cuando el cansancio aplaque el miedo que provocó la sinrazón, empezará a entender que ya no puede volver a esperar que esa mano, ahora inerte, la arrope cada noche.

Es una de tantas, sus lágrimas no están solas. Su miedo, tampoco fue el único. Han sido cientos, a lo largo de más de medio siglo. Lucha armada la llamaban, sinvergüenzas cobardes y encapuchados, que Dios los perdone, si es que tiene cojones. Me la imagino así, entre el humo y el fuego de un Hipercor de Barcelona. Tenía entonces seis años, era de mi quinta, pero yo seguí jugando y ella no.

Ayer también me la imagino. Otros desconocidos, sin capucha ni vergüenza, celebraban algo en la televisión. Y seguía sin entenderlo, y nadie le daba respuestas. Más de veinte años después ya no llora, pero sigue esperando una mano que la arrope antes de dormir. No volverá. Se esperaba una noticia así, pero vuelve a no entender, no entiende que no haya una condena. No comprende las buenas palabras. Escucha impotente como desde uno y otro lado, los sinvergüenzas descapuchados, el de la izquierda y el de la derecha, se la envainan agradecidos. Es una gran noticia dicen. Cambia de canal acelerada. Busca y espera, paciente, que alguien le pida perdón. Silencio, el mismo y sepulcral, que durante unos instantes, se abrió paso entre la vida y la muerte aquella tarde de un viernes de 1987. Apaga la televisión.

Y sigue con su vida, como siguió entonces. No hay respuestas. Nadie le ha pedido perdón. Ahora, los buitres se abalanzarán sobre el comunicado de una panda de hijos de puta encapuchados para desmenuzarlo, para juzgarlo, para barrer cada uno hacia su portal. Es un logro de la democracia dirán. Y no entenderán, jamás lo hicieron, que hubo gente que moría, sangre derramada y lágrimas incontroladas. Hubo terror. A sangre fría, sin aviso ni explicaciones. Por la espalda, de un tiro en la nuca o una bomba lapa al arrancar. No entenderán que no se trata de perdón, y si así fuera, que lo haga Dios, si es que tiene cojones para ello. Las víctimas que digan lo que quieran, somos nosotros los representantes del pueblo, nosotros decidimos, nos haremos la foto y pasaremos a la historia. Tú como presidente, yo como tu sucesor. De un portal y del otro, el de la izquierda y el de la derecha. El de la ceja y el de la barba. Ellos murieron, los demócratas vencieron, es un triunfo del pueblo vasco, una victoria de la sociedad española. Y no entienden, jamás lo hicieron, que fueron otros los que sufrieron. Es a otros a quien corresponde el derecho de elegir si perdonan o no. Son otros los que claman justicia. Son otros los que esperan perdón, aunque ya nada cambie, aunque sus vidas y las de sus allegados fueran robadas para siempre.

En esta historia, en estos cincuenta años, los argumentos son claros. No hay giros inesperados, ni guiños en el guión. El de la capucha se llama asesino. El descapuchado que viste de victoria demócrata el triunfo del terror se llama cómplice. Ninguno tiene vegüenza, y ambos son miserables e hijos de puta. El que apretó el gatillo y el que aplaudió el comunicado. No tenéis vergüenza, no tenéis perdón. La historia no olvidará y os pondrá en vuestro lugar. Ella no olvidará, ella y sus allegados, ella y el resto de las víctimas decidirán si os perdonan lo que hicisteis. Yo no os perdono, y si Dios tiene cojones de echármelo en cara, que me lleve por delante. Pero si lo hace, morid vosotros primero, el de la izquierda y el de la derecha, y todos y cada uno de los encapuchados, que allí arriba, y con Dios como testigo, veremos quien merece el perdón y quien el castigo.

Sigue con tu vida pequeña, como hiciste entonces. Y no esperes respuestas, no te las darán. Si en algo te vale mi mano, te arropo hoy desde la distancia. Si fuiste capaz de perdonar, enhorabuena. Tu valentía no la juzga nadie, y si alguien tiene que hacerlo, que lo haga Dios, como el perdón, si es que se atreve, si es que tiene cojones…

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Que lo haga Dios, si es que tiene cojones… by Juan José García Gómez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.

Nadie más como respuesta…

13 octubre, 2011

Esta vez os invitaré a soñar y a jugar a imaginar. No sé hasta dónde llega vuestra credulidad, pero debéis pensar que existe una luz al final del túnel. Una luz blanca, como describen los cuentos, llena de amor y pureza. Es lo único que os espera al final, luz, y todos y cada uno de los recuerdos y seres queridos que dejasteis por el camino. El vuestro también ha llegado al final, y solos ante la luz, todo queda atrás. Cerrad los ojos y escuchad, estáis con aquellos que quisisteis, e incluso algunos inesperados a los que olvidasteis hace tiempo. Imaginad, en paz, dejaos llevar, tended la mano en confianza y escuchad lo que os dicen.

Soñé una vez que así era mi final, y ante él, entregado sin remedio ni solución, ni tampoco miedo, las voces del pasado que me esperaban preguntaron si había algo que quisiera hacer antes de acompañarlas para siempre, algo que nunca dije, algo que omitiera, algo que me hubiera hecho vivir arrepentido desde entonces. ¿Queda algo pendiente antes de partir? Dijeron, abriendo ante mí, un silencio tenso, ahogado en la solemnidad, lleno de compasión.

Fui de los de vivir siempre de un modo orgulloso, altivo y seguro. Me muestro en ocasiones lleno de miedos e inseguridades, casi rozando un precipicio en el que alma pueda despeñarse por un maldito traspiés. Pero ya lo escribí, así aprendí a vivir, en continua lucha conmigo mismo, capaz de los extremos, de alcanzar la cima y desplomarme en el abismo. Y así soñé, sudando y rozando la pesadilla pensando en que pudiera haber estado equivocado tantos años, y mientras dejaba las riendas de mi noche a la inconsciencia, temía alcanzar el final y mostrarme arrepentido, dejando cuentas pendientes y no pudiendo saldarlas. En su compasión, aquellas voces del pasado, límpidas y familiares, me ofrecían la redención. No había juicio, ni un dios en el sillón. Ellas y yo, su pregunta y mi respuesta, y un silencio sepulcral que temía desgarrar con cualquier petición de escaso valor.

Soñé que pensaba en lo que no dije y lo que no hice. Y también en lo contrario. Me castigué con mis torpezas, y saboreé cada uno de mis aciertos. A una suplicaba perdón por haberla dejado escapar, sin haberle dicho que la quería. Demasiado orgullo para hacerlo, demasiados miedos, poco premio ante correr el riesgo de su desprecio. Al tiempo, lo contrario, era yo quien escapaba, y aquella otra la que suplicaba. Sin decir adiós, ni una lágrima de lamento. Orgulloso también, pero de otro modo, de espaldas y sin mirar atrás, te lo perdiste, y ahí te quedas aunque sientas. Es tu problema, yo aprendí a vivir con mis miserias y alegrías. Las recordé a todas y cada una de ellas, a las que me marcaron y a las que no, a las que cincelaron su nombre en mis adentros, y a las que apenas rozaron con las yemas mis sentimientos. Y ante todas, en el silencio, la misma respuesta, así debió ser, no pasa nada, la vida sigue hasta que termina. Sin más. Realismo y frialdad.

Y así, pasó el tiempo. Daba igual cuanto, ante mí, la luz y la eternidad. No hubo nuevas preguntas, y tan sólo resonó el eco de la primera. ¿Queda algo pendiente antes de partir?. Por un momento, pensé que no, que era así como debía responder. Que mi vida no tendría sentido si otorgaba otra respuesta. Que habría vivido equivocado, que era otro, ni mejor ni peor, quien merecía la opción de aquella pregunta. Que mis cimientos habían sido firmes, y tan sólo el ocaso de mis días los habían debilitado de sus fuerzas de juventud. Si respondía de otro modo, no sería yo, sino un impostor el que usurpaba mi luz y mi momento. Ese silencio esperando respuestas no sería mío. No debía responder de otro modo.

Y lo hice. Sin saber cómo ni porqué, me arrodillé. No había motivos, nadie me juzgaba, tan sólo me daban una oportunidad que quizás otros no tendrían. Quedaba algo pendiente, muchas cosas seguramente, más de las que pudiese enumerar aunque me dejasen. No había una sola verdad, ni mi vida era la única. Podía estar contento con ella, irme en paz, sin duda, pero también podía haberme equivocado. La edad debilitó mis cimientos sin llegar a derrumbarlos, y sin embargo, en mi última hora, mi orgullo y mis fuerzas se quebraron ante una luz, una pregunta, y el silencio que les sucedió.

Jamás le di importancia, y quizás debí habérsela dado. Esa fue mi respuesta, ¿a qué?, fue la última pregunta que hicieron. Y esta vez no hubo silencio, ni miedo irracional. Tranquilo, relaté tal como sigue:

“Pensé que daba igual, que no merecía la pena. Era casualidad que con la única que no fuera yo, fuera con ella. Intentaba ser quien no era, avergonzado ante la posibilidad de no ser nunca lo suficiente. Jamás disfruté un rato a solas con ella. Siempre pensando, siempre nervioso, manteniendo unas distancias para que nunca supiera, para que nunca se fuera. Era mejor así, que una negativa por respuesta. Pero no había miedo a indagar y obtener una respuesta, tan sólo me protegía, prefería que fuera así, a que no fuera de ningún modo. Bastaba con verla de vez en cuando, sacar fuerzas de flaqueza, y aguantar el tipo un rato. Ir a casa y no darle importancia. No soy yo porque te impone. No soy yo porque le impone a cualquiera. Es una mujer donde otras no llegan ni a niñas. Clara y directa, incluso cuando desprecia. Lo dice y no lo oculta, y no le importa además. Y no era yo, era otro, menos hombre y con más miedos el que se sentaba ante ella. Nervioso y guardando distancias, como un animal herido que no sabe por qué lado le llegará el siguiente zarpazo. Recula y se esconde, gruñe a lo más, consciente de que no le queda otra defensa que aguantar tiempos mejores, a sabiendas que ni siquiera la súplica le salvará.

Y dejé pasar los años, y dejé pasar la vida. Mentiría si dijera que la desperdicié. Busqué otros caminos, y afronté otros retos, añadiendo mujeres a una lista donde nunca aparecía su nombre. De vez en cuando la veía, lanzaba bromas como restándole importancia. Bromear con algo tan serio garantizaba salvaguardar mis secretos. Si relativizaba, no afrontaba. Si no afrontaba, tampoco sufriría, y era curioso que ahora, tan tarde y tan a destiempo, me dé cuenta de que aquello no era vida. Con aciertos y fracasos, que más da, para qué ocultar, para qué negar, para qué disfrazar de bromas y en un lenguaje festivo, distante, indiferente. Así no perdía, pero jamás podría ganar. Sí, así era, tal como cuento, tal como digo que de vez en cuando la veía. Al no verla más que de tiempo en tiempo también aseguraba poder irme a mi casa pensando que daba igual, que no merecía la pena, que no había que darle más vueltas. Me bloqueaba y otras no, pero eso no era significativo, quizás casualidad, mejor pensar que con algunas te abres y con las otras te cierras. Sin más. Realismo y frialdad.

¡Y mentira, maldita mentira! Porque le mentí cuando le dije que no me ocurría nada. Le mentí cuando le dije que no me importaba, que eran bromas, que no dolían. Y lo hacían. No hasta el punto de sufrir por supuesto, siempre me tuve en alta estima y siempre fue mi amiga. No había maldad, y sin maldad no podía doler. Pero se le parecía. Despreciaba algo con lo que yo bromeaba tan sólo por miedo a llamar las cosas por su nombre. Una risa, dos cervezas, y a casa, hasta la próxima vez, cuídate, que cuando te encuentre de casualidad seguirás superándome y poniéndome nervioso. Daré la vuelta y pensaré que no tiene importancia. Pero la tiene, porque nadie más la provoca, no así, y cuando digo nadie, nadie es.

Y cuando pasen los años, así seguirá siendo. Y no habrá rencor. Te preguntaré y me contarás. ¡Que bonitos niños! Son como su madre, su inteligencia y claridad me recuerdan a la de la mía. Y no pasará nada, y me daré la vuelta y me iré sin darle importancia, aunque todos los días sean como el primero. Una risa, dos cervezas, y a casa. Sin más. Realismo y frialdad.

Y así os relato. Así os cuento que nada cambiaría, y si pudiera hacerlo, eso sería. Porque me no me juzgáis ahora por una vida, aunque pude vivir otra. Quizás siendo otro, llegando de otro modo, quizás dándole importancia, sin creer que no la tenía, diciéndolo y no ocultándolo, sin temer un zarpazo, que al final, como todos, acabaría sanando. Cicatrizaría, y como tantas otras veces, al final, no dolería. Sin bromear, sin relativizar, siendo yo y no poniéndome nervioso. Sin darme la vuelta, diciendo, ¡eh, espera!, que no sea como siempre, no te vayas esta vez. Quédate y veamos, quédate y quizás…Y así al menos, no estaría ahora arrodillado, dando una respuesta inesperada, habría vivido, o al menos, lo habría intentado. Lo sabría, y yo también. Le habría dado el valor que nunca le di, mientras me iba a casa sin darle importancia. No pasa nada, ni nada tengo ya que decir, salvo que esa es mi respuesta, y aquello cambiaría. Una sola vez, una sola noche. Ahora que preguntáis, yo respondo qué cambiaría, y si volvierais a preguntar, esa respuesta, sí la daría. Esa noche la viviría, al menos esa, y sería con ella. Nadie más. Realismo y frialdad…”

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